Que el fallecimiento de Luis Alfonso Garcés coincidiese con el XLVII aniversario de la muerte de Antonio Bienvenida en el día que se anunciaba en Madrid un cartel de toreros distinguidos como Diego Urdiales, Juan Ortega y Pablo Aguado no puede entenderse por casualidad sino como un capricho del destino. El hilo invisible de la clase, la torería y la naturalidad, cosía de algún modo el pasado con el presente. Y de todo vimos en un escaparate de delicias, a cuentagotas, hasta que Ortega condensó la vaporización.
De Garcés oímos platicar desde críos sobre el tacto de lo exquisito y su romance con Madrid, esos cuenticos que se hacen leyenda a fuerza de repetirse. Del maestro Bienvenida aún recuerda esta plaza el temblor de su entierro, el dolor del pueblo, sus glorias inmarchitables y la irrepetible historia de su dinastía. Yo nací directamente en la marmita de sus hazañas, envuelto en el relato de la casa.
Las Ventas guardó un minuto de silencio por Alfonso Garcés que pudo ser compartido con el torero por excelencia de Madrid, aprovechando la coincidencia y el centenario. Pero qué se puede esperar de los zotes que gobiernan la primera plaza del mundo.
Urdiales desfiló de verde hoja y oro. No hace tanto, en 2018, crujió un Otoño con su navío de clasicismo, que desembocó por la Puerta Grande de la memoria. Apenas nada pudo dibujar con un toro cinqueño -el primero de los cuatro con los cinco años cumplidos de El Pilar- bajo, bizco, entipado, bondadoso pero de muy escaso poder. Esa impotencia provocaba que a todo respondiera con las manos por delante, anteponiéndolas a su estilo. Que se mostró fino cuando el arnedano pudo exigirle por abajo en tres o cuatro contadas ocasiones. Una serie de derechazos bien dibujados, el perezoso trazo de un natural y una trincherilla quedaron flotando con la misma ingravidez de los oles tenues que despertaron.
Una cadena de ellos, de oles, digo, arrastró Juan Ortega con su capote, tan abajo. Cinco verónicas arrebujadas, atalonado el torero, enterrado el mentón, fueron a parar al compás de una media también trianera y barroca. Ya venía apuntando el toro su trémulo fondo. En el alado galleo por chicuelinas, en el medido castigo, en el bellísimo prólogo de faena. De oro los doblones; de cartel el pase de la firma. Pero en la primera tanda sobre la mano derecha cantó el cinqueño su condición y se desentendió. Todo lo demás fue un intento vacío, no siempre lucido -un desarme inoportuno- hasta la demorada hora final.
Saltó entonces un toro muy fino. Tanto, que se protestó por estrecho. Mas esa finura también habitaba dentro, templada como su galope. Pablo Aguado desplegó su capote y lo voló con una cadencia madrugadora. Tan temprano el asombro, la lentitud, la campana del Sur. Más abierto el embroque que en Ortega, por una y otra mano prendió en los lances el tiempo detenido. Es otro aire, el espejo de Curro Vázquez, el capote más grande. En ese caro son, otro ramillete para llevarlo al caballo. Cumplido el trámite, P.A. meció un quite por delantales que acabó en una media verónica monumental, enroscada de sevillanías. Traía Potrico en sus cristalinos viajes el Paraíso prometido. Una esperanza que aún duró en el principio de faena. Aguado se dobló y erguido congeló un pase de la firma como una instantánea. En la tarde del toreo a cuentagotas, parecían reiterarse las escenas. La cosa es que el toro pilarico parecía, tan preciso en todo, incluso en su humillación, el idóneo para su concepto. Y, como diría la voz sabia de Emilio Muñoz, no se entendió con él. Entre desajustes e imprecisiones, no se cuajaba una tanda. La desilusión se extendía. Ni cuando quiso enfrontilarse sobre la izquierda consiguió elevar el espíritu. Mayormente el suyo. El caso quedó en una ovación para el torero y otra para el toro. Mal asunto.
(Abro paréntesis para Diego Urdiales: si hay en una corrida un toro que la rompa feamente por arriba, entra indefectiblemente en su bolita. Tal que el cuarto. Basto y vacío, bueyuno).
Sería el quinto el otro toro de la desigual corrida. Curiosamente, como el tercero, los dos cuatreños, los menos hechos y los más protestados. En ese ambiente de protestas, pasó de puntillas por los tercios previos. Hasta que Juan Ortega cató el terciopelo de su embestida en un prólogo de faena fabuloso. A dos manos escanciado el vino, lentamente vertido en ayudados. Ortega fundió escultura tras escultura. Hasta salirse del propio molde del toreo que acababa de hacer, que es el toreo exactamente, hasta los medios. Sobre la mano derecha, sucedió una serie como una sinfonía en sí misma. Por la colocación, por el embroque, porque cada muletazo duró un siglo y la serie, una eternidad. Pecho, cintura y compás como una sola trinidad. No serían más de tres las rondas, y una al natural, quizá, durmiéndose el toro en ellas, cada vez más apagado, incendiando el sueño del toreo. Que viene a ser eso. Cuando enterró la espada, se pidió la oreja sin convicción. La vuelta desprendió la misma luz derramada.
Remató la escalera del sexteto un tío manejable con el que Pablo Aguado gastó mucho tiempo. Pasó que no pasó nada, y ahí se terminó la tarde veteada de delicias y sellada por Ortega.
Ficha
Monumental de las Ventas. Viernes, 7 de octubre de 2022. Cuarta de feria. Casi lleno. Toros de El Pilar, cuatro cinqueños (1º, 5º, 4º y 6º); desiguales de hechuras y remates; descataron 3º y 5º en su contada condición.
Diego Urdiales, de verde hoja y oro. Estocada (silencio). En el cuarto, estocada tendida desprendida (silencio).
Juan Ortega, de verde botella y oro. Dos pinchazos y estocada. Aviso (silencio). En el quinto, estocada (petición y vuelta).
Pablo Aguado, de azul pavo y oro. Media tendida y pasada (saludos). pinchazo, pinchazo hondo y dos descabellos (silencio tras aviso).
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