La noche del pasado 8 de octubre, la banda de un narcotraficante gaditano apodado el Hijo del Marqués lo tenía todo dispuesto para colar una tonelada de cocaína por el río Guadalquivir. El punto de alijo estaba decidido de antemano: una zona de arrozales de Isla Mayor, un pequeño pueblo sevillano que no llega a los 6.000 habitantes y cuya mayor fuente de riqueza es ese cereal que se cultiva al por mayor en las marismas que rodean, de norte a sur y de este a oeste, la localidad. Las coordenadas para los tripulantes de la lancha que traía a bordo la mercancía eran latitud: 37.157771, longitud: -6.107235.
Hasta allí, bajo la única luz que emitía la luna, vigilando que ningún cuerpo policial se aproximara a la zona durante el trasvase a tierra de la droga, el Hijo del Marqués envió a uno de sus 30 vigías que trabajaron para él aquel día. El nombre en clave de ese punto (como se llama en el argot del narco a un vigilante) era Barrera Bomba. A su vez, el Hijo del Marqués también había mandado a dos de sus puntos desplegados por todo el río a dos lugares estratégicos del municipio. A uno de ellos, Suelto Alfonso, le pidió controlar cualquier movimiento extraño de coches desde la calle Porvenir, en el Poblado Alfonso XIII, una pedanía de Isla Mayor que le une con su pueblo matriz a través de una única carretera; a otro, al que llamó Cementerio Puntal, lo envió muy cerca del lugar de alijo, a la calle Pintor Murillo, a pie de río, justo al lado del cementerio del pueblo.
Aquella noche, a través de un grupo de Telegram, los narcos se fueron coordinando entre sí e informándose de lo que iban viendo. Las conversaciones entre ellos evidenciaban que llevaban dos jornadas intentado que la lancha con la cocaína remontara el Guadalquivir desde su desembocadura, en Sanlúcar de Barrameda (Cádiz), y alcanzara Isla Mayor, a casi 80 kilómetros de distancia río arriba.
—Pare, nos van a dar aquí por lo menos las 6 o las 7 de la mañana, o más.
—En la cuesta ... me he cruzado yo un Toyota y es de medio ambiente, los civiles allí en el pueblo.
—¿Este es de los guardias o qué?
—Para ya (sic) lleváis un Toyota de medio ambiente.
—Ahora mismo acaba de pasar la picazo gris para la Isla. Cuando pasen un par de minutos más lo cantas por allí, la picazo gris ha pasado para la Isla.
—Aro, ese es de nosotros entonces.
—¿Podremos coronar (alijar) hoy, pare?
—Yo creo que sí.
Finalmente, el alijo se produjo en torno a la una de la madrugada de aquel día. La gente de el Hijo del Marqués recogió 939 paquetes de cocaína (1.040 kilos) que llegaron encima de una lancha hasta el punto de descarga elegido. A la una, seis minutos y 38 segundos de la madrugada, los narcos se enteraron de boca de uno de los cabecillas de la organización que la operación había sido un éxito:
—Ya hemos coronado.
—¿Si hombre?
—Sí.
—¿Qué ha dicho el chaval? ¿Que hemos coronado?
—Sí,
—¿Sí, pare?
—Sí.
—Illo, pare, tú no sabes la falta que me hacía, un viaje, gracias hermano, po no veas, porque llevamos dos días intentándolo, picha, y menos mal, pare.
—Que vengan los guardias y me coman la polla aquí ya.
Al día siguiente, la Policía Nacional intervino el cargamento de cocaína que habían logrado introducir. Había una investigación judicial abierta contra la banda de el Hijo del Marqués. La causa, a cuya documentación Crónica tiene acceso en exclusiva, apunta a que los clientes de estos narcos que controlaban el río y que alijaban por Isla Mayor eran unos traficantes serbios. El juez instructor ordenó la detención de 17 personas. Todas ellas fueron enviadas a prisión.
