«¡¡Eh, eh, eh...¡¡¡No!! ¡¡Se acabó, se acabó, se acabó!!» D. se desgañita agitando los brazos manchados de barro para proteger al rey Felipe de los improperios que un grupo de perjudicados por el tsunami del 29 de octubre, le lanzan; alguno, empuñando un paraguas negro. Lleva una llamativa sudadera amarillo mostaza. Felipe VI avanza con el gesto serio y la protección de los guardias civiles que le rodean parece insuficiente. D. y una mujer aplacan al grupo. Él lo hace con ese «¡No!» y ese agitar de brazos pegado al monarca frente a las personas que le gritan mientras prosigue la marcha.
Es la mañana del 3 de noviembre en Paiporta, a los reyes les quedan muchos reproches, muchas explicaciones que dar y muchos golpes de barro por soportar. Los ciudadanos de los pueblos afectados llevan cinco días ya sin recibir ayuda de la Administración, velando a sus muertos y buscando solos a sus desaparecidos. Desamparados, excepto por los voluntarios. El presidente Sánchez hace ya un rato que ha abandonado el lugar después de que alguien le haya lanzado un palo y los responsables de su protección le hayan comunicado que lo más seguro es evacuar. En el traslado, un grupo de indignados le insulta, le lanza barro y golpea el vehículo de los escoltas que acabará con la luna trasera y lateral destrozadas. D. es también una de esas personas acusada de haber golpeado, presuntamente, uno de los coches de la comitiva de Sánchez antes de recuperar el sosiego.
Dos días después, cuando las calles siguen anegadas de barro y la localidad continúa aislada, sin ayuda del Estado, sin agua y sin luz, hasta cinco guardias civiles se presentan en la casa de D. y en la de su hermano gemelo y los detienen a ambos en un despliegue considerado desproporcionado, y más en esas circunstancias, incluso por los propios agentes. Son expertos en terrorismo y el ministerio del Interior ha ordenado que sean reforzados desde Madrid por la UCE3. Ya en el cuartel de Bétera, D. tendrá que aclarar a los agentes que se han confundido por el parecido, que su hermano no estuvo en el lugar. Los actos están siendo calificados por la Fiscalía como atentado contra la autoridad y disturbios, unos delitos que podrían suponer siete años de prisión. Su abogado defiende que D. no incurrió en infracción penal alguna y que, en todo caso, habría cometido un delito leve.
«Yo reconozco que lo que hice no está bien, no tiene perdón y me arrepiento. Si no me quedan lágrimas...», asegura D., quien recuerda haber lanzado una bola de barro y haberle dado un empellón al coche. Su relato a Crónica es vehemente y desesperado. Son varias las ocasiones a lo largo de la conversación en las que por muy poco no se pone a llorar. No porque quiera dar pena. Al contrario. Eso le fastidia. Sino porque presenta síntomas de estrés postraumático y requiere de tratamiento. Desde aquella noche de la DANA, ha perdido peso de forma notable, su rostro casi está irreconocible y su preocupación transita entre los recuerdos de los que no logra zafarse en los que la gente desaparece a su lado engullida por las aguas mientras grita de terror y el miedo a lo que pueda pasarle en el juzgado.
Hay un momento inevitable en el que su mente regresa a la tarde del 29 de octubre, el momento en el que él se encontraba en una especie de atasco bajo uno de los puentes que comunica Picanya con Torrent, sobrepasada la llamada rotonda de los conejos frente al parque de bomberos. Empezó a subir el agua y en diez minutos aquello era un infierno. Así lo ha contado a Crónica y al juez. «Había una mujer embarazada que no podía maniobrar con facilidad... ¿Alguna vez has tirado una bolita de papel al inodoro y después has tirado de la cadena? Pues esto era lo mismo. Los coches eran como de papel. Había gente subida en los capós y el coche se daba la vuelta y ellos no salían ya a la superficie, se quedaban en el agua.
Yo entré dos veces. Entonces el agua me llegaba a la cintura. En una saqué a un hombre agarrándome a un quitamiedos y en la otra a un matrimonio. Algunos estaban en shock dentro de sus coches, no se movían. Llamé a mi hermano por teléfono para que supiera dónde estaba y él me decía: '¡Vete a casa!, ¡vete!' Lo que quiero es que miren, por favor, esa llamada para que vean que es verdad. Y yo le respondía: '¡Pero cómo me voy a ir! ¡Yo doy un salto y puedo llegar arriba, pero esta gente...! Había un hombre con un crío que llevaba un caballito... Arranqué una escalera que había en la baca de un coche y la pusimos encima del talud para que la gente subiera porque en su desesperación, como si estuvieran locos, se agarraban a cualquier cosa y se los llevaba la corriente". Hay unas imágenes, tomadas por una de las personas que a punto estuvo de ser arrastrada, a las que ha accedido Crónica, en las que se ve salir a unas personas caminando por encima de una escalera, que son ayudadas por un grupo en el que está D. "Vale, ir pasando", se le oye decir a él, aparentemente tranquilo en ese momento.
