CRÓNICA
Francia

Jean Pierre, el imitador del monstruo de Mazan; Romain, el enfermo de VIH, y los otros 48 violadores de Gisèle

Un periodista, un bombero, un camarero, un militar o un electricista. El retablo de acusados de la segunda semana del juicio por la violación de la francesa Gisèle Pélicot

La ilustración de una de las sesiones del juicio que conmociona a Francia. Con Jean Pierre, al centro.
La ilustración de una de las sesiones del juicio que conmociona a Francia. Con Jean Pierre, al centro.Benoit PeyrucqAFP
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Son 50 y el maestro de orquesta. Se definen como libertinos o transgresores, querían probar cosas nuevas o ejecutar algunas de sus fantasías. No tienen patologías mentales, su capacidad de ver la realidad no está alterada: saben lo que está bien y lo que está mal. Son bombero, camionero, periodista, enfermero, dependiente de tienda, repartidor, jubilado, parado, informático, obrero, jardinero, militar, electricista... Son Jean Luc, Patrice, Nicolas, Romain, Philippe, Cyril, Joan, Thierry, Lionel, Jacques, Charly... Tienen 26, 39, 30, 40, 69, 72...

Se ha dicho de ellos que eran tipos normales, "hombres cualquiera", porque estaban integrados en la sociedad, tenían trabajos, familias e hijos. Pero en realidad no lo son. Son hombres disfuncionales con vidas corrientes y extraordinarias a la vez. Muchos vienen de familias desestructuradas, son alcohólicos o adictos al porno, tienen problemas de comportamiento: son impulsivos, incapaces de empatizar o mostrar emociones. Algunos sufrieron abusos sexuales o físicos cuando eran niños, tuvieron padres violentos o ausentes, madres sobrepasadas o sumisas.

Un ejemplo de ello es Jean Pierre: conductor en una cooperativa agrícola, padre de cinco hijos y al que su mujer define como "un hombre maravilloso, protector, trabajador y buen marido". No había roto un plato. Se crio en una granja con sus diez hermanos, entre calamidades, y sufrió violencia sexual y física por parte de su padre. Tenía "una sexualidad inhibida", según su psiquiatra. Empezó mirando páginas porno y acabó sedando a su mujer para que otro hombre fuera a su casa a violarla. Como él dio el permiso, no cree que hubiera abuso. Está acusado de delito de violación agravada.

Uno de los acusados se tapa la cara
Uno de los acusados se tapa la caraAFP

Está Lionel, casado y con tres hijos, el menor de seis años. Llevaba una "vida normal" hasta que empezó a tener problemas con el alcohol, le detuvieron por robo y perdió el trabajo. No se sabe qué vino antes, pero una cosa retroalimentó la otra y se fue hundiendo cada vez más en el pozo. A la bebida, Lionel añadió otra adicción: el porno. Acabó en un juzgado por visualizar vídeos sexuales delante de menores. Está acusado de violación.

Tenemos a Christian, 58 años, fue hijo único y, a diferencia de los mencionados, se crio entre algodones. Casado y con dos hijos, empezó a frecuentar páginas porno. Lo hacía "en horas de trabajo" para que su mujer no le pillara. Tenía relaciones extramatrimoniales con parejas. Está acusado de violación. Acudía a sus encuentros sexuales con el uniforme de bombero.

Redouan es enfermero, está casado y tenía un proceso de adopción en curso. Se definía como "libertino" y a veces se iba de prostitutas. Dice que tenía una vida conyugal y sexual "sin particularidades". Está acusado de violación. Dice ser víctima de una "caza de brujas".

Caso especial es el de Romain, 60 años. Sufrió abusos sexuales cuando era un niño. Su psiquiatra le define como borderline (trastorno que define a las personas inestables e intensas, con emociones extremas e impulsivas), narcisista, perverso y obsesionado con llamar la atención. Es seropositivo. Se le acusa de seis violaciones. Nunca usó preservativo.

