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De 159 infectados y 20 muertos a poco más de 10 casos y un fallecido: por qué el virus de la fiebre del Nilo Occidental se ha contenido este año

La enfermedad golpeó con fuerza el verano pasado. Este año, sin embargo, se han registrado 11 contagios humanos y un fallecido en Extremadura. ¿La clave? Prevención, inmunidad en aves y vigilancia

De 159 infectados y 20 muertos a poco más de 10 casos y un fallecido: por qué el virus de la fiebre del Nilo Occidental se ha contenido este año
GOGO LOBATO
Actualizado

Se quedó paralizada. No podía mover el brazo izquierdo y apenas el derecho cuando entró en el Hospital Virgen del Puerto Plasencia, Cáceres, en un estado de sopor, agitación y dificultad para respirar. Tres días después entraba en la UCI. Hoy, dos años más tarde, arrastra graves secuelas neurológicas y no tiene esperanzas de recuperación: alguna de sus neuronas motoras está muerta. Todo por la picadura de un mosquito.

Concha relata su testimonio en el grupo de Facebook de Lucha contra el virus del Nilo. La enfermedad que contrajo en 2023, tras pasar unos días en Cádiz y ser infectada. "Todos temieron por mi vida. No fallecí gracias a que era una mujer sana", escribe en el muro.

El culpable fue un pequeño mosquito. Pero no uno cualquiera. En el mundo existen más de 3.500 especies y sólo transmite el virus de la Fiebre del Nilo Occidental la familia Culex, con varios miembros: Culex perexiguus, Culex pipiens, Culex modestus y Culex laticinctus.

El insecto infectado se concentra sobre todo en Andalucía y Extremadura, aunque también se han detectado ejemplares en Castilla-La Mancha, Cataluña o la Comunidad Valenciana. Allí donde hay agua estancada y calor, el Culex encuentra su hábitat.

Para saber más

¿Dónde ha encontrado este año su ecosistema? En Extremadura. El Servicio Extremeño de Salud (SES) ha confirmado este martes el fallecimiento de un varón de 77 años y una mujer de 82 años a causa de la fiebre del Nilo Occidental.

Mientras, en 2024 el virus del Nilo Occidental golpeó con fuerza en Andalucía, con Sevilla como gran epicentro (103 contagios), seguida de otras provincias andaluzas como Jaén (4), Córdoba (4), Málaga (3), Cádiz (3) y Huelva (2). En Extremadura se notificaron 39 casos, repartidos entre Badajoz (32) y Cáceres (7), además de un caso en Toledo. El balance total ascendió a 159 infectados y 20 fallecidos.

De esos contagios, seis pasaron desapercibidos porque fueron asintomáticos, como ocurre en el 80% de los casos. El resto, 153, sí desarrollaron manifestaciones clínicas y, en 118 de ellos (un 83,7%), se trató de cuadros neurológicos graves como meningitis o encefalitis. Casi todos requirieron ingreso hospitalario: 145 hospitalizaciones, lo que supone el 95% de los pacientes con síntomas, con una estancia media de nueve días. La edad media de los infectados fue de 66 años, con un rango entre los 47 y los 77.

Este año, en cambio, el balance, hasta el momento, es distinto. La situación es mucho más contenida y geográficamente distinta: los contagios se concentran en Extremadura. Por lo que respecta a los infectados, el Ministerio de Sanidad ha confirmado un total de 11 casos de fiebre del Nilo Occidental en España, de los que diez se localizan en Extremadura y uno en la Comunidad Valenciana, en la provincia de Alicante.

No obstante, el SES detalla que ha habido 11 casos en la región, lo que supone una ligera diferencia respecto a los datos de Sanidad. Además, el organismo extremeño ha señalado que cuatro de los infectados permanecen ingresados en el Hospital de Don Benito-Villanueva. Asimismo, la Dirección General de Salud Pública y Ordenación Farmacéutica de la Junta de Andalucía ha declarado zona en vigilancia a la ciudad de Huelva tras confirmarse la circulación del Virus del Nilo Occidental (VNO) en mosquitos, por lo que podría haber más contagios en humanos las próximas semanas.

