La guerra ha matado al coronavirus en Rusia. Al menos legalmente. Desde el 1 de junio se ha declarado una "amnistía Covid" en Moscú. Lo anunció el propio alcalde Serguei Sobyanin. El Ayuntamiento compensará a ciudadanos y empresas por las multas pagadas por violar todas las restricciones. Todo está perdonado, salvo el incumplimiento del régimen de aislamiento durante la enfermedad. Las multas no pagadas serán canceladas.
En total el ayuntamiento dejará de pagar o devolverá unos 13.600 millones de rublos [199 millones de euros]. La idea es que, compensando la presión de las sanciones, la magnanimidad municipal se convierta en un apoyo para las empresas y los moscovitas en general ante el escenario adverso que afronta el país por culpa de las sanciones.
El producto interior bruto ruso se contrajo 3% en abril respecto al año anterior, según una estimación del Ministerio de Economía. El gobierno responde a "la presión de las sanciones sin precedentes", que afectaron los suministros y la demanda de los consumidores. Las ventas minoristas cayeron en abril por primera vez en un año, bajando un 9,7% anual, según un comunicado del Servicio Federal de Estadísticas.
La prioridad ahora es atajar la crisis, no la pandemia. Al fin y al cabo, las autoridades dicen estar detectando sólo unos 3.700 casos al día. En términos absolutos, la tasa de crecimiento fue la más baja desde el 16 de abril de 2020. En términos relativos, la tasa de crecimiento de los contagios alcanzó el 0,02% el mes pasado.
La nueva realidad ha tardado en presentarse nítida ante los rusos. El nerviosismo de los primeros días tras el inicio de lo que Vladimir Putin llama "Operación militar especial" provocó un espejismo. Los rusos se lanzaron a comprar, con lo que las estadísticas no anticiparon la crisis de gasto que se avecinaba.
Esta "amnistía" afectará a las multas impuestas por las autoridades de Moscú y sus instituciones. En marzo del año pasado te paraban por no llevar la mascarilla en el metro. Llevarla en marzo de este año era invitar a la policía a que te parase y revisase el móvil en busca de trazas de disidente, descontento o, simplemente, ucraniano.
El año pasado se temía el contagio del virus. Ahora se teme que se propague la verdad. Ya no se exige la vacuna en los bares, pero sí es obligatorio respetar la versión oficial del Ministerio de Defensa sobre lo que pasa en Ucrania: los ucranianos se bombardean a sí mismos, y se fusilan entre ellos con las manos a la espalda. Moscú intenta convencer a los rusos de que no tiene nada que ver con las matanzas diarias en Ucrania.
La mayoría de las restricciones por el coronavirus, incluido el régimen de mascarillas, se cancelaron en Moscú a finales de febrero y la primera quincena de marzo. El país, que se enorgullecía de su vacuna Sputnik, ha dejado de hablar de ella. Y el diario 'The Moscow Times' denunciaba esta semana que pacientes en la capital están siendo inoculados con vacunas caducadas. El Ministerio de Salud no se ha pronunciado oficialmente sobre estas noticias, aunque anteriormente emitió órdenes para extender de manera oficial la vida útil de la vacuna y aprobar el uso de estas dosis.
Miedo al vacío
El coronavirus hundió a los bares y restaurantes y consagró a las tiendas. De un escenario vírico hemos pasado a uno bélico, y hay preocupación por los suministros donde antes la había por las ventas.
En la vertiente económica Moscú se ve fuerte. Cree que el embargo impuesto contra las importaciones del petróleo ruso afectará, en primer lugar, a los consumidores europeos. Pero para los rusos el ataque a Ucrania ha prolongado las dificultades para viajar que empezaron en 2020 con el virus. Hasta mediados de este mes de junio unos 50 países han levantado las restricciones de covid y están listos para recibir turistas rusos. Pero sólo a 20 de ellos se puede volar directamente, pues los cielos europeos están cerrados como castigo a Rusia por la devastación en Ucrania. Egipto, Maldivas o Serbia son algunas de las pocas opciones populares sin transbordo.
En el sector privado vuelve el miedo al vacío. En 2020 el virus retuvo a potenciales clientes en su casa. Ahora los clientes han vuelto, pero son las tiendas las que se van. Peligran los centros comerciales, las grandes superficies que para muchos rusos simbolizaron la entrada de su país en un régimen de libertad tras el fin de la URSS, más allá de las elecciones o la libre expresión.
Después de que las marcas internacionales de ropa y calzado suspendieran su actividad en Rusia, los centros comerciales propiedad de Crocus Group -uno de los principales del país- perdieron alrededor del 30% de sus visitantes habituales. H&M, Inditex, Mango, Uniqlo han dejado de operar, y se espera un segundo golpe. Según Emin Agalarov, vicepresidente del grupo, casi todas las cadenas que cerraron las tiendas temporalmente siguen pagando el alquiler. "Si las cadenas internacionales más grandes se van definitivamente, las marcas nacionales no sobrevivirán. Y entonces los centros comerciales quedarán vacíos".
Mientras, el hecho de que los problemas más acuciantes hagan dar la espalda al COVID no elimina la amenaza del virus. El inmunólogo Nikolai Kriuchkov en una entrevista con el canal Moscú 24, predijo el próximo pico de incidencia de COVID-19 en la Federación Rusa: este otoño. Pocos creen que para entonces haya paz.
Conforme a los criterios de



