CRÓNICA
En el V aniversario del 1-O

En los tercos dominios de Puigdemont: "Si alguien puede revivir el 'procés' es él"

Viaje a Gerona y Amer, el territorio de Puigdemont y zona cero del independentismo: "Siempre pensó igual. Nos íbamos de copas y te taladraba con la independencia", dicen ex compañeros periodistas del fugitivo.

La imagen de Puigdemont en los balcones de Amer
La imagen de Puigdemont en los balcones de Amer
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La carretera que lleva a Amer, la aldea natal de Carles Puigdemont, ofrece a la altura de Bescanó un monumento al kitsch con forma de gasolinera. Decorada con escenas arcádicas, reivindicada por un Petrolis Independents, la estelada que campea en el techo parece proclamar que hasta el gasóleo mana en catalán de los montes de Gerona junto con la identidad de la provincia, entregada a la causa independentista pese al fracaso de su último intento de escisión, hace ahora cinco años. Hay una ensoñación de soberanía puramente estética que fomentan los pueblos de la comarca de La Selva, como esos combatientes japoneses que se negaban a asumir el fin de la guerra. «Te sorprenderá el grado de adhesión que la figura de Puigdemont aún suscita en Gerona», han advertido al cronista. Pero al cronista le sorprenden ya pocas cosas.

Entre campos de maíz y bosque mediterráneo, la carretera se adentra en el hondón del sentimiento separatista, convenientemente aislado por las montañas y por la clausura del antiguo ferrocarril, hoy senda ciclista. En Anglès, una enorme estelada aspira a paliar con tamaño la falta de reconocimiento institucional. El cronista entra en Amer a primera hora de la tarde, cuando la hermosa plaza porticada duerme la siesta, vigilada por el rostro de su hijo más ilustre, su icónico flequillo multiplicado desde media docena de balcones y un lema voluntarioso: «No surrender». Ajenos a su mirada. dos chavales boxean en castellano, jaleados por su cuadrilla, envueltos por la narcótica humareda de un porro. Son de origen inmigrante. Es decir, representan la amenaza de impureza que vio venir Jordi Pujol, padre de la patria nacionalista.

-¿Estáis haciendo un reportaje? En este pueblo estamos acostumbrados a los periodistas.

Y siguen peleando, con un punto de vanidad recién concebida. En un ángulo de la plaza dos fachadas formulan su enorme grito simétrico: «Exiliats polítics a casa ja!». Podría decirse que estamos en la zona cero del procés. Amer quiere ser una Rentería catalana, pero le falta brutalismo industrial y le sobra pedigrí burgués. No en vano dio a Barcelona su alcalde franquista más longevo, José María de Porcioles, antes de producir un mesías tan inverosímil que nació en una pastelería, la pastisseria Puigdemont, que sigue regentando su familia. «Sus raíces ideológicas están en el carlismo, pasan por el franquismo y llegan al independentismo», explica un compañero suyo de El Punt, el diario en el que el futuro president incubó su vocación política. «En esa redacción en los 80 éramos todos más o menos de izquierdas menos él, que ya era independentista y de derechas. No es de los que subieron a la ola: siempre pensó igual. Nos íbamos de copas y te taladraba con la independencia. Es el más radical, pero también el más listo. No es fácil manejar desde la distancia ese movimiento. Ahora ha decaído un poco, pero si alguien puede revivirlo es él».

En un bar de la plaza esperamos a Alba Serra, que fue alcaldesa de Amer y es presidenta local de Junts: su lealtad al «president Puigdemont» es inquebrantable. Mientras llega, charlamos con el camarero. Lleva toda la vida aquí, aunque nació en Granada. «¿Que es bonito este pueblo? Si yo hablara... Pero si hablo me tengo que ir. Aquí manda un clan. Es como los antiguos terratenientes». Todos los pasquines del tablón municipal que llaman a la movilización por el aniversario del 1 de octubre o promocionan eventos culturales están en catalán, pero hay dos anuncios en castellano: son de dos chatarreros ofreciendo sus servicios.

