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Sergio Heredia: "En el colegio de mi hija, todos los niños y niñas quieren ser periodistas deportivos"

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Pasó de joven promesa del atletismo a periodista deportivo, oficio que tuvo que aprender a amar y que ahora reivindica a partir de su obra 'Soy un superhéroe'

El periodista y escritor Sergio Heredia.
El periodista y escritor Sergio Heredia.G. LOINAZARABA

Sergio Heredia (Barcelona, 1970), cuando entrevista, no pone grabadoras ni teléfonos móviles que hagan de pared entre él y el personaje. Le basta con una libreta y un bolígrafo.

- ¿Y si algo se te escapa?

-Es imposible. Porque escucho.

Parece sencillo. Escuchar, descubrir una vida que no es la tuya, tratar de comprenderla, interiorizarla, y después trasladarla al lector sin todos esos artificios que impone el nuevo periodismo. Ya saben, el del impacto y el tabasco. Porque falta paciencia para leer. Pero también para escuchar. En una hora de charla ni uno ni otro reparamos en que, para sobrevivir hoy en el oficio, hay que vivir corriendo.

Heredia, más escritor de lo que él piensa, más periodista que atleta a su pesar -aunque se quedara a poco más de un segundo de ser olímpico-, ha recopilado en el libro Soy un superhéroe sus celebradas entrevistas de la sección 'Vuelta y vuelta' en La Vanguardia.

