Romper los techos de cristal no es una cuestión de ego, «sino de responsabilidad sistémica». La cardióloga Barbara Casadei (Italia, 1959) no asume el superficial discurso de la brecha de género y va más allá. «Los obstáculos para las mujeres y otras minorías en posiciones de liderazgo son el paternalismo y la idea de que la falta de representación significa que no son lo suficientemente buenas, en lugar de reconocer la discriminación», sostiene.
En cada paso que ha dado desde que salió de su Italia natal hace 37 años para instalarse en Reino Unido ha dejado huella. «Ser los primeros en las posiciones de liderazgo abre el camino para otros». No solo para ellas. Y todo empezó siendo la primera persona de su familia que fue a la universidad. Con más de 35 años de experiencia, Casadei es reconocida como una de las voces más influyentes en su campo, habiendo recibido la Medalla de Oro de la Sociedad Europea de Cardiología y la Medalla Mackenzie de la Sociedad Británica Cardiovascular.
La trayectoria de Casadei es una sucesión de hitos que han abierto camino a las generaciones venideras. Graduada en la Universidad de Pavía, se trasladó a Oxford en 1989, donde construyó una carrera de investigación que abarca desde la biología del miocardio hasta ensayos clínicos a gran escala.
En 2016, hizo historia al convertirse en la primera mujer elegida presidenta de la Sociedad Europea de Cardiología (ESC) desde su fundación en 1950. Durante su mandato, no solo gestionó la institución, sino que creó estructuras duraderas como el Foro Europeo de Pacientes Cardiovasculares y la iniciativa Women in the ESC (WinESC).
Rechaza la idea de que la falta de representación femenina en determinados puestos sea una cuestión de falta de capacidad. Por el contrario, sostiene que es el resultado de una discriminación histórica que se asume: «Creen que si nunca ha habido una mujer en ese puesto es porque no son lo suficientemente buenas». Su filosofía de liderazgo es pragmática: «Ocupar estos espacios sirve, ante todo, para abrir el camino a quienes vienen detrás, eliminando la percepción de que ciertos cargos son feudos inalcanzables».
Quizás en ella confluyen una figura de primer orden en la medicina cardiovascular contemporánea y una líder que redefine el compromiso social desde el rigor académico más estricto. Actualmente, es directora del National Heart and Lung Institute (NHLI) en el Imperial College de Londres, catedrática de Medicina Cardiovascular de la British Heart Foundation y consultora honoraria en cardiología.
Su reciente nombramiento como editora jefe de JAMA Cardiology (es la primera redactora jefe de las 13 revistas de la red Journal of the American Medical Association que reside fuera de EEUU), tras una exitosa trayectoria en instituciones de élite como la Universidad de Oxford, refuerza una carrera marcada por la excelencia investigadora y una voluntad inquebrantable de transformar la práctica médica global.
Todo esto hace que Casadei rechace de forma frontal lo que denomina «propaganda» o discursos fáciles en la promoción de la igualdad, diversidad e inclusión. No se suma a los eslóganes vacíos y se reafirma en ello: «Sé que esto no se ajusta al discurso actual y es contrario a muchas corrientes». Ella lo defiende con un enfoque estrictamente científico y crítico con las narrativas que, bajo la apariencia de defender a las mujeres, pueden terminar perjudicándolas clínicamente.
Un ejemplo claro lo hallamos en su postura sobre la inclusión de las mujeres en los ensayos clínicos. Casadei advierte del peligro de repetir el mantra «las mujeres son diferentes» sin un análisis estadístico riguroso. Explica que, en estudios de prevención secundaria (como los ataques cardíacos), las mujeres suelen estar menos representadas porque estos eventos ocurren a edades más avanzadas que en los hombres. Al analizar los datos, el menor número de mujeres a menudo impide alcanzar una significación estadística clara, aunque el beneficio del fármaco sea idéntico al de los hombres.