Pancartas enfrentadas en Amer y Gerona.
Pancartas enfrentadas en Amer y Gerona.

Alba Serra compagina el trabajo de psicopedagoga en una escuela con su vocación política. La víspera del 1-O durmió con familiares de Puigdemont y otros compañeros de partido en el colegio electoral de Amer. Reunieron tres urnas - «aparecieron», sonríe- y a tenor de la orgullosa pancarta que pende del balcón de la casa-pastelería Puigdemont votaron afirmativamente 1.397 personas de una población que ronda los 2.300. Luego, por miedo a la policía, se mudaron a la rectoría de la iglesia para contar los votos. Lo recuerda con gran emoción. Pide un bitter kas. Su discurso reproduce todas las premisas del credo separatista con una conmovedora literalidad.

- Amer está entregado a la causa del president Puigdemont. Es un hombre muy humano, sencillo, brillante, se puede dialogar con él, ha viajado, se ha casado con una rumana: aprecia la diferencia. Para muchos se ha convertido en la pieza de caza mayor. Pero Europa no ha comprado el relato judicial de Llarena. La solución es la amnistía. No ha habido rebelión ni sedición ni malversación.

-Pero el Supremo sentenció que sí.

-Leo libros, veo cómo funcionan los poderes fácticos, no hay separación de poderes. La España de las autonomías no da más de sí: nadie entiende que en el siglo XXI no podamos ejercer el derecho a decidir. El PSOE tiene la llave. Sánchez está perdiendo una oportunidad para ser un verdadero líder. Quizá es que los barones mandan mucho. La verdad es que nos iría muy bien que gobernara el PP: eso reactivaría el movimiento.

- ¿Qué opina de Ciudadanos?

-Sólo ha servido para una cosa: el tema lingüístico. Pero aquí no hay ningún problema con la lengua: mis alumnos hablan casi más castellano que catalán. Yo tengo padres en el colegio donde trabajo que son policías nacionales, y no pasa nada. Y tenemos mucha inmigración. Y los acogemos, claro. Yo no tengo nada en contra de España: he estado en Cantabria este verano. Pero en la posada me preguntaron si era independentista y no me gustó. Creo que los medios españoles han generado xenofobia hacia los catalanes...

-Quizá la acusación de que España roba a los catalanes no sienta bien fuera de Cataluña...

-Es que en parte es cierto. ¿Por qué no publican las balanzas fiscales? Ahora el hombre que es presidente de Andalucía baja los impuestos. El problema es que España, a través del PP y de los jueces, nos ha atemorizado con la cárcel y con nuestro patrimonio.

-¿Qué piensa de Oriol Junqueras?

-Es poco claro. Un místico. Lo de la mesa de diálogo no se entiende.

-¿Y de Jordi Pujol?

-Yo le conocí. Un visionario. Sus hijos Oriol y Jordi son estupendos. Algún error cometería, pero ¿por qué nadie saca a los de Felipe González?

Alba nos lleva hasta el colegio donde se celebró la votación ilegal. Su nombre actual es Local Polivalente 1 de Octubre, pero algún insospechado constitucionalista ha añadido un 2, componiendo un homenaje a la hispanidad. La alcaldesa está enojada, informa Alba. Nos despedimos de ella y de la irreductible Amer porque en Gerona nos espera Álex Sáez, militante del PSC.

Sáez proviene del ala más catalanista del socialismo, partidaria del derecho a decidir a través de una consulta pactada. Visto lo visto ha matizado su posición, pero sigue defendiendo que con el PSOE en Moncloa las cosas no habrían llegado tan lejos. Siendo concejal de Cultura en Gerona conoció a Puigdemont, que por entonces se presentaba como candidato a la alcaldía por CiU tras una trayectoria como periodista y activista cultural. Llegaron a trabar amistad, compartían generación. Gracias a esa confianza, Puigdemont le confesó las esperanzas que tenía en Pedro Sánchez. «Me sugirió la posibilidad de negociar con el PSOE una moción de censura contra Rajoy a cambio del compromiso de Pedro de celebrar un referéndum en el plazo de dos años. Esperaba una llamada de Ferraz. Pero la última vez que nos vimos, justo antes de dejar la alcaldía para ser investido president, me confesó que había perdido la fe en la vía estatutaria y en ningún encaje de Cataluña en España: me dijo que ya solo procedía establecer los términos de la ruptura».