¿Qué tiene de malo ser periodista deportivo?
Absolutamente nada. Hay muchos prejuicios alrededor de la sección de Deportes, incluso por parte de muchos periodistas de la prensa en general. Pero cuando uno está dentro se da cuenta de que son absurdos. Ser periodista deportivo tiene una exigencia en cuanto al tiempo que tú conoces muy bien. Te obliga a escribir muy deprisa, en circunstancias muy complicadas, en un estadio que ruge, con el cierre de la rotativa pendiente, y episodios que van cambiando sobre la marcha... Más allá de eso, no le veo más. Me he encontrado, en el caso de La Vanguardia, a muy buenos periodistas de otras secciones que fueron a parar eventualmente a Deportes y fracasaron. Porque pensaron que escribir una crónica de un partido de fútbol era muy fácil. Porque era simplemente decir si la pelota había entrado o no.
El periodista deportivo parece condenado a estar uno o varios escalones por debajo del periodista político, económico, cultural...
Es cierto lo que dices. De origen, en los diarios, siempre se ha dicho: 'El que vale, vale. Y el que no, a Deportes'. Es un clásico. Pero depende del género que toques. ¿Qué mérito tiene para un periodista político hacer una crónica de declaraciones? ¿Qué valor tiene por encima de cualquier otra historia? ¿O, para un periodista de Internacional, hacer una crónica desde Bruselas machacando la información que ha publicado un diario de allí? ¿O que ha escuchado por la tele? Tener acceso a fuentes tampoco es tan fácil. No tienes acceso a un eurodiputado así como así. ¿Eso es superior a hacer una crónica de un partido de fútbol bajo presión en un estadio y con un resultado cambiando en el último minuto? No lo veo.
¿Se entiende así en la misma dinámica de una redacción? Las secciones de Deportes, o están en un rincón junto a los cubos de la basura, por supuesto apartadas de las secciones "de peso", o están integradas por "bárbaros", no periodistas.
La cuestión que tiene Deportes, sí, es que muchas veces estás viendo un partido y voceas porque han marcado un gol. O porque un ciclista ha ganado una etapa del Giro o Nadal ha ganado un Grand Slam. Hay ese componente troglodita. Pero luego todo eso lo tienes que transformar en un texto con cara y ojos. Y en ese momento el fanatismo se va fuera, y entra la cordura. Entra la reflexión y la capacidad de análisis. Creo que un redactor que es del Barça es tan fanático del fútbol o del Barça como un periodista que sea del PP y escriba del PP.
Sigamos con los clásicos. Los periodistas deportivos son los que peor escriben.
Eso es evidente que no es verdad. Y se ha demostrado con miles de casos de periodistas deportivos en España, que muchos de los mejores redactores están en Deportes. Ramon Besa es un ejemplo. Joanjo Pallàs. Gemma Herrero. Santi Segurola. John Carlin. Carlos Arribas. Orfeo Suárez. Tú mismo eres un ejemplo. Te podría decir muchísimos todo el tiempo. O pienso en Jordi Basté, que hoy es un pope del periodismo en radio, sale de Deportes. ¿Hay redactores en Política o en Internacional o en Cultura tan brillantes como los que cito?
La mala fama llegó para quedarse.
Eso viene de atrás. Ahora no es así. Los periodistas deportivos de ahora no son como los de épocas pasadas. Están mucho más documentados, han entendido que el género tiene que cambiar. No vale sólo con contar lo que has visto. Quien va a leer una crónica de un partido de fútbol, normalmente ya lo ha visto. Entonces, tú, como redactor, como cronista, tienes que contarle lo que no ha visto. E incorporarle una nueva opinión que refuerce, alimente o justifique al lector. Hace 30 años, cuando ibas a leer el partido del Barça no habías visto antes el partido. Como mucho el resumen en Estudio Estadio. Nada más. Era más fácil para el redactor de Deportes componer una crónica mucho más básica. Ahora no. Tus crónicas son interpretativas, y van mucho más allá de lo que ve alguien en el bar. Los prejuicios vienen, pues, de atrás. Pero no es así ahora.