Casadei cita el caso de las estatinas: «Si tomas un metaanálisis del tratamiento con estatinas, la estimación del beneficio es la misma en hombres que en mujeres; sin embargo, al ser el número de mujeres menor, no alcanza la significación estadística». Esto ha llevado a que muchos médicos les nieguen el tratamiento bajo la excusa de que «no hay evidencia clara en mujeres». Para ella, este discurso de la «diferencia» ha sido perjudicial. Su propuesta es invertir la carga de la prueba: si algo funciona en hombres, «debes demostrar que no lo hace en la población femenina antes de privarlas de ello».
En su editorial para JAMA Cardiology, considerado su declaración de intenciones, Casadei expande esta visión hacia un plano internacional. Habiendo desarrollado su vida profesional en universidades «orientadas al exterior» y profundamente internacionales, sostiene que el amor por la ciencia, por encima de opiniones parroquiales o sesgadas, es lo que permite convertir la diversidad en un «motor formidable para el progreso».
Su ambición para la revista es convertirla en un espacio de encuentro global que hable de las aspiraciones de una comunidad diversa, pero con un enfoque especial en los más desfavorecidos. Casadei señala como un fracaso del sistema que los grupos sociales y étnicos con menores recursos sigan sufriendo «tasas inaceptablemente altas de muertes prematuras por enfermedades cardiovasculares prevenibles». Por ello, hace un llamamiento a reimaginar y probar métodos innovadores «para construir confianza en estas comunidades, asegurando que la medicina basada en la evidencia no sea un privilegio de clase o geografía».
Herramientas de futuro, pero con ética
Como líder de vanguardia, Casadei abraza la llegada de la Inteligencia Artificial (IA), comparando a quienes muestran rechazo a esta tecnología con «querer volver a las velas en lugar de usar electricidad». Reconoce que, de momento, «en especialidades de imagen como la Radiología o la Dermatología, la IA ya es capaz de ofrecer análisis superiores a los de un médico humano».
En Cardiología, la experta destaca la capacidad de los algoritmos para «detectar sutilezas en las pruebas del electrocardiograma que el ojo humano no percibe, permitiendo predecir insuficiencias ventriculares y eventos futuros con gran precisión».
Sin embargo, su entusiasmo se modera cuando habla de las necesidades de una vigilancia ética constante sobre los sesgos de datos. Advierte que si los algoritmos se entrenan mayoritariamente con poblaciones caucásicas, los resultados serán inexactos para personas negras o de otras etnias. «Un programa diseñado para detectar un melanoma en noruegos no puede usarse en África», afirma con rotundidad. Su objetivo es estrechar la brecha entre los clínicos y los científicos de datos para asegurar que la IA sea una herramienta de equidad y no de exclusión. Incluso ve a la IA como un «colaborador» científico capaz de sugerir qué experimentos realizar para validar o negar una hipótesis.
¿Por qué cardiología?
La elección de su especialidad refleja su carácter pragmático y orientado a la resolución de problemas. Durante sus años de estudiante, Casadei se sintió atraída por la Neurología, pero la abandonó al darse cuenta de que, por aquel entonces, se limitaba al diagnóstico sin ofrecer soluciones terapéuticas. «Quería no solo ser buena haciendo un diagnóstico, sino poder decir: ahora hacemos esto», explica.
Ese cambio coincidió con lo que ella llama la «revolución de la Cardiología», un periodo marcado por la aparición de los inhibidores de la ECA (los medicamentos hipertensivos) y los tratamientos trombolíticos. A Oxford llegó para formarse con el profesor Peter Sleight, toda una autoridad en Cardiología y Fisiología cardiovascular. La idea de formarse durante seis meses se convirtió en una estancia hasta hoy. «En 1989, me subí a mi pequeño coche, con una maleta y el sistema de alta fidelidad que había comprado con mi primer sueldo, y nunca volví a Italia».
Hoy, observa un dinamismo similar en la Oncología y en las nuevas terapias genéticas que permiten trasladar los descubrimientos del laboratorio a la cama del paciente en tiempo récord, lo cual considera «emocionante» para las nuevas generaciones.