El legado de Carles Puigdemont como alcalde de Gerona fue más bien modesto. Quizá porque consideraba la política municipal un mero trampolín para llegar al Parlament. El primer alcalde no socialista de la ciudad puso una bandera gigante en la plaza de Catalunya, pero no cabe atribuirle una huella perdurable en el tejido urbano ni en la gestión local. A juicio de Sáez, su llegada rompió la estrategia de cohesión entre barrios que había guiado a sus predecesores al cambiar la prioridad social por la identitaria. De esa alteración dan fe los líderes vecinales de los barrios más populares de Gerona, que no por nada son también los menos nacionalistas. Es el caso de Tomás Cepas, presidente de la asociación vecinal de Vila-Roja, un bastión de españolidad desafiante dentro de la capital del separatismo.

Dos chavales de origen inmigrante pelean envueltos en la humareda de un porro en Amer. Una mujer se deja deslumbrar por el sol en la barriada de Vila Roja en Gerona.
Dos chavales de origen inmigrante pelean envueltos en la humareda de un porro en Amer. Una mujer se deja deslumbrar por el sol en la barriada de Vila Roja en Gerona.

Se alza a las afueras de la ciudad, pasado el polígono y el cementerio. Queda lo suficientemente lejos como para que un Ayuntamiento independentista ceda fácilmente a la tentación de olvidar a sus vecinos, más cuando un desacomplejado acento andaluz se enseñorea de sus calles desde hace décadas. En respuesta a ese olvido, los vecinos -entre el millar y el millar y medio, descendientes de los que se instalaron en las primeras viviendas de protección oficial que construyó el franquismo a finales de los 50- han decidido amurallar su identidad catalana y española, orgullo charnego que parece salido de una novela de Javier Cercas. El cronista emprende la Pujada del Primer de Maig, la calle principal del Vila-Roja, y lo saluda un mural con la bandera de España. Sigue ascendiendo y topa con una «avenida 155» y una colosal rojigualda besando una senyera igualmente colosal. La plaza ha sido renombrada como de la Constitución. Allí espera Tomás.

-No nos hacen ni caso. Ni la alcaldesa ni la concejala. Pedimos una solución para la limpieza o para el asfaltado, pero pasan los meses y nada. O estás con ellos o no existes. Es una dictadura peor que la que había.

-¿Qué pasó aquí el 1 de octubre de 2017?

-Quisieron poner un urna en el colegio y casi sale por la ventana. Los vecinos nos opusimos al referéndum. Hubo algo de tensión pero no llegó la sangre al río. Costó mucho traer la democracia como para traer ahora la dictadura de ellos. ¿Puigdemont? Yo sólo le vi una vez por aquí, vino a una comida que hizo la asociación.

-¿Usted a qué partido vota, Tomás?

-He sido siempre socialista. Son los únicos que han hecho algo por el barrio. Pero cuando salió Pedro Sánchez con esos socios, no estuve de acuerdo. Estaba claro que le iban a chantajear. ¿Los indultos? Si a ti te caen diez años los cumples, ¿no? Pues eso. Que repongan el dinero que se llevaron.

De vuelta a Gerona, las esteladas menudean en los balcones, mudas y descoloridas: fosilizadas. Bajo ellas se afana un paisanaje diverso e indiferente. Los símbolos no se mueven pero las sociedades cambian. La demografía y la inmigración trabajan en silencio, socavando la obsesión de la pureza identitaria. Quién sabe. Quizá un día no lejano, pueblos como Amer ya no sean el epítome de un proyecto hegemónico de ingeniería social, sino reductos melancólicos a punto de ser derrotados por el progreso inexorable del mestizaje.

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