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Carmen Calvo y sus obsesiones (no) confesadas

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El IVAM rinde homenaje a la artista valenciana con motivo de su Premio Julio González, en una muestra que recrea por primera vez su taller y que recorre las distintas formas de violencia contra el cuerpo de la mujer

Carmen Calvo en la inauguración del IVAM.
Carmen Calvo en la inauguración del IVAM.Miguel Lorenzo

Si a Carmen Calvo (Valencia, 1950) le preguntan por sus obsesiones, se niega a contestar. «Sé cuáles son, y por eso me encierro en el estudio. Y si tengo algo que contar, voy al psiquiatra». En realidad, es lo que ha hecho. Con motivo de la concesión del Premio Julio González a una de las artistas clave del arte contemporáneo español, el IVAM se adentra (nos adentra) en la intimidad de Calvo, en esas ideas recurrentes de su obra -y su vida- que no verbaliza en voz alta. Pero que están ahí, una y otra vez, presentes hasta cuando están ausentes. Van y vuelven, en círculos. El IVAM sienta en el diván a Calvo y la pone frente a su público. El psiquiatra somos nosotros.

El museo valenciano presenta una gran exposición, comisariada por Nuria Enguita y Joan Ramon Escrivà, que propone un recorrido por toda su trayectoria. Pero no es una retrospectiva al uso o un viaje cronológico por las entrañas de la artista. «El trabajo de un artista no es lineal, porque siempre hay un poso que permanece. Las obsesiones de Carmen son siempre las mismas, por lo que su evolución es circular», explica Enguita. Y qué mejor lugar para fijar el punto de partida y de llegada que el propio taller de la artista.

La muestra del IVAM gira en torno a ese gran estudio de Calvo, mostrándolo al público. Exhibiéndolo, en el sentido casi perverso de desnudar a la artista frente a quien está dispuesto a mirar. El taller de Calvo se ha trasladado al museo porque, según confiesa ella misma, son sus fantasmas, sus vivencias, sus sueños. El taller es ella. «Donde cada día pienso si sigo o si paro. Y, como mujer fuerte que soy, sigo».

Las instalaciones de Calvo en el IVAM.
Las instalaciones de Calvo en el IVAM.

Los objetos de su taller

Para esta nueva mirada a sus obsesiones, la muestra recrea el estudio o gabinete de maravillas de la valenciana. Sobre las estanterías reposan maletas, muñecas, exvotos, maniquíes... Objetos aparentemente abandonados que Calvo guarda, a modo de coleccionista, como reflexión sobre la memoria. Porque qué es la memoria sino la revisitación de los tiempos pasados, la reinterpretación de esos objetos que tuvieron su tiempo y su lugar y que ahora, descontextualizados, nos desafían desde su nuevo significado. Calvo es esa memoria a la que nos duele volver. En el fondo, es una historia de violencia.

Contra la mujer, por supuesto. La gran obsesión. El discurso de Calvo es feminista. Lo es cuando desparrama los cuerpos rotos de las mujeres, metáfora de la violencia sistemática que la sociedad patriarcal ha ejercido sobre ellas. Son esos maniquíes incompletos y mutilados, esas piernas y brazos dislocados (como en la obra No espero al otro que también soy yo) que se amontonan, como molestando, como recordando que el mundo no ha logrado del todo deshacerse de ellos.

El pelo es otra de las obsesiones de Calvo. El símbolo de la identidad femenina. De su belleza y de su castigo. La mujer rapada es la mujer castigada, la mujer fea, la mujer sin identidad. La mujer anulada. Por eso la artista muestra con descaro la cabellera, como en Sexo en la cara, un inmenso collage de pelo artificial que genera morbo y repugnancia a partes iguales.

En 'La naturaleza agita' se representa el pecado y el placer.
En 'La naturaleza agita' se representa el pecado y el placer.

En la exposición no faltan las características fotografías de Calvo sacadas de viejos álbumes. Son rostros borrados o tapados, bocas y ojos que no pueden gritar ni mirar. El homenaje a todas esas mujeres invisibilizadas.

Dicen que la peor violencia es esa que no se percibe, que está sin estar. La exposición se detiene en ella con Silencio I y II. Se trata de una de las primeras incursiones de la creadora en el terreno de la instalación. En este caso, decenas de lápidas blancas colocadas sobre un muro del que cuelgan mil puñales amenazantes. Es la ausencia que no se ve, pero que golpea con la muerte.

A cambio, la muestra cierra con una instalación inédita: La naturaleza agita. Una habitación de grandes dimensiones de cuyas paredes blancas sobresalen infinidad de dedos de mujer con las uñas pintadas de rojo. Remiten al deseo sexual, a la seducción del placer terrenal, pero sin dejar de recordar a esas púas de las plantas carnívoras. El pecado, el castigo, la moral impuesta. Las obsesiones (no) confesadas de Carmen Calvo.

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