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María Rosa Rotondo

De profesión, lobista: "En España sólo tienen influencia de verdad cinco o seis personas"

Preside la Asociación de Profesionales de las Relaciones Institucionales, lo más parecido a un registro de lobbies en España. "Tenemos mala fama porque nadie sabe qué hacemos"

De profesión, lobista: "En España sólo tienen influencia de verdad cinco o seis personas"
FOTOGRAFÍAS: ANTONIO HEREDIA
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María Rosa Rotondo dice que hay dos tipos de lobistas: «Los que dicen que lo son y los que no lo dicen, pero lo son».

Ella es de las primeras. «Yo soy lobista en España desde hace 21 años y me chifla mi profesión».

-Cuando alguien le pregunta a qué se dedica, ¿usted dice que es lobista?

-Yo sí. Y me miran como quien mira a un bicho raro a través de un microscopio. Me divierte mucho. Soy lobista, presido la Asociación Española y soy presidenta de la Asociación Europea. Como para esconderme... Nadie ha entendido nunca a qué me dedico, pero vivo con ello. Siempre he hecho las cosas bien, así que no tengo por qué ocultarme.

Para saber más

María Rosa Rotondo (Madrid, 1972), es, en efecto, la presidenta de la Asociación de Profesionales de las Relaciones Institucionales (APRI), un organismo que se creó en 2008 para regular y profesionalizar el sector en nuestro país. Además es socia directora de Political Intelligence, una agencia que se dedica a transformar los objetivos de negocio de sus clientes en una prioridad para los políticos.

Es decir, a hacer lobbying...
En efecto, nuestro trabajo consiste fundamentalmente en monitorizar la conversación pública y la actividad política para detectar oportunidades o amenazas contra determinados intereses. Se trata de estudiar el posible impacto de una medida, hacer propuestas de cambio o de modificación y defenderlas, ya sea ante el Gobierno, en el parlamento, activando a los medios de comunicación... En definitiva, de hacer llegar al legislador los efectos de sus decisiones porque en ocasiones, y ha quedado patente demasiadas veces últimamente, legislan sin saber o sin escuchar. Y tenemos que ser éticos porque hablamos de la representación de intereses y de procesos de toma de decisiones en los que hay que evitar toda sombra de malignidad.
¿Por qué existe esa sombra?
Porque la opacidad existe en nuestro país y eso no nos ayuda y nos da mala fama. Se nos identifica con la corrupción, pero yo siempre digo: dime un caso de corrupción asociado al lobby. Es que no lo hay... Un QatarGate en España no ha habido. La relación con los políticos aquí es absolutamente normal. Tú le pides una reunión a alguien porque tienes interés en contarle algo que está en su área de competencias y te recibe. Y no pasa nada. Pero eso no significa que vivamos en Los mundos de Yupi. Donde la deontología profesional no llega, tienen que llegar las normas.
¿Confía en que la regulación ayude a cambiar esa mala imagen?
Sí, tengo mucha confianza. La existencia de estos mecanismos es lo que ha permitido, por ejemplo, detectar el escándalo del Parlamento Europeo.

A nadie le gusta que unos pocos susurren al oído de los que toman las decisiones

Decía antes que un caso como el 'QatarGate' no ha ocurrido en España. Pero ¿podría ocurrir?
Por supuesto que podría pasar en España. Además estamos hablando de algo especialmente preocupante porque ya no es la influencia de una empresa, sino de un país tercero. En este caso se llama Qatar, pero puede ser Bolivia, Rusia o Estados Unidos. Y aquí estaríamos desprotegidos.
¿Por qué no se han regulado hasta ahora los grupos de interés?
Los Gobiernos no lo regulan por tres razones. La primera porque no tienen que hacerlo. No hay ninguna directiva que se lo mande, así que quién se va a meter en ese berenjenal. Nadie quiere ser el Gobierno que «abrió la puerta a los lobbies». La segunda razón es que es muy difícil regularlo precisamente por la ausencia de marcos claros. Y la tercera es una de las más importantes: regular a los lobbies implica regularse a sí mismos. Hablar de la transparencia de los lobbies es hablar de la transparencia de las agendas de quienes toman las decisiones. Hablamos de establecer normas en cuanto a regalos, agendas, puertas giratorias...
Pero esta es la misma razón que genera la desconfianza de los ciudadanos.
Claro. A nadie le gusta que unos pocos susurren al oído de los que toman las decisiones. Pero esa leyenda negra es negra porque es opaca y la opacidad nos hace daño. Tenemos mala fama porque no se sabe lo que hacemos. Si la gente viera que la ministra de Industria se reúne con los representantes de la industria, vería que el tema no tiene ninguna emoción y que es lo más normal del mundo.
¿Cuál es el lobby más poderoso en España?
Es muy difícil decirlo porque no hay un ranking, no hay un estudio. Es muy difícil medir la influencia. Yo siempre digo que en España tienen influencia de verdad cinco o seis personas y una de ellas seguramente será un futbolista y la otra un banquero.
¿Y lo otros?
Pues las energéticas, por ejemplo, no tienen tanta influencia como la gente cree. Se está viendo estos días... No es lo mismo tener poder económico que tener influencia. Te voy a poner otro ejemplo: Ada Colau, cuando era activista y con un presupuesto nimio, logró cambiar la ley hipotecaria. Simplemente a base de activismo. Las ONG también son tremendamente eficaces porque siempre es más fácil hacerle caso a Unicef o Save the Children que a un fondo de inversión.
¿Hay algún sector para el que usted no trabajaría como lobista?
No te quepa ninguna duda. En mi caso personal, puedo permitirme el lujo de decidir para quién trabajo. Si viene un cliente cuyos objetivos no están alineados con los intereses generales de nuestro país, que se busque a otro. Siempre van a encontrar a alguien.

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