Es la mueca de la soberbia. Un gesto desafiante de quien tuvo bajo su mando a los últimos miembros de la banda terrorista ETA. Con la mirada fija en las cámaras de los fotógrafos apostados junto a la garita de Martutene, Garikoitz Azpiazu saca durante unas décimas de segundo la punta de su lengua. Afuera, en los húmedos y fríos amaneceres de febrero, un sombrío ejército de fieles colaboradores le protege. Txeroki es ahora el jefe. Entre los muros de Martutene y a cubierto en los escondites que la izquierda abertzale le ha preparado en el exterior. Dentro, Azpiazu ni siquiera pisa ya la «galería de respeto» en la que debiera dormir cada noche como preso aún en segundo grado. En los aledaños de San Sebastián, vive libre y sin control policial auspiciando la salida de su madrina Marisol Iparagirre Anboto, de Olarra Guridi, de Ainhoa Mujika, de su admirado Unai Parot o de su predecesor Jurdan Martitegi, todos ellos compañeros en la vieja cárcel en la que marcan las reglas con el beneplácito de la consejera socialista de Justicia María Jesús San José.
Txeroki se siente intocable en Martutene. Desde el pasado lunes, el ex jefe de ETA atraviesa la entrada principal disfrutando con chulería de su salida diaria. Le recoge un Wolkwagen Polo azul, que el conductor ha tenido la precaución de alquilar para no ser identificado. Pero, según fuentes consultadas por Crónica, se trata de Gorka García Sertutxa, actual responsable del colectivo Etxerat (que exige la salida de presos de ETA), condenado en su día por intentar asesinar al Rey Juan Carlos en Palma de Mallorca con un fusil de mira telescópica. La empresa de alquiler asegura a este suplemento que, de haberlo sabido, jamás hubiera cerrado ese trato.
Desde una hora antes, los colaboradores de Txeroki, encapuchados, observan todos los movimientos de vehículos y personas que recorren el paseo de Antzieta. Una luz encendida en el bloque de viviendas blancas y relucientes en la calle Saturio Burutaran hace aún más visible la pancarta en favor de los presos de ETA que cuelga del balcón. El vehículo conducido por García Sertutxa abandona el escenario todos los días a todo gas.
LEY DEL SILENCIO
La ley del silencio protege a Txeroki. Alfredo Gómez, el director de Martutene y presidente de la junta de tratamiento que le concedió el 100.2, ha ordenado un mutismo sepulcral. Las puertas metálicas y llaves de hierro fundido de la vieja prisión no pueden ocultar, sin embargo, la infamia del trato de favor dispensado a los históricos de ETA que han querido resguardarse entre sus muros para acelerar su salida con los beneficios penitenciarios negociados por EH Bildu con el Gobierno de Pedro Sánchez.
Un funcionario indignado desvela a Crónica que Txeroki ni siquiera cumple con la formalidad de dormir en la celda que le corresponde. El ex jefe de ETA fue trasladado sin explicación alguna a la Sección Abierta, un espacio reservado para los presos en tercer grado. Un privilegio antirreglamentario que lanza un mensaje a los suyos y provoca el asombro en la plantilla. «Sale a diario a la calle pero cuando entra ni siquiera va a su celda; es como si ya no estuviera en prisión sino con pie y medio fuera de aquí», constata un trabajador rodeado de jóvenes interinas ajenas al rastro de sangre y sufrimiento que han provocado Txeroki y la negra nómina de jefes y pistoleros etarras que se reparten entre la Sección Abierta, el módulo 2 o galería de respeto, el módulo de mujeres y la sección de maternidad; espacios controlados por los ex miembros de la banda.
¿Por qué se ha convertido Martutene en la cárcel elegida por los etarras para acelerar una amnistía encubierta? Las cifras no engañan. En 2019, solo cuatro etarras cumplían sus penas en una prisión del siglo XIX, con problemas estructurales, con cimientos en una zona inundable y módulos carcelarios de un vetusto centro radial en el que todas las galerías confluyen en una cabina central.
PULSERAS Y MÓVILES EN PRISIÓN
Desde la entrega al Gobierno vasco de la competencia de prisiones en 2021 por parte del gobierno de Pedro Sánchez con el indisimulado objetivo de satisfacer las exigencias de EH-Bildu, en especial las de Arnaldo Otegi, Martutene se ha poblado de etarras que, como Txeroki, ya disfrutan de la semilibertad del 100.2 (un artículo del reglamento penitenciario que permite saltarse las reglas sobre las progresiones de grado que, aun siendo muy benevolentes, no permiten que los etarras salgan con la rapidez exigida por los terroristas) y de terceros grados con pulseras telemáticas que les permiten dejar de acudir a la cárcel.
«Nada es casual. Todos tienen empleos remunerados y aquí campan a sus anchas, desde veteranos como Anboto, que vino de Zaballa, y Esparza Luri a otros jefes más jóvenes. Casi el 80% ya está en semilibertad», apuntan desde la prisión que será cerrada el próximo mes de junio.
