La embajada china en Sri Lanka publicó un hilo en Twitter denunciando que la agencia británica Reuters sólo distribuye fotos en que los atletas chinos salen feos. "No pongáis la política y las ideologías por encima del deporte, es vergonzoso", clamaba indignada. No quiero pecar de tiquismiquis, pero tal vez hubiera sido buena idea que no ilustrase su queja con la foto de una levantadora de pesas en pleno esfuerzo, una situación en la que hasta Brad Pitt parecería un hermano Calatrava. Él, el alto, eso sí. Los demás, el otro.
Como no se caracteriza el gobierno chino por permitir que sus funcionarios tuiteen con la libertad e inconsciencia de un adolescente a medianoche, daremos por hecho que en Pekín comparten la idea. En vez de pugnar por llegar el primero a la Luna, la nueva Guerra Fría se juega en salir más guapo en Instagram. Tiene sentido hoy, cuando la posibilidad de ver y repetir cada foto hasta lograr la idónea las ha convertido en una representación del momento soñado en vez de ser un recuerdo del instante vivido. Lo difícil ahora es salir feo y luego pasa lo que pasa en las citas Tinder. Me han contado.
Pero los que crecimos en la era analógica, cuando sólo hacías un disparo y no descubrías el resultado hasta que no tenía solución, los pardillos que llenamos las paredes de la habitación de fotos en la torre de Pisa con los ojos cerrados y en cualquier bar con ropa y gesto dignos de entrar en presidio y no de desfilar en Cibeles, sabemos que lo importante a la hora de mostrar la realidad no es salir bien, pues es incontrolable, sino colocarse en el mejor sitio: en el centro. Justo en el centro.
Los Juegos son la fotografía analógica del deporte. No hay retoque ni segunda toma ni otro partido la semana que viene. Te pones, sonríes y que sea lo que dios quiera. Si sale mal, es probable que nunca vuelvas allí para un segundo intento. Es la pesadilla del instagramer que vive en diferido. Así, Djokovic, la deidad que se soñó hermosa y triunfal, se convirtió en un tipo derrotado y desquiciado por un chaval de Gijón, minutos después de que un fan de Hombres G, casi cuarentón, con gafas y pinta de informático, se viese escuchando el himno en lo alto del podio. Quizás no salió guapo en la foto, pero le daba igual. Porque Alberto Fernández, como Fátima Gálvez, sabía que lo único importante era dónde colocarse. En el centro. Justo en el centro de la foto. Aquí y en China.
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