CRÓNICA
Ganadería

Jeringuillas contra la DNC: una primera línea de veterinarios protege España del mal de los 'chupasangres' que arrasa a las vacas

En el norte de la Península se levanta, a punta de jeringuilla, un muro sanitario contra la dermatosis nodular contagiosa, una enfermedad de las vacas que ya ha obligado a sacrificar 2.500 reses en Gerona y unas 3.000 en Francia, y que podría arrasar la cabaña bovina española si lograra propagarse. Docenas de equipos veterinarios trabajan contrarreloj en Cataluña, Aragón, Navarra y Guipúzcoa para impedir que se disemine ese mal que llena de costras y de nódulos a los animales

La vacunación masiva contra la DNC busca contener los incipientes focos de esta enfermedad bovina en España.
La vacunación masiva contra la DNC busca contener los incipientes focos de esta enfermedad bovina en España.FERRAN BARBER
Actualizado

El mal no se propaga por el aire a la manera de las malas noticias. Viaja prendido de la aguja de ciertos insectos chupasangres. Un mosquito, un tábano del género Haematopota o una mosca de los establos —cualquier «vampiro menor» de los que frecuentan el crepúsculo— pica a una res infectada y se lleva el virus como una mancha reciente. Luego, vuela unos metros y, al clavar la trompa de nuevo, lo reinocula mediante la punción.

Son contagios de rutina que convierten una granja saludable en el siguiente punto del mapa de explotaciones afectadas. Por decirlo de otro modo, el virus hace autostop en el aparato bucal de los dípteros hematófogos (la literatura científica señala también a las garrapatas).

Para saber más

«Y el problema de esta enfermedad es que te sale un positivo en el rebaño y te obligan a sacrificar la explotación entera», dice el secretario general de Asaja en Aragón, Ramón Solanilla. El líder de esa organización agraria sabe bien de lo que habla porque tiene también vacas. Su granja está en Laspuña, un pequeño pueblecito oscense incrustado en un balcón del Pirineo aragonés con vistas al río Cinca.

En el Sobrarbe —su comarca—, llevan ya semanas vacunando reses, en un intento de impedir que el mal dé el salto desde Francia. Hasta el día de hoy, no se ha declarado ni un solo caso en Aragón, pero en Gerona y al otro lado de la cordillera hay brotes ya consolidados que explican esa sensación tangible de acechanza insidiosa y amenaza. Los equipos veterinarios aragoneses son —junto a sus colegas de Navarra, Cataluña o Guipúzcoa— la primera línea de defensa frente a un mal que podría poner en jaque a todas las vacas españolas.

Apenas 60 kilómetros separan el rebaño sano de Solanilla de las granjas francesas de Ariège que la dermatosis nodular contagiosa ha devastado. «Yo aún no he vacunado a mis animales porque con las lluvias y este barro se complica ese trabajo. Pero me propongo hacerlo en breve», dice el secretario aragonés de Asaja.

La dermatosis nodular contagiosa, o DNC, no es un virus nuevo, sino más bien un experimentado viajero que lleva cerca de un siglo recorriendo continentes y burlando las fronteras humanas. Se describió por primera vez en 1929 en Zambia, en el África subsahariana, y durante décadas se mantuvo confinada allí. Algo más tarde, también se detectó en ciertas zonas de Oriente Medio.

Fue a partir de 2010 cuando empezó a avanzar más resueltamente en dirección al norte: en Turquía se detectó en 2013 y, desde ahí, en agosto de 2015 logró conquistar Grecia. Acababa de llegar a Europa, pero España se sentía relativamente a salvo porque el mal se hallaba todavía en el otro confín del Mediterráneo.

En alrededor de un par de años, la enfermedad se diseminó por los Balcanes: Bulgaria, Macedonia, Serbia y otros países limítrofes. La DNC irrumpía en el rebaño como un incendio silencioso. Lo que los ganaderos de aquel entorno geopolítico aprendieron muy pronto es que entre la picadura de un mosquito o una mosca pícida y la aparición de los primeros síntomas podían transcurrir entre cuatro y 28 días (el lapso estándar habla de dos semanas): un período de incubación en que el establo seguía oliendo a paja seca y las vacas comían, rumiaban y se movían como siempre.

Los veterinarios se afanan en trabajar contra el reloj frente a la DNC.
Los veterinarios se afanan en trabajar contra el reloj frente a la DNC.FERRÁN BARBER

No había bultos todavía, ni costras. Sólo el rumor de las moscas en las paredes, el tintineo de los collares y el resoplido tranquilo de las reses. Luego, de golpe, se modificaba el aire de la explotación donde se había infiltrado el virus. La fiebre de los animales subía de forma brutal y al tercer o cuarto día empezaban a aparecer bajo la piel nódulos duros del tamaño de una avellana.