Tú no querías ser periodista deportivo.
Yo soy licenciado en Derecho, y luego en Periodismo. Cuando empecé la carrera de periodista yo era atleta, y corría con el Barça y la universidad. Como con la universidad ganaba títulos, quedaba campeón de España universitario y demás, cuando pedí la beca para comenzar a hacer prácticas, desde la facultad me dijeron: 'Te vas a Deportes'. Pregunté, claro. ¿Por qué? 'Porque en Deportes tienes opciones', contestaron. Acepté a regañadientes. Yo creía que mi visión del mundo era mucho más amplia que simplemente la deportiva. Tenía 25 años. Ahora, claro, no lo veo así. Pero tenía el mismo prejuicio del que hablábamos. 'Si cualquiera puede hacer Deportes, ¿por qué yo? ¡Si tengo la carrera de Derecho! ¿Por qué?' Cuando comencé la beca de tres meses, los de la facultad acertaron. En La Vanguardia tenían a un becario y descubrieron algo. Un buen día, el jefe intentaba hablar con Fermín Cacho en 1995. Y no le contestaba el teléfono. Y aquel becario cogía el móvil, y Fermín se ponía. Se preguntaban, ¿por qué se le pone al teléfono? ¡Pues porque corría con él! Si hace 20 días estábamos compartiendo habitación en una concentración en Galicia. Y de la misma manera que tenía eso, también controlaba a los gimnastas, los nadadores... Yo no era consciente de mi potencial en Deportes viniendo de donde venía. Pero, claro, ahí lo clavaron.
No sería sencillo.
Los primeros cinco años, mucho fútbol, mucha cosa que no me convencía. Y seguía sintiendo ese prejuicio. 'Coño, quiero cosas más grandes', me decía. Y cuando tuve la oportunidad, me fui. Yo he dado la vuelta entera al diario, he trabajado en Sucesos, he hecho Política en Madrid, he cubierto el final de ETA, los atentados del 11-S, el desastre del Prestige, cuatro años de Economía y sus análisis de Bolsa... Hasta finalmente volver a Deportes en esta última etapa.
¿Análisis bursátiles?
Pues hacía tres al día, eh. Uno por la mañana, otro al mediodía, y otro por la tarde. Haber hecho todo este recorrido me ha reconfortado. Me ha permitido sacudirme los prejuicios, y darme cuenta de que no hay sección en la que tengas menos presión, más libertad para expresarte, y encima te diviertas tanto como en Deportes. En el colegio de mi hija, Julia, todos los niños y niñas de su clase quieren ser periodistas deportivos. Porque les dices que vas a Ronald Garros. O a unos Juegos Olímpicos. Y flipan. ¡Pero qué cabrón! Yo hubo una época en que tenía un prejuicio. Esta es mi tercera época en Deportes. Entre 2004 y 2008 también estuve. Pero hubo un tiempo en que sufrí una crisis, porque me iba a Ronald Garros y, ya la cuarta vez allí, pensaba: 'Otra vez Nadal, qué coñazo'.
La rutina siempre corrompe la realidad.
Cuando volví en 2015 a Ronald Garros, allí arriba, en la grada viendo la final, tuve una visión. Y me pregunté: '¿Cuánto está pagando esta gente aquí sentada por ver este partido en la Philippe Chatrier? ¿7.000 euros? ¿8.000?'. Y a mí me pagaban por estar ahí, en París, en junio, viendo jugar a Rafa Nadal, con quien iba a hablar después, y además iba a escribir la crónica. Y si me salía chula, me iban a aplaudir'. Mejóralo profesionalmente. Es imposible.
No nos damos cuenta de ser unos privilegiados.
Tú mismo me decías hace un rato que tenías que hacer la crónica del Inter-Milan de Champions. Pregunta a cualquiera qué tiene que hacer hoy. ¿Conducir el metro? ¿Cargar cajas? ¡Y tú tienes que hacer el Inter-Milan! ¡Si no hay mejor trabajo que éste! Cualquiera de los que preguntes verá ese Inter-Milan, pero antes habrá tenido que cargar cajas todo el día.
¿El periodista deportivo no lleva sus emociones también al límite?
Sí, pero vomitas todo eso en la crónica.

