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Qué ocurriría si Nadia Calviño fuera un hombre

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El auténtico icono del feminismo en el Gobierno es ella. En su caso, la mujer es la influyente y el marido, el tipo con problemas en su empresa que consigue un buen cargo público vía colocación

La vicepresidenta Nadia Calviño.
La vicepresidenta Nadia Calviño.ALBERTO DI LOLLI

La estadounidense Estelle Ramey dijo que la igualdad real no llegaría hasta el momento en que una mujer incompetente pueda llegar tan lejos como hoy llega un hombre incompetente. Estamos de celebración, porque Irene Montero y la cascada de rebajas de penas a agresores sexuales gracias a su ley demostrarían que ese momento ha llegado. Aunque quizá nos encontremos en un estadio superior, en el cual una política no debe dimitir pese a sus clamorosos errores precisamente por ser mujer. La batalla feminista se ha convertido para algunos en una bandera en la que envolverse para salir indemne de todo, como el amor a la patria o incluso la lucha contra la corrupción.

Ione Belarra también puja por convertirse en icono del feminismo. Estos días ha regalado a sus gobernados una foto de sí misma dando pecho a su hijo otra vez, ahora en un sofá de lo que parece el Ministerio, con la frase: «La vida teta, la vida mejor». Lo sorprendente es que Belarra ha vuelto al trabajo seis semanas después de parir. Una, que ha procurado ordenar su cabeza a la liberal, respalda que toda mujer haga lo que le parezca en asuntos como este. Otra cosa es imaginar qué habría dicho Belarra si fuera una ministra del PP la que se hubiera cogido una baja de maternidad parcial, sobre todo si su cartera fuera la de Asuntos Sociales.

En realidad, el auténtico icono del feminismo en el Gobierno es Nadia Calviño. En su caso, y como ha desvelado EL MUNDO, la mujer es la influyente y el marido, el tipo con problemas en su empresa que consigue un buen cargo público vía colocación. Con la precipitada retirada final de Manrique de Lara se ha obrado un último milagro feminista: el comportamiento ética y estéticamente cuestionable es el de ella, que es la vicepresidenta y la que nos debe explicaciones, pero el que ha dimitido (rechazando el trabajo en Patrimonio Nacional) es él.

Cabe preguntarse en todo caso cómo habría discurrido el asunto a la inversa. Qué habrían dicho de Manrique de Lara si hubiera sido una mujer. Probablemente cosas parecidas, pero sobre todo mejores: ¿qué pasa?, ¿que una mujer de su talla profesional no tiene derecho a optar a un buen puesto porque su marido sea ministro? Pero a ver quién sale a favor de Manrique de Lara-hombre cuando no hay noble causa en la que poderse envolver. Que el Gobierno no haya recurrido a la bandera del «complot» derechista, en oportuno solapamiento temporal, hace presumir que el caso Calviño era lo que parecía.

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