El marido de la víctima, Dominique Pélicot
El marido de la víctima, Dominique PélicotAFP

Charly tiene 30 años y vivía con su madre. No tenía antecedentes y los psiquiatras dicen que su personalidad "está estructurada y orientada hacia el otro y con dependencia al otro". No es antisocial ni psicópata y tiene "una tendencia a privilegiar las necesidades del otro antes que las suyas". "Presenta una gran sensibilidad al sufrimiento del otro". Sin embargo, y a pesar de todo lo mencionado, está acusado de haber violado a una mujer inconsciente. Seis veces.

Este es el breve esbozo de las historias de sólo cinco de los 50 hombres acusados de violar una o varias veces a Gisèle Pélicot, mujer de 70 años a la que su marido, Dominique Pélicot, drogó durante diez para que todos ellos la violaran mientras estaba inconsciente. A veces lo hacían varios a la vez, incluido su esposo. Él es el principal acusado de este caso, bautizado como el de las violaciones de Mazan (nombre del pueblo donde vivía la pareja) o caso Pélicot.

De los 50 encausados, hay 16 que han admitido que eran conscientes de que Gisèle Pélicot estaba drogada y no había consentimiento por su parte. Hay otros 35 que no han reconocido los hechos. Dicen haber caído en una trampa del marido, creían que era un juego sexual de la pareja. Otro de los argumentos es que lo que hicieron no es un delito porque sí había consentimiento: el de Pélicot. Dicho de otra manera, el marido era el responsable del cuerpo de su mujer. "Es su mujer, él hace lo que quiere con ella", ilustró durante los interrogatorios uno de los acusados, Joan, 26 años, militar.

Esta curiosa concepción de la noción de consentimiento, así como el concepto difuso que tienen de la palabra "libertinaje", les ha llevado al banquillo: se enfrentan a 20 años de cárcel por violación con agravante o violación en reunión. Los que admiten que violaron a Gisèle, también. Hay identificados 50, pero eran muchos más: se calcula que unos 80. La policía los ha localizado por los vídeos que Pélicot grabó y tuvo el detalle de etiquetar escrupulosamente, con las fechas y los nombres o apodos de sus invitados. Son unos 2.000 archivos. Tuvo, además, el gesto de hacer primeros planos, para facilitar así la labor de los investigadores.

La mayoría, a excepción de uno que está huido y otro hospitalizado, llevan ocho días de juicio en la misma sala en la que Giséle Pélicot escucha lo que le hicieron mientras dormía, durante diez años, todos esos desconocidos. Los hay que escuchan atentamente. Los hay que nunca levantan la cabeza, los hay con la mirada perdida. Cuando el psiquiatra está describiendo su personalidad, Lionel R. agacha la cabeza, como si se avergonzara.

Cuando su mujer empieza a declarar, Jean Pierre tiene la mirada perdida. Ella no para de llorar, no se explica cómo su marido pudo drogarla para que Pélicot la violara. No entiende nada y así lo expresa, desconsolada. A medida que ella habla, él va agachando la cabeza, al final la apoya en la mano. Cuando ella acaba su testimonio mirando a la zona acristalada donde él está bajo custodia policial y le increpa, él se seca las lágrimas. A diferencia de los otros, él no quiso violar a Gisèle Pélicot, pero sí drogó a la suya para que lo hiciera este último. Él no cree que fuera así porque él había dado el consentimiento. «Lo peor para mi defendido es haber perdido a su familia», dijo su abogado después.

La mayoría rondan los 40-55, pero hay un puñado más jóvenes, como Joan, el militar, tiene 26 años, que empezó negando los hechos y se inventó una historia hasta que la policía le puso los vídeos en los que se le ve violando a Gisèle. El veterano de este selecto grupo es Jean Marc, 74 años, jubilado y al que Pélicot definía en sus archivos como "el amante de las bragas".

