Las ferias de Fallas, Abril, San Isidro o Bilbao suenan en África como entrecot, solomillo o huevos fritos con morcilla. Palabras que en Kaswanga (Kenia) no significan nada. Tampoco agua corriente, alcantarillado, tarjeta sanitaria o abono transporte. Kaswanga es una aldea perdida en la isla de Rusinga, al noroeste del Lago Victoria. Un rincón donde la vida se mide en pasos sobre gravilla y en cubos de agua que viajan sobre el lomo de burros. Aquí, unos cien niños de entre uno y 13 años sobreviven gracias al empeño de un puñado de voluntarios y al latido de un proyecto: Milman iAttract.
Casas de chapa, techos que tiemblan con el viento, luz que no existe salvo en la única vivienda con generador. El agua, a quince minutos del poblado, se recoge cada día y se guarda en tanques rústicos. El horizonte es campo, polvo y silencio. Y, sin embargo, hay esperanza. «El proyecto nació con una misión: ofrecer cuidados, dignidad y oportunidades a los huérfanos y niños vulnerables de la zona», explica Víctor Odula, director de esta iniciativa. La isla arrastra décadas de sida y abandono. Muchos pequeños perdieron a sus padres, a uno o a los dos progenitores cuando apenas sabían caminar. Hoy, Odula y su equipo les dan alimento, ropa, educación, apoyo emocional y, sobre todo, un lugar seguro donde crecer.
Como tantas ONGs dispersas por el mundo, Milman iAttract se sostiene gracias a voluntarios llegados de Europa que dejan atrás los problemas del primer mundo, el precio de la cesta de la compra, la imposibilidad de la vivienda, la subida del desayuno en el bar de la esquina. Aquí los problemas son otros: la comida, un techo, el agua... Los jóvenes europeos cambian comodidad por compromiso. Entre ellos figura Javier Frías, zaragozano de 26 años. «Soy consultor en Madrid, estudié ADE, pero las ganas de ayudar y conocer mundo me trajeron aquí. Vine con un amigo, Jorge, programador. Dejamos trabajo y casa. Después de África, quiero ir a Sudamérica para seguir colaborando».
Los niños arrancan la jornada sobre las nueve. «En el colegio intentamos que amplíen su mundo», dice Odula. Además de matemáticas y algo de español, los profesores les hablan de culturas, fiestas, tradiciones. Javier lo confirma: «Muy básico todo, pero nos esmeramos en que aprendan y luego, además, se diviertan». El tiempo libre conviene ocuparlo. Recreos y deportes en un campo de gravilla, con riesgo físico evidente. «Tiramos de recursos para que no todo sea fútbol o voleibol. Yo les pongo cosas en el móvil. Al principio, fútbol, tenis, la Fórmula 1. De Carlos Alcaraz a Carlos Sainz. Nada retenía suficientemente la atención. Se distraían enseguida. Aquí no hay Internet, salvo una leve señal en la casa donde vivimos los profesores. Me quedaba sin material y no tenía muchas alternativas que ofrecerles».
La casa de la que habla Javier es la única que puede considerarse algo parecido a eso, a una casa, con nuestra visión europea: barro en vez de chapa, electricidad gracias a un generador y cobertura intermitente. «Depende del día y la hora», sonríe Javier. Y ahí surge la chispa. Aficionado a los toros, seguidor de Diego Urdiales, una tarde descarga una faena del riojano en su móvil con la idea de mostrársela a los niños. «Me intrigaba ver su reacción cuando vieran a un torero y a un toro, algo relativamente normal para un niño español pero muy raro aquí. Tenía cierto temor, es cierto, pero sabía que si no les gustaba lo podía quitar rápidamente y a otra cosa». Lo que ocurrió a continuación fue asombroso.
«Les puse la faena y aquello fue una conmoción. Todos se agolparon alrededor del móvil. Todos quietos, sin pestañear, con toda la atención concentrada en lo que sucedía desde el primer segundo. El traje de luces, el toro, la música. Todo les flipaba. Pero lo que les atrapó fue la verdad del toreo. La faena era histórica, de esas que marcan. Ni uno apartó la vista. Cuando Urdiales cortó las dos orejas y daba la vuelta al ruedo, preguntaron por qué las orejas, siempre sin perder detalle. Ni siquiera cuestionaron la muerte del toro. Lo asumieron con naturalidad. Sólo comentaron si el toro se comía después». Asistían a la expresión artística más elevada de un ritual atávico, al refinamiento de la lucha entre un hombre y una bestia. Niños que conviven a diario con la muerte no se asustan por contemplar a Urdiales con la muleta en la izquierda ofreciéndose al toro, ni por la muerte del toro, claro está, que es problema del primer mundo. De los ecologistas de salón, políticos de rapiña y otras especies carroñeras: «Asumen con toda naturalidad la muerte del animal, sin tener que explicarlo». Los niños de la aldea de Kaswanga todo lo más que ven en el toro es el pollo de Carpanta.
Víctor Odula ratifica el interés de los chicos por el toreo: «Los chavales muestran entusiasmo por aprender canciones, fiestas y tradiciones de otros países. Les fascinan los Reyes Magos, la Tomatina... Pero nunca imaginamos que una faena causara semejante impacto». Ahora Javier pelea con la escasa señal para descargar más vídeos de Urdiales: «Están deseosos de ver más faenas de Diego».
URDIALES: "Sentí una mezcla de satisfacción y emoción muy puras"
La historia llegó al propio torero con una foto que desató su incredulidad: una melé de cabecitas negras en torno a un teléfono donde él torea, niños africanos absortos ante su clasicismo. «Un amigo me la envió. Pensé que era un montaje, una coña. Luego me explicaron todo. Sentí una mezcla de satisfacción y emoción muy puras, similares a las sensaciones que emanan estos niños. Nada más ver la foto, algo especial me recorrió el cuerpo. Luego entendí por qué».
Hoy, Diego Urdiales quiere saber más de esos niños, de este proyecto. Qué sueñan, qué sienten. Por qué vibran con el toreo clásico, con el frágil juego de la vida y la muerte prendidos en el vuelo de una muleta, a 6.000 kilómetros de España, sin que nadie les haya hablado de toros. Será difícil organizar una corrida en Kaswanga para brindar una faena a Marionne, Shantel, Stanley, Junior, Fred, Doris, Esther o Belha, estos críos alucinados por el toreo en el África más dejada de la mano de Dios. Pero nada es imposible.

