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Arquitectura

La vivienda del futuro será de usar y tirar: "Se convertirá en un bien de consumo como el coche"

Los próximos cinco años transformarán y robotizarán la construcción en España: hacer casas será más rápido, más barato y más ecológico. ¿Cómo cambiará nuestra relación con la arquitectura?

Fotograma de 'Una semana'
Fotograma de 'Una semana'
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En Una semana (1920), Buster Keaton y Sybil Seely se casan un lunes y reciben un regalo: un terreno y el material embalado para construir en él una casa prefabricada. El martes, Buster se pone manos a la obra, pero las instrucciones de montaje han sido manipuladas por un enemigo. Todo le sale del revés. La puerta aparece en la planta alta y las ventanas están torcidas. El miércoles, trata de meter el piano en el salón y para eso hay que agujerear la fachada. El jueves, adapta la barandilla del porche como escalera para entrar por la planta alta. El viernes, llueve y se levanta un vendaval y aparecen mil goteras y la casa gira como una peonza. El sábado, Buster y Sybil descubren que se han equivocado de parcela. Su lote era el 99 pero han ocupado el 66 porque el cartel estaba girado. El domingo tratan de llevar su casa al lote 99 pero, claro, el traslado sale fatal.

Una semana expresó, hace un siglo y un año, la promesa y la decepción de la construcción industrializada: supuestamente barata, rápida y democrática pero, en la práctica, chapucera, quebradiza y desangelada. Y aunque esa mala fama fuera en parte injusta, han hecho falta 100 años para que la construcción sea la próxima gran transformación tecnológica que cambie nuestro mundo. En países como Japón, el 90% de las viviendas nuevas se hacen en fábricas. En España, la arquitectura civil también se factura y los profesionales del sector calculan que el método industrial será mayoritario para las viviendas dentro de cinco años. Lo interesante es que esa revolución tiene implicaciones más allá de la tecnología. ¿Cambiará nuestra relación con la arquitectura el día que las casas se hagan como se hacen los coches, como pronosticó Le Corbusier?

Una idea previa: el estado de la tecnología permite hoy construir en fábrica con más calidad que en obra. "Ya no hay nada que se pueda hacer in situ que no se pueda hacer en una factoría", explica José Miguel Adam, ingeniero e investigador de la Universitat Politècnica de València. "La construcción prefabricada aguanta mejor la erosión del tiempo. Sólo es un poco más frágil en caso de emergencias, en terremotos y situaciones parecidas". "La gran novedad", añade el arquitecto Patxi Mangado, profesor de la Universidad de Navarra, "es que ya es posible encargar una sola pieza sin que cueste más que producir en serie". La fama de que la construcción industrializada sólo permite hacer unas pocas cosas, bastante básicas, ya no es real. Las formas irregulares y a medida se pueden fabricar con precios competitivos.

"El aislamiento y la sensación de confort para el usuario es más alta en la arquitectura prefabricada", dice el arquitecto Pablo Saiz, autor de una tesis doctoral sobre el tema y director del estudio Modulab, especializado en vender y construir chalets hechos en molde. "También nos permite tratar la casa como un banco de datos y así mejorar la experiencia de vivir en ella".

La arquitectura prefabricada, por tanto, es en 2021 duradera, versátil y cálida para sus habitantes. Además, se construye deprisa y ofrece más control sobre el acabado del producto, que ya no depende del talento de un maestro de obras. Su impacto medioambiental también es muy bajo y el reciclaje y las reparaciones son más sencillas. ¿Es más barato? "Es más barato porque los plazos se acortan mucho", dice Adam. "El precio está entre los1.000 y los 2.000 euros por metro cuadrado construido, que es más o menos lo mismo que cuesta la obra convencional", explica Saiz.

A medida que el sector industrial progrese y se amplíe, se generarán economías de escala. Y entonces, la vivienda cambiará su significado social. "Vamos a un mundo en el que la vivienda se convertirá en un bien de consumo como el coche. Igual que yo no quiero llevar un coche de hace 30 años por muchos motivos, habrá un momento en el que me pase lo mismo con mi casa", continúa Saiz. Según su visión, la vivienda se convertirá en un bien perecedero, reemplazable cada 20 años, sofisticado y tecnológico, capaz de expresar modos de vida y modas con una ligereza que hoy nos parece inconcebible.

Hay un símil que ilustra el cambio: para nuestros abuelos, amueblar una casa era parte de su proyecto vital. El sofá que compraban cuando se casaban era caro y pesado y estaba hecho para sobrevivirlos. Si era un buen mueble, también tenía también un valor representativo. Hoy, en cambio, el sofá que compramos en Ikea o alguna tienda parecida es barato y por eso asumimos que no aguantará eternamente y que, de todas formas, es probable que nos cansemos de él antes de que agote su vida. ¿Ocurrirá algo parecido con las casas?

¿Cuál es el beneficio de derribar y volver a construir una casa a cada generación? "La lógica es económica", explica Saiz. "Yo vivo en un chalet de los años 90. Para calentarlo, gasto hasta 600 euros al mes. Las primeras casas que hicimos en Modulab, en 2007, reducían el consumo a 400 euros como máximo. Y las que hacemos ahora gastan cero... Habrá un momento en el que yo mismo me plantee que me es más rentable volver a construir mi casa. Antes poníamos el ejemplo del coche de hace 30 años. Ese coche lo hemos reemplazado, entre otras cosas, porque gastaba 11 litros de gasolina cada 100 kilómetros y eso es hoy insostenible".