Aquella fue la penúltima operación contra el narco del río en un municipio que en los últimos años está reviviendo, según sus propios vecinos, «la pesadilla» sufrida la Nochevieja de 2016, cuando la mitad de la plantilla del cuartel de la Guardia Civil —cuatro de los ocho agentes que la formaban— fueron detenidos por sus vínculos con los traficantes de droga de la zona.
Pero ahora el río y los municipios vecinos de Isla Mayor se han convertido —si se obvian los grandes puertos españoles— en la zona más caliente del país para el negocio de la cocaína. Antaño por aquí sólo se colaba hachís en narcolanchas. Pero desde hace un lustro la farlopa no para de llegar, un proceso que se ha incrementado en los últimos dos años.
«Los cárteles latinoamericanos, con los colombianos a la cabeza, han visto que pueden confiar su mercancía en los clanes que operan en el sur», explica una alta fuente policial en España de la lucha contra el tráfico de drogas a gran escala. «Las embarcaciones de los narcos salen a alta mar, en mitad del Atlántico, a recoger la mercancía que llega en veleros, en buques mercantes, en narcosubmarinos, y la cuelan luego por el Guadalquivir en pueblos como Isla Mayor, Coria, Lebrija...».
Los datos de incautaciones avalan esta afirmación: a finales de diciembre de 2024, la Guardia Civil intervino en una finca de Coria del Río dos contenedores bajo tierra que escondían 7.000 kilos de cocaína; un mes más tarde, en enero de este año, este vez en Isla Mayor, fueron 2.883 kilos de dama blanca; hace un mes se produjo la operación para quitarle más de una tonelada de esa misma droga a la banda de el Hijo del Marqués... En varias de esas operaciones se decomisaron armas de guerra.
Es un suma y sigue en el negocio que lleva aparejado un incremento en el nivel de violencia. A principios de junio de este año, fueron apareciendo diversas partes de un cadáver en los alrededores de Isla Mayor. Se encontraron, flotando en un canal, un fémur, una pelvis, un trozo de una columna vertebral...
El último episodio del narco en el que Isla Mayor se ha visto envuelto ocurrió el sábado de la semana pasada, durante un operativo policial. Unos traficantes que aún siguen fugados abrieron fuego desde un todoterreno a un grupo de agentes que trataba de detenerlos. Un policía resultó herido grave al recibir el impacto de una bala en la ingle. Los uniformados tuvieron que esconderse entre los arrozales de la zona. La operación se saldó con la incautación de más de cuatro toneladas de hachís.
Arrojados al suelo, entre maleza, barro y tierra reseca, los policías se arrastraron para buscar cobijo. «Mientras nos buscaban, gritaban: "Por ahí van los perros, ¡mátalos!"», le rememora a este periodista un agente del operativo.
"UN LABERINTO QUE SE CONOCEN AL DEDILLO"
El tiroteo se produjo en la carretera del Toruño, a las afueras de Isla Mayor. EL MUNDO viajó hasta allí este pasado miércoles. Se trata de un camino de tierra, sin asfaltar, que en su parte izquierda tiene naves de aperos de agricultores y pequeñas parcelas para animales de granja.
El ladrido de varios perros recibe al periodista y al fotógrafo de este medio. Un par de galgos de una parcela de cultivo cercana se acercan cuando los reporteros se detienen frente al portón de hierro de una de esas naves, todavía con el precinto de la Policía Nacional. Es el rastro de la operación de la semana pasada. Sopla un fuerte viento que agita las aguas de una infinitud de arrozales que llegan hasta donde alcanza la vista. Un helicóptero de la Guardia Civil sobrevuela la zona.
El dueño de una de esas pequeñas fincas deja de echar grano a sus gallinas durante unos minutos para atender a Crónica. Nada de nombres ni detalles que le describan y ayuden a identificarlo, exige.
—En Villa Polvo ya no se puede estar tranquilo, chiquillo. La gente que tiene aquí una pequeña huerta o unos animalillos ya está harta. Desde hace unos años están llegando caras muy extrañas a la zona. Colombianos, marroquíes... Preguntan por los dueños, por alquilar las parcelas... Esos no traen nada bueno al pueblo.