Prevenir para no tener que curar
Para Casadei, el futuro de la medicina no reside en construir más quirófanos, sino en transformar los «sistemas de enfermedad» en verdaderos «sistemas de salud». Critica que, en países como Reino Unido, se hable de Servicio Nacional de Salud cuando en realidad lo que se gestiona es la «enfermedad».
-En la actualidad, se habla de la amenaza del estrés, la contaminación, la dieta... ¿cuál es el factor determinante que más impacta en la salud cardiovascular?
-La dieta, el estrés y la contaminación son importantes. Pero nos resulta bastante difícil técnicamente cuantificarlo. Mientras que con el tabaco sí: puedo decirte que si fumas, pierdes tantos años de vida. No puedo hacer lo mismo sobre los tres primeros. Eso no les resta importancia, pero debemos tener los datos que nos permitan conocer el detalle de su impacto.
Su visión de la prevención es integral y política, centrada en combatir el que considera el mayor enemigo actual: «La obesidad, que afecta ya a más de 800 millones de personas y está aplanando la curva de reducción de mortalidad de la última década».
Esto empaña hitos ya logrados. «Si nos fijamos en los últimos 50 años, hemos reducido la mortalidad vascular prematura del 35% al 5%». Por eso confía en que los mensajes lleguen a la población, aunque apunta que se requieren políticas públicas que los acompañen, porque los determinantes sociales son clave. Y aquí no duda en sostener que el sistema ha fallado al permitir que la «comida basura» sea más barata, sabrosa y accesible que la saludable.
«Como especie, tenemos dificultades para posponer la gratificación inmediata», reflexiona, explicando por qué preferimos sentirnos bien ahora con comida insana que esperar meses para ver los resultados de una dieta.
Por ello, aboga por intervenciones gubernamentales firmes: tasas al azúcar, subsidios para comida saludable y políticas de salud pública que ayuden al individuo donde su voluntad flaquea. Cita el ejemplo de México como un país que, ante un problema de obesidad horrendo, está logrando efectos positivos mediante intervenciones estatales.
En nuestro país también tenemos ejemplos incipientes que buscan ese impacto desde la infancia y en la población más vulnerable: como el Real Decreto de los comedores de los centros escolares para el que consumo diario de frutas y verduras frescas aumente, ofrezcan más pescado y legumbres, y eliminen las bebidas azucaradas, así como el futuro texto para que hospitales y residencias de mayores también implementen una alimentación saludable alejada de los ultraprocesados.
Casadei vislumbra un cambio de paradigma en el tratamiento de los factores de riesgo mediante la terapia de ARN y la edición genética (CRISPR). Imagina un futuro cercano donde «una inyección de ARN de interferencia cada seis meses o una vez al año pueda controlar la presión arterial o los lípidos».
A través de estos logros se transformaría la prevención en algo parecido a una «vacunación» masiva, «eliminando la necesidad de la adherencia diaria a múltiples pastillas y permitiendo su aplicación a nivel poblacional sin depender de la infraestructura cardiológica tradicional».
Incluso menciona la posibilidad de editar el gen PCSK9 «para tratar la hiperlipidemia o abordar enfermedades cardíacas hereditarias, como las miocardiopatías, que actualmente solo se manejan, pero no se curan». Esta innovación, según la cardióloga, es «el camino para mejorar la calidad de vida de cientos de millones de personas en todo el mundo».
Casadei representa una nueva forma de liderazgo: uno que combina la excelencia investigadora con una honestidad intelectual que rehúye lo políticamente correcto si no está respaldado por los datos.
Su lucha por la igualdad no se basa en cuotas, sino en la convicción de que «una ciencia más diversa, honesta y accesible es la única vía para cumplir el fin último de la medicina: el amor por la humanidad». Para ello deja un mensaje de esperanza: «Ser la primera para que nadie más tenga que ser la única».