"La relación de los usuarios con la vivienda será de afecto y confianza, un habitar ligero y emocionante", explica el arquitecto Juan Herreros, catedrático de Proyectos de la Universidad Politécnica de Madrid. "La vivienda no será el refugio del mundo exterior sin el amplificador de todos los mensajes y posibilidades que este nos ofrece. También será una forma de posicionarse. Ya no serán casas que permanecen impasibles ante la evolución de la vida de sus ocupantes; podrán ser cambiadas por otras más adecuadas cuando las circunstancias lo aconsejen... Será una parte central del proyecto vital de sus habitantes, pero estos no buscarán en ella la homologación social sino la satisfacción real de sus propias singularidades. La vivienda ha sido históricamente más homogeneizadora que singularizadora y ahora que la aceptación de las diferencias es bandera, la vivienda debe acoger esas vidas particulares evitando conservadurismos paralizantes. Es importante conquistar los grados de libertad que permitan a la gente vivir de la forma que mejor les represente y más felicidad les produzca".

La primera duda es socio-política: la vivienda ha sido, desde los años 60, el principal mecanismo de ahorro de la clase media española. Su acceso es también, desde que empezó el siglo XXI, uno de los grandes problemas de nuestra democracia. Si las casas se convierten en un bien de consumo, ¿qué ocurrirá? "En Japón, los hijos heredan de sus padres el suelo y construyen sus casas. Y las casas antiguas las venden para que sean recicladas, igual que se venden los coches", explica Saiz. "Respecto al acceso a la vivienda, el problema no está en la construcción sino en la especulación con el suelo".

Entre el albañil y el arquitecto va a hacer falta mucha gente cualificada. Ignorar eso es estar de espaldas a la realidad

Patxi Mangado

Patxi Mangado sí que cree que la arquitectura prefabricada "va a ser un mecanismo de equilibrio social", porque, además de abaratar costes, representa "un proceso de sustitución del trabajo manual por el conocimiento". Y su colega Juan Herreros añade que el reto es evitar que la robotización de la construcción no se convierta en "una apuesta por los materiales de alta tecnología ni por una sofisticación elitista solo al alcance de unos pocos. Se trata de desarrollar una industrialización sostenible y resiliente para aumentar la accesibilidad de todo el planeta a un mínimo confort".

Segunda duda: ¿no se supone que la arquitectura es buena si atiende a las particularidades del lugar y a las demandas concretas de sus habitantes? ¿Es eso posible si se construye en fábrica? "No sólo es buena o mala sino que también lo que tiene la arquitectura de bella depende de que esté ligada a la realidad", responde Mangado. "Pero eso no cambia con la construcción prefabricada. La prefabricación es el medio que cambia, no es el fin. El fin sigue siendo el mismo, mejorar la vida de las personas y hacer ciudad. Lo contrario es conformarnos con que un arquitecto sea un decorador de fachadas".

Mangado es patrono fundador de la Fundación Arquitectura y Sociedad, que en los próximos meses empezará a trabajar con el Instituto Politécnico de Zürich y la Comunidad Foral de Navarra en la investigación sobre arquitectura robotizada. "Estamos a tiempo de ir poco a poco en España. No tiene mucho sentido pensar en hacer las viviendas de protección oficial en madera que se hacen en Suiza y que cuestan 2.500 euros el metro cuadrado, eso no es realista aquí. Pero tenemos que ir automatizando los procesos y formando profesionales. Entre el albañil y el arquitecto va a hacer falta mucha gente cualificada. Ignorar eso es estar de espaldas a la realidad".

Tercera duda: ¿qué pasa con los que vivimos en un piso de los años 60 o 70, en la ciudad ya consolidada? "Se supone que la construcción tiene una vida útil de 50 años", explica José Miguel Adam. "Esa vida, después, se puede prolongar a través de un mantenimiento constante. Si ese mantenimiento se hace a través de piezas prefabricadas, el trabajo es más sencillo y da más calidad. Si lo piensa, el método de poner ladrillos es casi de la Edad de Piedra, no tiene mucho sentido ya". Juan Herreros es de la misma opinión: "No se trata sólo de añadir nueva arquitectura de calidad sino también de intervenir sobre lo que hoy tenemos para ponerlo en sintonía con los nuevos tiempos. Desde mi punto de vista, tan importante será desarrollar sistemas constructivos avanzados que nos permitan diseñar viviendas económicas de altas prestaciones como disponer de sistemas de regeneración de la ciudad existente. En otras palabras, el progreso urbano necesitará de la regeneración de fragmentos importantes de la ciudad consolidada que se están quedando atrás afectados de problemas de habitabilidad básica".

En la última escena de Una semana, Buster Keaton y Sybil Seely se van cogidos de la mano, sin casa pero enamorados. Lo que les espera es un mundo más incierto pero también más ligero, como nos pasa a nosotros en 2021.

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