ANDALUCÍA
Flamenco

El Perrete consumó su objetivo

El cantaor pacense no dejó a nadie indiferente escoltado por un excelso Rubén Levaniegos

El Perrete exhibiendo en los Jueves Flamencos su solvencia estilística.
El Perrete exhibiendo en los Jueves Flamencos su solvencia estilística.REMEDIOS MALVÁREZCAJASOL
Actualizado

El Perrete

Ciclo: Jueves Flamencos / Concierto: 'Cantaor', de Francisco Escudero alias El Perrete / Cante: El Perrete / Guitarra: Rubén Levaniegos / Coros y compás: Los Mellis / Lugar y fecha: Teatro Cajasol, de Sevilla. 13 de noviembre de 2025

CALIFICACIÓN: ***

El artista lanzaroteño Francisco Escudero, alias El Perrete, aunque pacense por querencia, ha presentado en los Jueves Flamencos de Cajasol el recital 'Cantaor', la constatación de que el protagonista llama la atención por su singular vestuario y puesta en escena, pero sobre todo dispone de una calidad incuestionable para la gran variedad tipológica que es capaz de ofrecer.

Así lo constató al principiar conciliando el romance portuense con las tonadas campesinas y la toná de fragua, en los que buscó la hermosura de las melodías como quien anuncia una melancólica llamada a la esperanza. Permitió el cantaor pacense, igualmente, acercarnos a una partitura con una visión diversa, interesante y diferente. Por ejemplo, su voz dominante y de bello timbre nos aproximó a los secretos de la malagueña con el cierre de la rondeña y el fandango granadino, con un excelente gusto en el fraseo y enfrentándose sin atisbo de duda a las tremendas agilidades tipológicas.

Ejecutó con solvencia, además, las ligaturas simultáneas de la soleá trianera con evocación al fallecimiento del gran maestro Fosforito, permitiéndose licencias melódicas sin comprometer nunca la afinación, nada forzado en los legatos más agudos y creando una atmósfera sugestiva que se prolongó en la mariana con tangos, aplicándoles una voz dulce, con un grato vibrato y gran expresividad, sobre todo en el registro agudo, haciendo destacar sus prestezas y poniendo de relieve la sutileza y el refinamiento para captar la atención del público.

Con el propósito de dar coherencia a sus registros, en la serrana con introducción de la liviana chica, le notamos la voz suave, lo que contradice la esencia del cierre con la seguiriya de María Borrico, si bien fresca, segura y radiante, aunque bien apoyada, como quien hace de su actuación una pacífica delicia, pero siempre mostrando el control técnico y la solidez que la caracterizan, con una afinación impecable y una proyección siempre firme.

Valoramos, igualmente, cómo resuelve la dificultad de la murciana de El Cojo de Málaga, la minera de Chacón y el taranto del Tonto Carica Dios que popularizó Fosforito, emitidos en un tono ligero, con mimo, si bien con una sonoridad nada densa pero voluptuosa y etérea a la vez, y mostrando sus matices, desde la alegre vivacidad hasta los ascensos tonales.

Mas El Perrete persistía en la proyección de la voz, tal que en las sevillanas para escuchar y los fandangos personales y de Huelva, de los que hizo una lectura clara, lírica, de pulso firme, pergeñando un cante afinado, con un sonido amplio y redondo e incluyendo pasajes de escalas y un sinfín de desafíos a los que no todos los cantaores están dispuestos a enfrentarse.

Es importante, en otro orden del recital, que lo propuesto sea lo más transparente posible para que sea comprensible. Y ahí están los jaleos extremeños con que el pacense regaló

al público a modo de "bis", manteniendo su tónica de brillantez y con un timbre hermoso, una forma de cantar, en definitiva, muy minuciosa y refinada, quizá demasiado, pero una sonoridad transparente, ágil y afinada que sonó con pulcritud y precisión.

Hay que subrayar a este respecto que el buen fraseo de El Perrete se enmarcó en el cuadro escénico que enmarcaban Los Mellis pero que sostenía la guitarra de Rubén Levaniegos, ofreciendo el instrumentista una actuación magistral y con el poder superior de no perturbar el cante, buscando maximizar las atmósferas emocionales de la voz y describiendo una música sensual y rítmica, con recursos que sumergían al espectador en una tensión creciente, tal y como constató en su toque de guajira en concierto.

El Perrete había exhibido, empero, su cometido con corrección, con una interpretación adecuada y demostrando solvencia y calidad estilística. Acaso con exceso de malabarismo -todo es cuestión de gustos-, pero equilibrando la voz y su presencia escénica con gran naturalidad, con lo que justificó la sostenida ovación de todo un patio de butacas que, pese a la lluvia incesante en Sevilla, lo despidió en pie, compensando así al esforzado cantaor.