Escribo en domingo, mientras en Barcelona amanece una Diada melancólica. Los independentistas ya no disfrutan del oligopolio sentimental, aunque mantienen sus pactos con el Gobierno. El martillo nacionalista ha mutado en un tacticismo que no renuncia a pelar los cables del Estado de derecho. Las bravatas de ayer, que incluían la desconexión legal, son ya los valsecitos de una complicidad mafiosa, que cambia derechos por prebendas y leyes por privilegios.
A nuestra izquierda reaccionaria le parece ridículo el luto oficial en Madrid por Isabel II, pero le importa una higa que en Cataluña ondee la bandera secesionista en muchos edificios oficiales. Asume como inevitable desoír las sentencias de los tribunales. Celebra que los centros educativos ignoren la neutralidad ideológica. El internacionalismo le suena viejo; el constitucionalismo sin adhesivos, rancio; la igualdad, un camelo; y la razón le estorba. Los antiguos progres son hoy falderos de una burguesía corrupta y cursi.
Tampoco suenan campanas de la libertad por el margen derecho. Incapaz de asumir las razones por las que Ciudadanos ganó en 2017, Núñez Feijoó pastorea una proclama gallinácea. Sus áulicos, cabecitas sin hervir, la han bautizado como "catalanismo constitucionalista". Un animalito en doma. Concebido para ganarse los favores del establishment político y mediático catalán. Idéntico en fondo y forma a las sucesivas mutaciones ibuprofénicas, abanderadas por sujetos tan turbios como Miquel Iceta. Como escribí una vez, bien está que el PP marque distancias con el folklore voxista. Pero sin ceder ni un milímetro en la lucha contra quienes reclaman privilegios enraizados en la identidad cultural, lingüística, religiosa, sexual y etc.
Que los ciudadanos no nacionalistas de Cataluña importan una mierda puede comprobarse en el desamparo de quienes pelean contra el rodillo de la inmersión, para que el castellano, primera lengua de Cataluña, sea tan vehicular como el catalán. La suya ha sido una batalla al margen de los partidos. Pura sociedad civil frente al pasotismo clientelar, que fastidia la cuchipanda de quienes aspiran a recuperar la impunidad.
En cuanto al cinismo del mundo de la cultura, su inveterado pasotismo, su secular cobardía, recuerden que le han concedido el Princesa de Asturias de la Concordia al arquitecto Shigeru Ban frente a la candidatura de la Asamblea por una Escuela Bilingüe en Cataluña (AEB). Mis queridos "borrachines honoríficos de consumición pagada" (Ferlosio dixit), cúbranse al menos, que hay niños (sin derechos) en la escuela.
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