¿La difrencia entre años? La razón la explica Jordi Figuerola, investigador de la Estación Biológica de Doñana y líder del Grupo de Ecología y Evolución de Zoonosis en el CIBER de Epidemiología y Salud Pública: "No se decir lo que se ha hecho desde Extremadura, pero sé que en Andalucía se ha desarrollado un programa muy intenso de vigilancia y de control de tratamientos contra larvas de mosquitos y contra adultos de mosquitos que en muchos casos o en algunas zonas se han extendido durante el invierno".

La clave, como repite, está en la prevención: "Muchos ayuntamientos de las zonas afectadas no han dejado de trabajar en el control de mosquitos durante el invierno. La Diputación de Sevilla ha desarrollado un programa específico y la Junta de Andalucía mantiene campañas de vigilancia y de información a la población". Decisiones, como matiza, que han significado un gran cambio respecto a años anteriores.

Además, hay un factor que podría estar influyendo: el biológico. El brote hizo que muchas aves se infectaran y desarrollaran defensas frente al virus. Y como la fauna alada es el "depósito natural" de esta enfermedad (donde el virus vive y desde donde pasa al mosquito), la presencia de anticuerpos en ellas hace que el contagio se corte de raíz. "Es posible que esa inmunidad haya frenado al virus", apunta Figuerola.

¿DE DÓNDE NACE EL VIRUS?

El virus no nace en el mosquito. Su verdadero origen está en las aves. Los mosquitos se contagian al picarlas para conseguir su sangre. Después, cuando buscan más presas, transmiten la infección a humanos y a équidos, como los caballos. Ni las personas ni los caballos pueden contagiarse entre sí: sólo son víctimas colaterales de un ciclo que empieza y se mantiene en los pájaros.

La infección en humanos se produce casi siempre a través de la picadura de una hembra del género Culex. Pero no es la única vía: también puede ocurrir, aunque de forma excepcional, por una transfusión, un trasplante de órganos, transmisión de madre a hijo durante el embarazo o incluso por exposición accidental en un laboratorio.

En la mayoría de los casos, la enfermedad pasa desapercibida. Un 80% de los infectados no llega a presentar síntomas, y otro 19% apenas nota algo similar a un catarro: fiebre, dolor de cabeza, cansancio y a veces un exantema en la piel. "Es un cuadro banal, parecido a un catarro de verano, que se resuelve sin complicaciones", aclara José Miguel Cisneros, portavoz de la Sociedad Española de Enfermedades Infecciosas y Microbiología Clínica (Seimc) y también el doctor que atendió a los primeros pacientes en Sevilla.

El problema está en ese 1% restante: los que desarrollan una meningoencefalitis que puede dejar graves secuelas neurológicas, como las de Concha, o incluso provocar la muerte. Los ancianos y las personas inmunodeprimidas son quienes más riesgo padecen.

¿UN CATARRO O ALGO MÁS?

Concha comenzó no encontrándose bien, pero seguía haciendo su vida normal. "Empecé como con una sensación rara en la cabeza, tenía la mirada rara, me decían que hacía cosas raras con la boca... todo muy subjetivo", relata en el chat. Cuando se puso el termómetro tenía febrícula. El dato más importante, resalta, es que le temblaba muchísimo la mano izquierda.

El diagnóstico no es sencillo. Los síntomas se confunden con los de otras infecciones estivales, por lo que el contexto epidemiológico, como la alarma que ha lanzado la Junta, es clave. "Si un paciente llega con fiebre, dolor de cabeza o alteraciones neurológicas y procede de una zona donde circula el virus, se activa la sospecha en el hospital", aclara Cisneros.

En esos casos, los médicos solicitan análisis específicos en sangre, orina e incluso líquido cefalorraquídeo cuando hay signos de afectación neurológica. Son las pruebas microbiológicas las que confirman la presencia del VNO y permiten dar el paso de sospecha a caso confirmado.

Cuando se confirma, sólo cabe tener paciencia y esperar a la recuperación. "Es una enfermedad sin tratamiento curativo ni vacuna en humanos. En caballos sí existe tratamiento, pero en personas solo podemos ofrecer cuidados de soporte y esperar a que el organismo supere la infección", precisa Cisneros.

Algunas personas, como Concha, se quedan con secuelas neurológicas. Los brazos no le funcionan y necesita ayuda para todo. "Me he vuelto una mujer totalmente dependiente", lamenta, al tiempo que añade: "No he oído en ningún sitio la gravedad de los problemas neurológicos que deja esta enfermedad. He ido a varios neurólogos y no tenían ni idea de ella".