"El hombre y el niño consiguieron salir, creo que pudieron salir unas veinticinco personas, pero decenas se quedaron. Es horrible. Conseguimos sacar a muchos de ellos. Conseguimos sacarlos, ¡joder!, y ¡con eso me quedo!».
Tras salir de la correntera D. envió otras imágenes a su hermano a las que Crónica ha tenido acceso. Se le oye gritar: «Estoy encima del puente. Mira dónde están los coches. Están llenos de gente... ¡che!». D. prosigue: «Llevo semanas llorando, aquella noche mi padre casi se ahoga...». Este viernes pasado ha encontrado su coche, por supuesto, inservible.
D. es uno de los tres arrestados y puestos en libertad por el juez en la investigación abierta para dilucidar los hechos. Horas después de la primera detención, la suya, y, aunque la Guardia Civil ya había asegurado que la extrema derecha no tenía que ver con los golpes a los coches y con la agresión a las autoridades, el presidente, el ministro Marlaska y el PSOE afirman que sí, en lo que se interpreta como un intento de rentabilizar políticamente el episodio.
D. es de Paiporta aunque vive en una localidad cercana; no tiene antecedentes penales, nunca ha sido detenido. Jamás ha tenido un problema y nunca se le ha oído decir una palabra más alta que otra, según sus allegados. «Lo único que he hecho durante toda mi vida, es trabajar», se lamenta. Se marchó a Suiza a ganarse la vida como albañil «porque no tenía futuro ninguno en el pueblo», y a su regreso se ocupó en lo que pudo; ahora, en una empresa de aparatos de aire acondicionado. El 3 de noviembre estaba sacando barro de uno de los locales de Paiporta y creyó ver a Pedro Sánchez con un gesto en el rostro que a él le pareció una sonrisa mientras los reyes se dirigían al centro del pueblo «con la cara desencajada, sin dar crédito a lo que veían».
«Yo estaba ayudando a todo el que podía. ¿Pero tú has visto cómo estaba esto? Da igual a quien le preguntes del pueblo, así tenga 10 años o 90. No va a haber nadie que te diga nada malo de mí porque yo me he desvivido toda la vida por la gente». Un amigo suyo asegura que, para D., para todos, la situación todavía es desoladora. Mucho más entonces. «El hecho de que a cada paso se acercase alguien a contarte su tragedia particular, que si había perdido a un familiar, que si se había quedado sin nada, que si había perdido apenas una moto pero que era el vehículo con el que ganarse el pan para su familia...», dice. Retoma D. el relato: «¡En el momento en el que pasaba Pedro Sánchez, había a mi lado una mujer pinchando en el barro buscando a su marido!». Y él vio pasar al presidente, le increpó y perdió los papeles.
Un guardia civil citado como testigo ha declarado que vio cómo «un chico con una sudadera amarilla asesta un golpe con una azada o similar en la parte trasera de uno de los coches», que pasaron 20 segundos hasta que vio que uno de los cristales se había quebrado y que concluyó que era ese chico quien lo hizo, aunque había mucha gente y no puede afirmarlo con seguridad. Añade que los cristales tintados impedían ver si había alguien dentro y que los presentes, «no estaban organizados entre sí, eran personas del pueblo que estaban trabajando y ayudando a limpiar».
«Estoy avergonzado», insiste aferrado a su propia versión del barro y la patada, «no son formas de actuar». Más tarde añadirá: «Es fácil criticar desde fuera. Para que luego los que nos gobiernan digan que soy de extrema derecha. Nos han tirado a los leones. Han querido hacer ver que somos quienes no somos».
A D. le contraria sobremanera esa acusación. «Yo no tengo ni idea de política. Cero».
—¿No te convocaron para ir a protestar contra el presidente?
—¿Qué me van a convocar? Vosotros podéis mirar si yo soy afiliado a algo, podéis investigar, ¿no? Pues, por favor, os invito a que lo investiguéis. ¡Pero si yo no he votado en mi vida! Bueno, una vez porque me animaron mis hermanos. Yo no tengo ni idea de política. ¡Pero si no se ni el nombre de dos jugadores de fútbol! Yo lo único que hago es trabajar.
Junto a D. hay otras dos personas investigadas. Una F. por pegar presuntamente una patada al vehículo de los escoltas aunque ante el juez ha asegurado que ni se acuerda por el estrés. Y otra cuyas imágenes se hicieron virales porque se le identifica dando un golpe con un palo a los cristales. Los investigadores siguen sin averiguar quiénes dejaron los coches destrozados, quién lanzó un palo contra el presidente y quiénes objetos contra los reyes hiriendo a uno de los escoltas de Letizia.
F. salvó a dos personas la noche del 29-O y «lo perdió todo». Uno de los rescatados aseguró a Crónica sobre F. que actuó con desapego hacia su propia vida para salvarle. Esa noche continuó rescatando cuerpos y a vivos sin saber cómo estaba su familia. D. y F. se comportaron como héroes o sencillamente como personas solidarias y llenas de humanidad. El día 3 se dejaron llevar por la frustración. La Fiscalía ha solicitado medidas cautelares para ellos tales como no volver a acercarse a Pedro Sánchez.