Tus perfiles destilan optimismo, incluso en las historias duras. Parece incluso contracultural en un tiempo en que se publicita la miseria y el drama.
En realidad no lo hago yo, lo hace el personaje. La mayoría de estas historias, el 60-70% del texto o más lo pone el entrevistado. Si él lo mira desde un punto de vista optimista, yo reflejo lo que cuenta. De todos modos, si te planteas las cosas desde un punto de vista optimista, consigues que el mundo sea mejor.
No escarbas en la miseria.
¿Tú crees? Yo creo que no dejo que el personaje se escape. Pero intento ser elegante. No dejo que el personaje, si me está contando una historia triste, deje de contarla. Lo que quizá condiciono más es la forma como quiero que me la cuente. Supongo que por mi forma de preguntar.
Quien escoge el titular eres tú. Y no apuestas por el dramatismo o el amarillismo, que ahora nos dicen que es los que mejor funciona.
No. Desde el principio que construí la sección quise que tuviera ese tono. Elegante. Que fuera agradable de leer, y no morbosa.
¿No te ha generado contradicciones si no se viralizan los temas?
No busco el click. En el momento en que nace esta sección no estamos tan sujetos a eso como ahora. Ya había una línea que he dedicido seguir hasta el final. Me he dado cuenta, además, de que haciéndolo así funciona.
Es una guerra aún por ganar, que las buenas historias no necesiten de un titular llamativo.
Totalmente. De todos modos, mis titulares están muy pensados. No están puestos de aquella manera. Lo primero que escribo, de hecho, es el titular. Esto lo aprendí cuando aprendí a dibujar. Con 35 años comencé clases de dibujo. Hubo un momento de mi vida en que me di cuenta de que llevaba mucho tiempo sin aprender nada, sin estudiar nada. Tenía mis carreras, pero no estaba estudiando. Primero decidí aprender a tocar un instrumento, la guitarra. No te daré un concierto, pero si me pongo a tocar la acústica o la española no molesto. Y luego, al cabo de un año, decidí que quería aprender también a dibujar.
¿A dibujar se llega a aprender?
Sin duda. Tenía la sensación de que me podía ser muy útil para escribir mejor. Cuando voy a clase por primera vez, tengo la sensación de que tengo mano para dibujar. Pero realmente no sé. El primer día el profesor me dijo: '¿Ves ese jarrón? Pues dibújalo'. Tenía dos horas y media para hacerlo. En cinco minutos lo tenía, aunque me pareciera una eternidad. Lo entregué. Al verlo, el profesor me dijo: 'Es muy bonito, pero no es el jarrón. Si te hubieras fijado bien, la base es más redonda, la cabeza es más fina y se abre; además no está en el centro, sino algo desplazado'. La semana siguiente volví. Y lo mismo. 'Dibuja el jarrón, pero tómatelo con calma'. Ya me estuve media hora. Cuando acabé, lo mismo: 'Más o menos está bien, has pillado algo la forma, pero tiene unas sombras no trabajadas...'. Al cabo de un mes me pasé las dos malditas horas y media de la clase dibujando una manzana a lápiz que no terminé. ¡No la terminé! Cuando aprendes a dibujar, aprendes a centrar. A crear un marco del que no te puedes salir. Como si hicieras una foto, que no cortas una oreja. Eso lo trasladé a la manera de escribir. Cuando escribo, abro la página, pongo el titular, el subtítulo, la cita de la sección, la foto y el pie. Si tengo tiempo, lo dejo ahí. A fuego lento. Le doy vueltas a la cabeza. Y cuando vuelva a la pieza y me ponga, el terreno de juego ya está marcado. Hay veces en que pongo el titular el lunes, y quizá el miércoles no estoy convencido y lo cambio. Pero sigo sin escribir el texto.
Tu estilo es muy marcado. Inicios con frases muy cortas. Diálogos. No hay aliento.
En otras secciones y en otros momentos de mi carrera me he llevado muchas collejas porque siempre quise escribir de una manera diferente. En general, en los medios de comunicación tendemos a hacerlo de una manera uniforme, sin salirnos del libro de estilo. Eso está muy bien, porque los medios tienen un estilo. Pero como todo en la vida, en la evolución de la especie humana, puedes incorporar elementos que hacen que las cosas vayan mejor. Tienes que ser rompedor muchas veces.