A todos ellos les proporciona el trabajo requerido para salir la Agencia Vasca de Reinserción Aukerak, que trabaja con empresas vascas y que ha abierto las puertas de las prisiones de par en par a la Espetxe Sarea Euskadi Nafarroa (ESEN), la asociación que justifica los presuntos servicios sociales para que los etarras salgan de prisión.
Los funcionarios temen a las represalias, pero aseguran que Arnaldo Otegi ha mantenido conversaciones con una de las seis internas de Martutene sin que en el registro de entradas y salidas haya constancia. Y que internos de ETA cuentan con autorizaciones para utilizar móviles con la excusa de poder seguir cursos de formación por Internet. Ninguno duda de que Txeroki es uno de los terroristas que organiza sus salidas vía móvil y que lo seguirá haciendo mientras cuente con el apoyo del Gobierno vasco para acelerar su proceso de «resocialización». «Es un tercer grado encubierto como un castillo de grande», denuncia un ex funcionario de Martutene con una dilatada trayectoria iniciada en la vieja prisión de Nanclares en Álava.
LAS DIFERENCIAS
San José, sin embargo, sigue rehusando dar explicaciones. «No hablo de los presos, ni siquiera de Txeroki», respondió el miércoles la consejera a los periodistas en una rueda de prensa que ella misma había convocado a 100 metros de la prisión para anunciar su cierre con el fin de transformar el solar que ahora ocupa en una urbanización para 400 viviendas de precio tasado. San José sabe que la indignación de las víctimas del terrorismo se multiplicará exponencialmente en los próximos meses cuando otros jefes de ETA vayan saliendo por la puerta principal de Martutene.
«Sabemos que no es solo el caso de Txeroki, sino que hay muchos más beneficios a presos de ETA de los que hay para los presos condenados por otro tipo de delito. De los 35 artículos 100.2 que se habían otorgado por el Gobierno vasco hasta junio de 2025, 30 habían sido para presos de ETA, es decir, un 85%. A 400 presos condenados por otros delitos se les denegó la posibilidad de acercarse a una prisión vasca, cuando en el caso de los etarras no se le denegó a ninguno», constata el parlamentario del PP vasco Santiago López. López, junto a Amaia Martínez, de Vox, son los únicos que exigen explicaciones en la Cámara vasca al Gobierno de Pradales.
El caso Txeroki ha provocado que Covite insista en denunciar la existencia de una «amnistía encubierta». La asociación de víctimas vascas ha contabilizado, desde 2022, excarcelaciones, libertades condicionales y progresiones de grado de las que se han beneficiado 110 reclusos de un modo que considera injustificado porque en los etarras no se ha detectado arrepentimiento real ni se ha producido la más mínima colaboración con la Justicia para el esclarecimiento de los 379 asesinatos cuya autoría todavía se desconoce. Sin embargo, muy a pesar suyo, sus informes no reflejan ni de lejos lo que está ocurriendo porque los gobiernos español y vasco no siempre les informan.
La parafernalia que EH Bildu ha montado para proteger a Txeroki en su salida diaria de prisión resulta más llamativa todavía si tenemos en cuenta que, quien fuera jefe del aparato militar, intentó protagonizar dos golpes internos y se libró de ser expulsado de ETA y de la izquierda abertzale en general porque las Fuerzas de Seguridad, sospechosamente, detuvieron a su bando rival en la dirección de ETA cuando todos andaban enzarzados en una patética lucha de poder. Pero esa parafernalia es muy compatible con el mensaje de unidad que los de Otegi vienen manteniendo desde que ETA fue estrepitosamente derrotada para conseguir darle la vuelta a la situación y para humillar al Estado por los medios que el Gobierno les ha proporcionado utilizando las instituciones para hacerlo.
No es casualidad que la salida de Txeroki haya coincidido con la despectiva intervención el jueves en el Parlamento de la portavoz de EH Bildu, Mertxe Aizpurúa, recordándole al PP, (cuyos miembros eran asesinados con saña cuando ella, condenada por apología del terrorismo, apoyaba a ETA desde Egin o Gara), que «hoy un escaño de Bildu manda más que el principal partido del Congreso», y que «ustedes no mandan nada, son irrelevantes, y así seguirá siendo mientras dependa de nosotros».
Txeroki se incorporó a las estructuras de mando de ETA tras la tregua que los terroristas ofrecieron a Aznar y que acabaron rompiendo con una campaña de atentados abrumadora equiparable a los años de plomo en los que casi cada día había un muerto. Formó parte de una generación de terroristas sin demasiado recorrido previo en comandos que, con escasísima preparación, empujada por las continuas detenciones, asaltó la dirección criticando su inoperancia, pero que acabó haciendo lo contrario de lo que predicaba y sumiendo a la banda en el mayor de los desastres.