DE SEVILLA A MEDIA PENÍNSULA

El caso de Concha, ocurrido en 2023, es la cara más visible de una enfermedad que en realidad lleva dos décadas abriéndose paso en España. Su irrupción no es nueva: la fiebre del Nilo Occidental, -o West Nile, en su denominación internacional-, es un patógeno emergente en Europa. En España se detectó por primera vez en 2003, en un caso retrospectivo, y durante años solo provocó contagios esporádicos. Todo cambió en 2020.

Ese año, con la pandemia aún marcando el pulso del país, un diagnóstico en el Hospital Virgen del Rocío de Sevilla, en el que trabaja Cisneros, encendió una alerta que prácticamente pasó desapercibida, aunque era el brote más importante registrado hasta la fecha: se contabilizaron ocho muertes y 77 casos graves de meningoencefalitis provocada por la infección en las provincias de Sevilla, Cádiz y Badajoz.

Lejos de ser un episodio aislado, aquello abrió una secuencia de focos que ya no se ha detenido. En 2021, Sevilla notificó seis nuevas infecciones. Un año después, el virus saltó por primera vez fuera del sur peninsular, con dos casos en Tarragona y otros dos en Andalucía. En 2023, el mapa se amplió todavía más: 15 en Extremadura, pero también positivos en Valencia, Barcelona, Toledo, Sevilla y Huelva. Y 2024 fue el récord.

Que no cunda el pánico. Las cifras, aunque llamativas, no son enormes. Ni siquiera las de 2024. Al menos no si se comparan con las de otras enfermedades mucho más conocidas y también endémicas. Solo un ejemplo: en América se registraron 12,6 millones de casos de dengue en 2024. Una cifra que dista muchísimo de los casos de VNO en España en el mismo período.

Lo inquietante de las transmisiones en España es precisamente que se han producido aquí, no vienen de fuera. No se habla de contagios importados, sino de transmisión local. Y eso es lo que convierte cada positivo en una señal de alarma: la constatación de que lo que hasta hace poco se veía como una enfermedad lejana, ya está en territorio peninsular.

TRES DESAFÍOS PENDIENTES

Aunque no sea señal de alarma, no significa que no se presenten desafíos. El primero es la ausencia de una vacuna en humanos. Se han ensayado varios prototipos, algunos en España, como el que lidera el investigador Jorge Carrillo en IrsiCaixa, pero ninguno ha superado todavía las fases iniciales. Su aplicación tardará años. "Invertir en investigación es esencial, porque hablamos de la arbovirosis más extendida del mundo", recuerda el portavoz de la Seimc.

El segundo desafío es de carácter estructural: España es el único país europeo sin la especialidad de Enfermedades Infecciosas. Los médicos llevan años reclamándola. "Es una contradicción inexplicable", denuncia Cisneros. "Tenemos servicios completos en hospitales como La Paz, Ramón y Cajal o Virgen del Rocío, pero no existe la formación reglada de especialistas en infecciosas. Con enfermedades emergentes como el virus del Nilo o la resistencia a los antibióticos, es una carencia muy grave".

El tercero tiene que ver con la tendencia global. En Estados Unidos, donde el virus llegó en 1999 a través de Nueva York, sólo tres estados permanecen libres y cada año se notifican miles de casos graves. En Europa, además de España, se han registrado brotes importantes en países mediterráneos. Por ejemplo, este verano, ocho personas han fallecido en Italia.

El problema es que el vector (el mosquito que transmite la enfermedad) ya está presente en todo el territorio español. Y con esa base, los expertos advierten de que la expansión hacia nuevas zonas es cuestión de tiempo. En una revisión bibliográfica, en la que colaboran equipos del CIBER de Epidemiología y Salud Pública (CIBERESP) del ISCIII, la Estación Biológica de Doñana (CSIC) y el Centro de Salud Internacional del Ayuntamiento de Madrid, se concluye que el cambio climático -con inviernos más suaves y veranos más largos- sólo facilitará el avance del VNO.

Por todo ello, la calma actual tampoco debe interpretarse como la victoria definitiva. Que 2025 transcurra sin casos es un triunfo de la prevención y de la vigilancia, pero también un aviso: el virus no ha desaparecido, solo se mantiene a raya.