Es necesario agarrar al lector de la solapa.
¿Sabes cuánto tiempo pasa de media un lector en una pieza en todo el mundo? ¿Cuánto calculas?
Poquísimo. Menos de 30 segundos.
Cuatro segundos. Entran, leen el titular y salen. Si no lo enganchas ni por el título ni por la primera frase ese lector se larga. Todo eso lo he procesado y lo he convertido en una norma. Tengo que pillarte y no dejar que te vayas. Necesito una forma de titular identificativa. Luego te agarro con una frase cortita, muy pocas subordinadas, muy poco adjetivo, mucho diálogo, porque te mete dentro de la historia. Es una técnica. Va muy bien cuando lees en el teléfono móvil.
¿Te has sentido incomprendido?
Muchas veces, aunque no en Deportes. He tenido la fortuna de que Joanjo Pallàs, jefe de Deportes de La Vanguardia, me lo ha permitido. Pero me han cortado las alas muchas veces en mi vida. Siempre quise distinguirme por escribir de un modo diferente. Consideraba que si cada vez nos leen menos, y sigues haciendo lo mismo, y todos hacen lo mismo, tienes que reaccionar. Algo que permita que progresemos para que la gente vuelva a leer. Tienes que romper con la caída. Y Deportes te da esa creatividad.
El periodista deportivo puede ser más arriesgado.
Porque no nos jugamos nada. No puedes ser creativo en la explicación de un nuevo medicamento. En Economía, no puedes ser creativo cuando te están dando los datos del IPC. No vale. Y en Internacional, si das las cifras de un atentado en Afganistán, tampoco.
En Deportes se amontonan los escritores frustrados.
Y hay muchos escritores que son especialistas en Deportes. Fíjate en Sergi Pàmies o Vázquez Montalbán, magníficos redactores en Deportes. Y tantísimos más.
El fútbol se lo come todo. Tú por ahora te has quedado fuera de ese banquete.
En el libro, que son 70 personajes, el deporte que más sale es el atletismo. Era inevitable por mi pasión. Pero el segundo es el fútbol. Pero si he hecho más de 300 personajes en la sección, futbolistas o personajes relacionados con el fútbol quizá haya 15.
¿Es lo que te apetece?
Los futbolistas son muy complicados. Primero, llegar a ellos. He estado con Bolt. Con Phelps. Con Spitz.
Y no con Jordi Alba.
Ni podré. Aunque esté aquí al lado. Y con el fútbol femenino comienza a pasar lo mismo. Las entrevistas a futbolistas, en general, conllevan una complejidad extrema. Y tienen una prisa por irse que no deja de sorprenderme. ¿A dónde van? ¿Por qué tanta prisa? ¿Por qué tanto miedo a salir a campo abierto?
Algo tendrán que ver los nuevos intermediarios que ejercen de filtro.
Puede ser. Pero el futbolista en general, al tener tanta posibilidad de tener exposición, no lo valora. No valora lo que podría regalar. Y eso que lo tiene fácil. Cuando se ponen bien es cuando se retiran. Entonces es el momento. Entrevisté a Ruud Gullit y estuvimos una hora. Cuando estaba en activo, te aseguro que no hubiera sido posible.
Ni quizá explicara la mitad.
Claro. A ti te llama el Barça y te dice: 'Tienes una entrevista con Eric García'.
No pasará.
Pero la comprarías. ¿Y si te llama la Federación Catalana de Natación para ofrecerte una entrevista con Jessica Vall? Pues quizá uno dijera que no le viene bien.
Laura Ester, leyenda del waterpolo español, me citó en su día de fiesta y sin apenas haber dormido después de haber jugado en Belgrado. Impensable en el fútbol.
Porque en el fútbol les pagarán igual, y mantendrán también sus patrocinadores. No nos necesitan para que les paguen más. Al contrario, una entrevista les puede salir mal, depende de cómo titules o de si se relaja y habla demasiado y mete en un lío a un compañero o a un entrenador.
Sergio Heredia, en Barcelona.
Sergio Heredia, en Barcelona.GORKA LOINAZARABA