Mohamed, 58 años, con varias condenas encima, no logró culminar su objetivo porque, dijo textual, "es como hacer el amor con un cadáver". Violó a su propia hija cuando está no había cumplido los 15 y tiene impulsos suicidas. Su madre le pegaba y él maltrataba a su mujer. Se casó varias veces y sufrió la pérdida de uno de sus hijos en "circunstancias extrañas". Una de sus exmujeres es toxicómana. Sus psiquiatras ven complicada su reinserción.

Jérôme, 46 años, dependiente en una tienda y padre de tres hijos, se acababa de separar y violó seis veces a Gisèle Pélicot, consciente de que se trataba de una violación, porque, al estar en confinamiento, era "la única manera de tener relaciones sexuales". Fue seis veces, una de ellas en Navidad, cuando el matrimonio estaba en casa de su hija. En la descripción de los vídeos en los que se identifica, se le oye llamar "puta" a la mujer inconsciente.

En estos hombres aparentemente tan banales hay justificaciones extraordinarias. Por ejemplo la de Ludovick, 39 años y dependiente en una tienda, que se justifica en los interrogatorios: "La gente hace cosas raras". Se considera a sí mismo un "daño colateral" de las fechorías de Pélicot. Hugues, 39 años y padre de dos niñas, justifica su desliz en la casa de los Pélicot por una adicción a "la búsqueda frenética de relaciones sexuales", que atribuye a su vez a un accidente de tráfico que tuvo hace años y le traumatizó.

Muchos de ellos están desgastados, se nota que han llevado mala vida. Otros lucen un aspecto aseado, respetable, y hay un puñado que, al menos en apariencia, nunca habrían tenido problemas para tener encuentros con mujeres si en lugar de frecuentar páginas porno se hubieran inscrito en una aplicación de citas banal.

Hay algunos que, desde que empezó el juicio, llevan gorra, mascarilla, gafas de sol y capucha: todo aquello susceptible de tapar su rostro, aunque la gran mayoría da la cara. En la sala de audiencia hay una decena que sigue el juicio desde una zona blindada, son los que están en prisión, ya han sido condenados o han tenido una mayor participación en el caso.

EL PUÑO EN ALTO como resistencia

En la pecera de los privilegiados están los principales acusados, Pélicot y el que intentó seguir sus pasos (Jean Pierre), entre ellos. En las filas de delante de la sala se sienta, siempre a cara descubierta, Nicolas, periodista de 42 años que tuvo siempre (según describe su entorno y los psiquiatras) "una relación muy respetuosa con las mujeres". En su ordenador la policía encontró miles de imágenes pedófilas.

Hay casos que sorprenden hasta a los propios expertos, como el de Patrice, con pasado impecable, sin antecedentes y al que los psiquiatras describen como una persona "en absoluto falta de empatía, ni fría emocionalmente, ni impulsiva ni agresiva". Tampoco perverso. También está Joseph, el único que no está acusado de violación, sino de agresión sexual. Cuando llegó a casa de Pélicot, se encontró con que, además del anfitrión, había otro hombre en la sala. No consiguió excitarse porque "se encontraba incómodo", y dudó de que el acto fuera consentido y se marchó.

Giselle Pélicot
Giselle PélicotAFP

Entre los acusados se percibe cierta sororidad. Esa misma que hizo que ninguno, ni siquiera los que sospecharon que lo que estaba pasando no era normal, como Joseph, llamase a la policía. "Una llamada, una sola, de alguno de ellos me habría salvado. Ninguno lo hizo", dijo Gisèle Pélicot la semana pasada en el juicio.

Hay grupos en los que se percibe que hay casi hasta complicidad. En los recesos hablan entre ellos, hay grupos que salen a comer juntos (los que están en libertad). Tras una de las audiencias de la semana, uno de los detenidos, los de la sala, miró a los que están en la zona acristalada y levantó el puño hacia arriba mirando al resto, haciendo como una señal de resistencia. La sororidad criminal de 50 hombres normales.