—¿Por qué a esta carretera se le llama Villa Polvo?, pregunta el reportero.
—Por la polvareda que levanta cada coche que pasa. ¿No te has dado cuenta? ¡Anda que han puesto bueno el vuestro! Aquí sólo hay polvo y arroz. Bueno, y caminos que conducen al río. Esto es un laberinto que esta gente se conoce al dedillo. Los narcos de por aquí se alían con esa gente que está llegando nueva para alijar y guardar su mercancía, sus lanchas o su combustible en toda esta zona. Está pasando de nuevo lo mismo que pasó cuando medio cuartel se conchabó con ellos.
LOS agentes a sueldo de 'EL NEGRO'
En febrero de 2020, el Tribunal Supremo (TS) confirmó la condena de 14 años de cárcel al sargento de la Guardia Civil que había estado al frente del cuartel de Isla Mayor. Había sido arrestado junto a tres compañeros de cuartel la Nochevieja de 2016. La Audiencia Nacional había condenado a los cuatro, el 5 de abril de 2019, a penas de prisión que iban de los cuatro años y medio a los 14 y tres meses.
La sentencia narraba que en abril de 2016 el sargento mantuvo contacto con el jefe de una organización de narcos, Francisco Antonio Rodríguez Cordero, apodado el Negro. Los días 7 y 10 de abril de 2016, por la noche, el sargento Cáceres cogió su coche particular, un Opel Insignia, y se trasladó al polígono industrial La Estrella, de Coria del Río. Al vehículo se subió el Negro.
El suboficial, con problemas económicos, había pedido a un vecino suyo, Manuel Carrasco, miembro de la banda, que le pusiera en contacto con el traficante para hacerle una oferta. En el coche, al amparo de la oscuridad, el sargento y el narco acordaron que otros miembros del cuartel darían protección a sus alijos.
Los hombres de Cáceres facilitaron a la organización datos sobre los recorridos de las patrullas de la Guardia Civil. El Negro entregó a los agentes, a través del vecino del sargento, hasta tres teléfonos móviles para que le informaran de los movimientos de las fuerzas de seguridad y de cualquier vehículo sospechoso que pudiera vigilar sus descargas de hachís. El fallo añadía que los guardias «entregaron al traficante» la llave de una cancela que permitía acceder a una zona restringida del Coto de Doñana, en la margen del río que da a la provincia Huelva, lo que facilitaba el trasvase de droga.
El sargento Cáceres y el guardia civil Luciano Martínez vigilaban estas zonas con frecuencia en su furgoneta particular, escondidos entre los arrozales. En una de las conversaciones grabadas con autorización judicial se escuchó a Luciano Martínez decirle a su sargento: «Yo no me jubilo mientras esta gente siga ahí».
En abril de 2023, Crónica entrevistó al agente corrupto Luciano Martínez. Después de pasar algo más de cuatro años entre rejas, hacía dos que había vuelto a Isla Mayor, el pueblo de su mujer y donde él había ejercido como autoridad policial. Desde entonces disfrutaba de la libertad condicional. Tenía un trabajo como conductor de autobuses. «Yo cobraba 3.000 euros al día. Si un día se metía hachís y todo salía bien, cobraba más, pero no te voy a decir cuánto», desveló.
Luciano se dejó fotografiar a unos metros del cauce del río Guadalquivir, junto a un tramo que, según explicó, los narcos para los que trabajaba usaban para sacar del agua las lanchas cuando la marea estaba alta.
Pero ahora son otros traficantes los que merodean el río. También la mercancía que predomina es otra, la cual se comercializa en dosis de polvo blanco. Lo que no ha cambiado es el escenario: Isla Mayor sigue presente. Allí, una calle de tierra camino de los arrozales, a las afueras del pueblo, se ha convertido en la última guarida de quienes alijan por el río.




