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De Gento a Mbappé, el don de la velocidad

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Mbappé, durante un PSG-Brest en el Parque de los Príncipes.
Mbappé, durante un PSG-Brest en el Parque de los Príncipes.AFP

La muerte deGento ha saturado las necrológicas con la palabra "velocidad", la característica más descollante, la definitoria del jugador desaparecido. Aquella sobre la que construyó las otras, alrededor de la cual cimentó el grueso de su leyenda y por la que pasó a la posteridad del fútbol.

La velocidad de índole superior, la que separa a quienes la poseen en grado superlativo de los que tampoco son precisamente lentos, designa a una escasa tribu. Acaso la más escueta, junto a la de los goleadores puros y los regateadores natos. Se trata en todos los casos de poseedores de un don de nacimiento. Minoritario, ya que no exclusivo. Puede definirse, pero no explicarse. Puede potenciarse, pero no adquirirse. Puede estudiarse, pero no aprenderse. Puede imitarse, pero no igualarse. Muy pocos futbolistas en la historia han gozado de tamañas prendas. No les han faltado en más o menos dosis a los grandes: Pelé, Cruyff, Maradona, Cristiano, Messi... Mbappé personificaría hoy ese compendio de virtudes.

La velocidad en estado salvaje puede ser tanto una bendición como un estorbo. Sus beneficiarios rara vez poseen virtudes aproximadas. La rapidez las minimiza, las encoge, a veces las expulsa, como si no cupiesen en un organismo tan sumamente especializado que no dejase sitio a las demás, a no ser que ocupen poco y se limiten a ser complementarias.

Dada su escasez, los velocistas por excelencia, desequilibrantes por naturaleza, son muy perseguidos y valorados. Algunos apodos reconocen esa gracia y la eternizan como resumen biográfico de su beneficiario. Gento, ya se sabe, era La Galerna del Cantábrico. Guillermo Gorostiza, Bala Roja. Joaquín Peiró, El Galgo de Cuatro Caminos. Agustín Gaínza, El Gamo de Dublín. Alfredo Di Stéfano, La Saeta Rubia. Curiosamente, porque no era tan veloz como para merecer el alias. Quizás sí pensando en el fútbol argentino de la época, cuando la hinchada cantaba: "¡Socorro, socorro, por ahí viene La Saeta con su propulsión a chorro!"

Cuando un equipo dispone de un velocista excepcional suele convertirlo, aparte de en un revulsivo, en el principal recurso táctico, poniendo a su servicio lo mejor y más colaborador de los talentos ajenos. En España tenemos algunos ejemplos concentrados máximamente en Vinicius y los hermanos Williams. El duelo copero entre el Madrid y el Athletic se presenta como la apoteosis de la velocidad individual en el seno de la aportación colectiva.

Los velocistas han sido siempre, de modo natural, los extremos, las piezas encargadas de desbordar. Con la invención de los carrileros, muchos de ellos extremos reconvertidos, se amplió el catálogo de sprinters. Jordi Alba representaría (hoy ya no tanto) al carrilero-relámpago.

En la aviación de combate, entre los pilotos de cazas, que concentran en sus manos el rayo y el trueno, existe un axioma universal: "La velocidad es la vida". En el fútbol puede ser la victoria.

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