¿El pánico a la página en blanco es inevitable?
Ese miedo lo tienes, pero lo combates con tus propias herramientas. Yo uso técnicas para nunca quedarme en blanco en una crónica que tenga que escribir a contrarreloj.
Te enfrentas a la final de los 100 metros en unos Juegos Olímpicos, la última de la noche. No tienes tiempo para escribirla.
Cuando hay un acontecimiento de esa magnitud, uso una técnica: me concentro en el personaje principal de esa película. Gane o pierda.
Los perdedores están mal vistos.
Yendo a ver carreras de atletismo con mi hija aprendí mucho. Una vez le dije a mi esposa, Silvia, y a mi hija, que entonces tendría seis o siete años, que fuéramos a ver un mitin en Palafrugell. Nunca habían visto uno. A Julia le pregunté: '¿Con quien vas en esa carrera que va a comenzar?'. 'Con la de amarillo'. Bien. Pues yo con la de rojo. A partir de ahí, mi hija estaba metida en la carrera. Y esperaba a la siguiente. La de amarillo, la suya, había ganado. Tocaba mirar otra más. Ahora, con la del pelo largo. Ya está. Y con el lector pasa lo mismo. Da igual que gane o pierda. Lo que tengo que generar es interés. Y un personaje que sea el eje y que todo gire a su alrededor. Si es la final de 10.000 metros y está Mo Farah, hablaré de él, gane o pierda. Como te tenga que hablar de un etíope que gana en el último segundo al sprint, y no volverá a ganar nunca más porque es un one hit wonder, ¿de qué me sirve averiguar y contar la historia de ese tipo?
El periodista deportivo tiene mucho de fabulador. Y no se aparta del protagonista.
Para eso necesitas profundidad y conocimiento. Tampoco puedes mandar a cualquiera a Roland Garros. Ni a un Mundial de natación. Tienes que conocer a Caeleb Dressel o a Katie Ledecky y también su historia. Y ya empiezo a escribir sobre ellos antes de que empiece la carrera. Y si pierden, pues podrás hablar de lo increíble que ha sido la derrota. Y, al final, de la sudafricana que haya podido ganar.
El cuento siempre tiene que cerrarse.
Siempre es muy difícil de construir. Ahí es donde a veces te puedes tropezar. Cuando tienes 15 minutos para cerrar una pieza, y has escrito el 60% antes, luego lo tienes que encajar. Pero con oficio y técnica lo acabas haciendo. ¿Cuántas veces te has visto en un partido de Champions que tienes que cerrar cagando hostias y van 1-0 y acaban 1-2 con dos goles en los últimos siete minutos? No tienes que cambiar toda la crónica, sino la entradilla, el final y el titular.
Pero se sufre.
Yo que he practicado atletismo, donde el sufrimiento, la intensidad y el nerviosismo es tan grande, me he visto muchas veces a la salida de una carrera bostezando. ¿Y por qué bostezo? Tienes tanta tensión que el cuerpo reacciona a lo bestia. No es que te estés durmiendo, pero es una señal de que tienes que relajarte. Cuando llego a ese punto sé que esa carrera va a salir muy bien. Si voy a la salida pasando de todo, peligro. Lo mismo pasa cuando afrontas una crónica.
Poco más de un segundo te separó de correr en unos Juegos Olímpicos.
En 800 metros. Mis años para ir a los Juegos eran los de Barcelona 92, que tenía 22 años, y los de Atlanta 96. En Barcelona aún era un poco joven. Pero ya en 1989 había ido al Campeonato de Europa Junior, y ya era uno de los siete u ocho mejores de España absolutos siendo aún junior, categoría de la que era campeón nacional. Y campeón de Cataluña sénior, porque ganaba a los de 27 años. Estaba convencido de que llegaría a los Juegos del 92. Nos íbamos de concentración con la Federación Española. Recuerdo 15 días en Galicia con Fermín Cacho. Yo estaba estudiando Derecho. Y estar allí dos semanas fuera en Navidades... Aquello era Disneylandia. Era mi vida. Me entrenaba por la mañana y por la tarde, pero a mediodía y parte de la tarde estudiaba; y por las noches empollaba. No vivía como un profesional. Me entrenaba mucho y trabajaba mucho, pero no vivía como un profesional. Cuando me fui a aquella concentración y vi a Fermín Cacho, Andrés Díaz, gente muy potente de la época que participarían en los Juegos, y que eran felices entrenando por la mañana y por la tarde, pero durmiendo la siesta a mediodía y 10 horas por la noche... Hice eso durante 15 días, pero volví a mi vida normal. Ahí se abre una distancia porque mi vida como atleta no tenía nada que ver con la de ellos, que eran realmente profesionales. Iban al fisio, medían perfectamente lo que comían, lo que duermen... Durante su siesta, yo clavaba codos en la facultad. Siempre decía que era un profesional que cobraba como un amateur. Con 18 y 19 años yo peleaba con ellos. Hay un momento en que el talento suple el trabajo. Cuando eres pequeñajo aún no hay mucho trabajo. Y el que tiene mucho talento, pelea. Pero hay un momento en que eso se separa. Y quien tiene trabajo se empieza a distanciar. La consecuencia fue que en el año 92, Fermín Cacho estaba ganando el 1.500 en unos Juegos Olímpicos y yo lo estaba viendo por la tele. Y me di cuenta de que no llegaría. Aun así, insistí. Entrené fuerte. Pero nunca llegué a su nivel. Y me lesionaba mucho. Tenía fracturas de estrés, sobrecargas... No podía cargar porque me reventaba. En 1994 hice 1:48, marca que me acercaba al 1:46 con la que podía llegar a los Juegos. Ya en 1996, que hacía un año que había comenzado en La Vanguardia, todavía lo peleé.
Uno, dos segundos. Una vida en un pestañeo.
La diferencia entre tener un récord del mundo o no. Para que veas cuán pequeña es la diferencia como corredor, pero cuánto significa para lo que hay a tu alrededor. Después de que Cacho ganara en los JJOO de Barcelona, me invitan a una milla urbana en Castellón. Y vamos los 15 mejores corredores de mediofondo que había en España. Isaac Viciosa, Andrés Díaz, Manuel Pancorbo, Fermín Cacho... En la salida, yo sé que a Cacho le pagan 12.000 euros por cuatro minutos de carrera. A mí, 300. Incluía el transporte con mi coche, el hotel y la comida. En la salida, te dices: 'Si le gano, ¿qué coño hacemos?'. Porque tienes que pensar que vas a ganar. Y cuando empiezas a correr, no te gana de tanto. Vamos en bloque. Juntitos. Hay un momento, eso sí, en la penúltima recta, cuando ya vas con todo, que Cacho te toca. Tic. Se hace un hueco. Se hace grande como un gato. ¡Y fiu! Se te va. Y llega a la meta en carroza y repartiendo besos. Ahora entiendo la diferencia, aunque no te saquen tanto. ¡No era tanto! Pero al final te tienes que rendir. Y te pones a trabajar.
¿Eso lo arrastras?
Me hubiera gustado ser mejor atleta, que me entrevistaran y salir en los papeles por ganar cosas. Guardo en casa una entrevista a doble página que me hizo Atletismo Español, que era entonces la biblia del atletismo. Si reflexiono, quizá ese fuera uno de los motivos por los que no quisiera ser periodista deportivo. Era un deportista frustrado. ¿Tenía que escribir sobre ellos cuando lo que yo quería era estar ahí? Pero me ha permitido entenderlos. Tengo muy claro que, en cualquier deporte, el deportista no quiere perder. Otra cosa es que lo haga mal. Pero no quiere perder. A mí me pasaba.
Nadie normaliza la derrota.
El periodismo deportivo tiene un valor especial. La derrota la puedes contar, pero no elogiar. Y comprenderla.
¿Hay algo que te dé miedo?
No. Bueno, sí. Que me echen.

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