- Bombas bajo tierra Una rata gigante recibe un premio Guinness por detectar más de 120 minas antipersonas en Camboya
Los guardias de seguridad de la residencia camboyana de Kike Figaredo son dos jóvenes mutilados por minas antipersona. El jardinero también es otro chico con una pierna cercenada. «Mi casa está llena de heridos de mina», cuenta desde Battambang, al noroeste de Camboya, un jesuita asturiano que lleva 25 años como prefecto apostólico de la Iglesia en un lugar donde apenas viven 6.000 católicos. Pero el número de fieles es lo de menos. Figaredo no llegó a este país del Sudeste Asiático únicamente para evangelizar. Más que un simple pastor, él es un misionero de raza, de los que pisan más la calle que el templo. Un ángel de la guarda que rescata a las víctimas de municiones de guerras pasadas que quedan sin explotar en uno de los países más minados del mundo.
Por la Camboya rural todavía hay miles de minas terrestres activas que fueron esparcidas durante décadas de conflictos que comenzaron en 1970 y terminaron en 1998, desde la irrupción de los Jemeres Rojos, los maoístas que promovían una revolución campesina y que acabaron exterminando a un tercio de la población, hasta la invasión de Vietnam y los bombardeos estadounidenses. Las autoridades señalan que, desde el fin de los combates, más de 25.000 personas han muerto y más de 45.000 han resultado heridas por los explosivos de guerra.
«En este país todavía quedan muchas cicatrices de aquellos tiempos oscuros. La primera vez que vine a Camboya fue hace 40 años para ayudar en los campos de refugiados. Desde entonces, me he embarcado en múltiples proyectos solidarios porque el impacto social de los mutilados es enorme, tanto en lo emocional como en lo visual. Y además seguimos teniendo muchos accidentes por las explosiones», relata Figaredo (Gijón, 1959).
LAS 'SILLAS MEKONG'
Uno de los primeros proyectos que fundó, en 1991, fue una escuela para menores mutilados por las minas donde también hay un taller en el que fabrican sillas de ruedas de madera que reparten a supervivientes por todo el país. El taller se encuentra a 30 kilómetros de Phnom Penh, la capital. «Producimos alrededor de un centenar de sillas al mes. Son altas, tienen tres ruedas y una estructura de madera que sujeta a un armazón de metal. Están diseñadas para que se puedan llevar por terrenos accidentados, porque así es la topografía en la que viven en su mayoría las personas que las necesitan», explica.
Más de 40.000 sillas Mekong, como las bautizó en honor al río más grande que atraviesa Camboya, ha repartido el misionero español y su equipo desde que abrieron el taller. Incluso alguna ha acabado lejos de Camboya, concretamente en el Vaticano.
Fue el 23 de octubre del año pasado cuando Figaredo se presentó en la Casa Santa Marta, donde vivía el Papa Francisco, para entregar al difunto Pontífice una silla de ruedas. «Me recibió en audiencia y le expliqué que la silla la habían fabricado nuestros chicos de Camboya. Ya conocía nuestro proyecto de otras veces que nos habíamos visto en Roma», señala Figaredo. «El Santo Padre tenía una sensibilidad especial para las causas sociales. Enseguida se levantó de su silla para probar la nuestra, pero no se sintió del todo cómodo porque la de madera era más alta y no estaba acostumbrado. Aun así, estaba muy agradecido y hablamos largo y tendido del drama que vive Camboya con las minas. Me dijo que comunicara a los niños del taller que él rezaba siempre por sus familias».
40.000 católicos bien avenidos
Al nuevo Papa, León XIV, el misionero lo conoció en un Sínodo en Roma, cuando Robert Francis Prevost era prefecto del Dicasterio para los Obispos. «Tiene muy buena reputación y tenemos muchos amigos agustinos en común. Lo veo como una línea continuista con Francisco en cuanto a seguir el camino de la sencillez, de las misiones, de trabajar por la Iglesia desde el servicio. Este Papa reúne una internacionalidad muy completa y a Asia le va a beneficiar mucho».