Se breó desde bien joven en Jarrai, en los semilleros de ETA que, en sus tiempos, se habían convertido ya en «fumaderos» de droga. Él mismo se jactaba ante los comandos que despedía en la frontera de haberse pasado la juventud entre porros y borracheras. Su vicio y su irascibilidad eran conocidos. Uno de sus compañeros fue detenido con el recorte de un periódico francés en el que había una foto con personas fumando marihuana bajo un post it en el que ponía: «Esto creo que lo han sacado para Txeroki. ¿Lo tendrá?». Cuando fue detenido, gracias a la información proporcionada por un infiltrado de la Guardia Civil que logró que los últimos coches bomba que él enviaba fueran conducidos por los propios agentes, guardaba 100 gramos de hachís.
EL CRONISTA DEL DECLIVE DE ETA
Txeroki acabó convirtiéndose en el perfecto cronista de la decadencia de ETA, que él no hizo más que agudizar. Constan aportaciones suyas escritas antes de 2004 en las que, de forma angustiada y muy confusa, intentaba explicar que la banda debería realizar un «desdoble» de sus estructuras en España y en Francia con el fin de minimizar los golpes policiales. Tan confuso fue que tuvo que aclarar: «Me estoy dando cuenta de que por la parte de la terminología estoy un poco limitado».
Las cosas no transcurrieron como él tenía previsto y junto a otros cuadros medios protagonizó la llamada «rebelión de los capitanes» o también «la crisis ESA». Se libró de que le echaran esa vez tras recular y pedir perdón. Sin embargo, no cejó en su empeño y en los años siguientes sería señalado como el principal opositor a la negociación entre ETA y el Gobierno para el fin del terrorismo, aunque lo cierto es que toda la dirección de la banda estaba en contra de esa negociación y la saboteó desde el primer momento en contra de los intereses de Otegi, que había comprobado que la ilegalización de Batasuna provocada por los atentados condenaba a la izquierda abertzale, y a él, a la desaparición.
A pesar de que ETA había proclamado el cese definitivo, Txeroki preparó la escenificación del monte de Aritxulegi, en la que un comando preparado por él alardeó de armas y disparos como si fuesen el IRA. Organizó el robo de más de 350 armas en Bauvert y el atentado de la T-4 de Barajas en el que fueron asesinados los ciudadanos Estacio y Palate, emulando el atentado de la City con el que los terroristas irlandeses acabaron con su tregua. Antes de ese atentado, que desgraciadamente sí salió, intentó otros cuya preparación podría haber constituido el argumento de un gag humorístico.
Envió un comando para reventar el Palacio de Justicia de Burgos, pero uno de sus miembros no lo encontró. La jefa, Hinza, desnortada, cambió la fecha, los explosivos se les aguaron, los taladros se les quedaron sin batería, les falló la remachadora. Se quedaron sin gasolina varias veces y sin dinero y acabaron usando una tarjeta que sirvió para localizarlos. Viene muy bien contado por Florencio Domínguez en el libro La agonía de ETA.
Por entonces, otro de los terroristas de su confianza fue detenido porque, cuando le pidieron identificarse, no se sabía ni el nombre de su madre que constaba en el DNI falso. Txeroki, que siempre había criticado «la poca experiencia» de los etarras, el «modelo agotado de ETA», convirtió la banda en una caricatura peligrosa. Antes de 2008 escribiría desesperado: «Han logrado neutralizar nuestra capacidad y condicionar nuestra situación política», «nos encontramos en situación de colapso total». En esas circunstancias, el Gobierno de Zapatero ofreció a ETA unas cesiones políticas, algunas de las cuales se cumplieron, y unas facilidades de salida de los presos, que, aun con retraso, se han ido llevando a cabo y benefician incluso a quien, como Txeroki, se opuso a ellas.
Insatisfecho por la situación, Txeroki acusó al aparato político de ineficiencia. En aquellos momentos, sus propuestas sólo eran apoyadas por el 8% de unas bases que en un 90% querían que ETA continuara matando. Pero cuando iba a ser expulsado detuvieron a sus rivales, Thierry y Ahinoa Ozaeta. Aunque al principio de la tregua, algunos comandos aseguraron que él les había ordenado no atentar contra socialistas ni nacionalistas, cuando todo saltó por los aires ordenó el asesinato de Isaías Carrasco, el de Esther Cabezudo o el secuestro exprés del concejal Benjamín Atutxa, del mismo modo que había ordenado el asesinato de la periodista Marisa Guerrero. Tras su detención, la juez Levert tuvo problemas de atribución porque, para incrementar su pedigrí, se había atribuido el primer asesinato de dos guardias civiles, Raúl Centeno y Fernando Trapero, en suelo francés. En realidad los mató su amigo Ata. A él se le condenó por ser el jefe del aparato militar de ETA y por 22 intentos de asesinato penados con 18 años de prisión hasta sumar 396 años. Todas las condenas son inferiores a 20 años y por eso tiene un límite máximo de cumplimiento de 25 años. Lleva 18 en prisión y está en la calle. Y es la continuación de otros muchos.





