En el día de la unión se confundieron quienes creyeron correcto separar a los dirigentes políticos de los ciudadanos. Un error profundo, de fondo, que no solo dividió la fuerza de las voces que clamaban mundialmente contra el terror sino que dejó en evidencia a quienes el protocolo tuvo que colocar en una infinita fila que sólo podía ser retratada por completo desde una altura tal que terminaba por demostrar involuntariamente soledad.
La fotografía la han visto. Tremendamente importante sin duda alguna. Con importancia propia, peso propio y significado propio. Dirigentes del mundo entero unidos en una marcha en apoyo a los franceses, a su lucha por la libertad y en contra de cualquier forma de terror asesino como el vivido en París.
Por eso leo con atención la información publicada por este diario en la que se relata cómo se intentó desde la diplomacia francesa eludir la visita de Netanyahu. Entiendo las motivaciones electorales y yo añado las consecuentes morales. Es difícil soportar un retrato de voces contra la violencia con la presencia de quien somete, en una estrecha franja, la vida de miles de palestinos. El mundo es demasiado consciente de los horrores cometidos en Gaza, de las exageradas respuestas armadas contra civiles, de los bombardeos directos a niños en playas como para no sentir un profundo vacío en el estómago al ver ciertas caras gritar contra la violencia.
Pero no es el caso, ni merece la atención de estas líneas porque más allá de las sensaciones viscerales ante determinadas escenas, la clave está en la unión contra el violento acto terrorista sufrido por los franceses y por la libertad de prensa a nivel mundial. Ante semejante violencia no se puede más que agradecer cada voz que se suma al rechazo más directo y ese es sin duda el gran significado de la marcha que los dirigentes mundiales hicieron por las calles de París. Ojalá, cuando algunos vuelvan a sus casas, hayan interiorizado bien lo inútil y dramática que es cualquier forma de violencia.
Quienes pensaron la escena, en todo caso, hicieron un flaco favor al simbolismo de la misma. Lograron que aún siendo muchos, el lleno absoluto en el resto de calles y plazas de Francia, con millones de ciudadanos reunidos les hiciera parecer pocos a los líderes políticos. Pocos y solos.
Representan a muchos, cada uno de los dirigentes reunidos en esa infinita cabecera lideran países completos, pero sus representados estaban también en las calles, a escasos metros. Escucharé con gusto las referencias a la seguridad, a la dificultad de control en una multitud y podré aceptarlo técnicamente, pero no podré evitar -como temo le ha pasado a no pocas personas- que emocionalmente me disguste profundamente que no marcharan junto al resto de ciudadanos, habituales blancos -además- del terror que se condenaba.
No soy capaz ni tengo la voluntad de pronunciar esta sensación como una crítica porque entiendo apela demasiado a lo emocional. No está mal la marcha de los dirigentes, no me indignan las peleas por colocarse delante y las luchas por aparecer en la foto (en serio, cuánto daño ha hecho esa foto casi cenital donde la forma triangular que generan de forma espontánea delata tanto la búsqueda por el flash), pero no entiendo la necesidad de hacer evidente una distancia que, con plazas llenas de ciudadanos, dejan tan en evidencia la actual soledad de nuestros dirigentes.
Ante el mensaje de la unión, de la ausencia de miedo, de la fortaleza de la democracia ante la violencia, la incoherencia que provoca esa fotografía apenas se puede justificar por una complicada labor de protocolo o de seguridad. Lograron hacer llegar el mensaje contra el terror -suficiente, por tanto- pero perdieron la oportunidad de ser un símbolo, una imagen impoluta en nuestro recuerdo.