Figaredo dice que le encantaría que el nuevo Pontífice cogiera el testigo de Francisco en lo que respecta a realizar largas giras asiáticas, y que en una de ellas haga parada en Camboya. «En este país hay unos 40.000 católicos. Somos una comunidad pequeña, pero bien avenida y con un gran impacto gracias a los proyectos de ayuda humanitaria. Ojalá el Papa León XIV pueda venir a Phnom Penh y conocer el taller en el que hacemos sillas de ruedas», subraya.
El misionero también ha abierto tanto en la capital como en Battambang varios centros de acogida para niños mutilados y huérfanos. Además, a través de la ONG que fundó, Sauce, dirige una escuela de formación para personas con discapacidad, un restaurante, una cafetería y otro taller donde niños y adultos, supervivientes de las minas, fabrican kroma, un pañuelo de algodón y seda tradicional de Camboya, que venden por internet.
Figaredo, que es primo del ex ministro Rodrigo Rato, captó algo de atención mediática el año pasado cuando algunos medios de comunicación se enteraron de que Irene Urdangarin, la hija de la infanta Cristina e Iñaki Urdangarin, estuvo de voluntaria en Camboya con su ONG.
EL DRAMA INFANTIL DE LAS MINAS
El misionero también ha dirigido proyectos de desarrollo rural en los que había que desminar las tierras para poder rehabilitarlas. Un trabajo que, con apoyo de las autoridades locales y de organizaciones internacionales, se ha realizado sobre todo en los alrededores de Siem Reap, una ciudad mundialmente famosa porque allí están las impresionantes y turísticas ruinas del Angkor Wat —el reino Jemer, entre los siglos IX y XV—, donde se encuentran la mayor parte de estos explosivos sin detonar. En las explanadas que hay en la entrada de muchas de las ruinas se puede ver a diario a músicos mutilados pidiendo donaciones.
El pasado febrero, dos niños de Siem Reap, Muo Lisa y su primo, Thum Yen, ambos de ocho años, murieron después de que explotara una granada con la que estaban jugando y que habían encontrado enterrada en el campo. Aquel accidente se produjo en un área en la que, en las décadas de 1980 y 1990, tuvieron lugar intensos combates entre los soldados del gobierno camboyano y los guerrilleros de los Jemeres Rojos, quienes habían sido derrocados del poder en 1979.
A unos kilómetros de la aldea donde ocurrió esta tragedia se encuentra uno de los campamentos de acogida del Centro de Acción contra Minas de Camboya (CMAC), una de las organizaciones que da cobijo a supervivientes y que lleva décadas limpiando el país de artefactos explosivos sin detonar, llegando a destruir más de millón y medio de minas. «Camboya esperaba estar libre de minas para finales de 2025, pero ese calendario es imposible de cumplir porque al menos quedan 1.800 kilómetros cuadrados de campos minados conocidos aún por limpiar, y seguimos descubriendo nuevas zonas constantemente», asegura Heng Ratana, director de esta organización.
En Siem Reap se encuentra también un museo dedicado a la historia de un ex niño soldado que se redimió dedicando su vida a la limpieza de minas terrestres. A los 12 años, Aki Ra, un niño huérfano que precisamente había perdido a sus padres tras la explosión de unas minas, fue reclutado a la fuerza por los Jemeres Rojos, que lo entrenaron para esconder bajo tierra entre 100 y 1.000 de estos artefactos cada día. Cuando el grupo genocida fue vencido, Ra se dedicó a recorrer toda la región desactivando con tan solo un cuchillo, sin llevar equipo de protección, muchas minas, incluso algunas que él mismo había colocado. Junto al museo, Ra abrió un orfanato para dar refugio a niños que han perdido a sus padres a causa de los explosivos.
«El método más común para desminar los terrenos es usar detectores de metales, pero, aunque se use casco y traje de protección, es un trabajo muy peligroso», señala el religioso Figaredo. Por esto mismo, hay algunas organizaciones dedicadas a la limpieza de minas que hace tiempo que comenzaron a usar roedores. Concretamente en Siem Reap trabaja una ONG belga, APOPO, que entrena a ratas africanas gigantes que cubren mucho más terreno en un día que un humano con un detector de metales y que usan su potente olfato para detectar explosivos en el campo.