Se extendían al principio por el cuello, el lomo y los costados. Luego, bajaban hacia el vientre, las ubres y el morro. Hay vídeos en las redes donde puede verse a esas pobres criaturas restregándose contra las paredes del establo en el vano intento de hallar alivio al prurito.

Inevitablemente, los bultos se multiplicaban por docenas, por cientos. A menudo se rompían creando costras oscuras y llagas purulentas que sangraban y supuraban. Entre tanto, las ubres se endurecían y se deformaban, y la leche se cortaba o se reducía a un hilo. Las vacas dejaban de comer, perdían peso, se quedaban de pie como estatuas inertes.

Desde los Balcanes, la DNC fue avanzando en zigzag y a intervalos irregulares por el sur de Europa hasta que, en 2025, reapareció en el Mediterráneo occidental: primero en Cerdeña, luego en la región italiana de Lombardía, y a partir de ahí, se coló de rondón al otro lado de los Alpes, hasta que en junio de ese mismo año Francia confirmó su primer foco en una explotación lechera de la región de Chambéry (departamento de Saboya).

Rápidamente saltó por el arco alpino y, después, por el frente pirenaico: Alta Saboya, Ain y Ródano; y más tarde Pirineos Orientales, Ariège y Alto Garona. Los chupasangres, favorecidos por el calor y la humedad, se encargaron de transportar el virus de una granja a otra, mientras los movimientos de ganado —legales e ilegales— abrían nuevas vías de propagación.

LA LLEGADA A CATALUÑA

Y al final se introdujo en el norte de Cataluña. El 4 de octubre del pasado año, la Generalitat confirmó el primer caso en una explotación de recría lechera de Castelló d'Empúries, en el Alt Empordà. En unos pocos meses, la enfermedad se propagó por la provincia de Gerona y comenzaron las vacunaciones de emergencia y los sacrificios.

Lo que se libra desde entonces es una especie de guerra sanitaria silenciosa que, a diferencia de otros males como la peste porcina o la lengua azul, no ha acaparado grandes titulares. Claro que, de momento, se diría que España le está ganando la partida al mal.

«Nos inquieta lo ocurrido porque, en la práctica, los sacrificios masivos de reses en las granjas de bovino se traducen con frecuencia en su cierre definitivo, independientemente de que las administraciones públicas se hagan cargo de las vacas muertas», afirma Solanilla.

La veterinaria Claudia, administrando una dosis de la vacuna a una vaca en una explotación del Pirineo.
La veterinaria Claudia, administrando una dosis de la vacuna a una vaca en una explotación del Pirineo.FERRAN BARBER

«El tema es bastante más complicado que reponer los animales», continúa. «Un ejemplo: la mayoría de granjas lecheras llevan años invirtiendo dinero en vacas de alto rendimiento con características productivas muy concretas. Esa genética no se puede valorar en euros porque es un capital difícil de recuperar. Y en ganadería extensiva, sucede exactamente igual. Empezar de cero no es sólo coger animales nuevos, es volver a construir un rebaño, un sistema, un modo de vida. Muchos ganaderos de edad avanzada ni se plantearían reponer esa cabaña si tuvieran que hacerlo».

Francia se ha convertido en el espejo en el que nadie quiere mirarse. Desde aquel primer caso confirmado en la Saboya, el virus se ha ido encadenando de granja en granja, hasta sumar 117 focos en 11 departamentos, según el balance oficial actualizado a 3 de febrero de 2026. El Ministerio de Agricultura francés calcula que se han eliminado en torno a 3.000 reses y alrededor de 700.000 cabezas han sido vacunadas en las zonas reguladas.

En Cataluña, tras la confirmación del primer caso, los focos fueron apareciendo uno tras otro —seis más en apenas diez días— hasta alcanzar, el 22 de octubre, 17 explotaciones afectadas en la provincia de Gerona, con unas 2.500 reses sacrificadas y alrededor de 152.000 animales inmovilizados bajo fuertes restricciones de movimiento. El 24 de octubre, los Servicios Veterinarios Oficiales elevaron el total a 18, todos en Gerona, cifra que se ha mantenido como referencia en los informes estatales.

Para impedir su propagación, la Generalitat ha dibujado una gran corona restrictiva alrededor de esos focos primigenios: una zona de protección de 20 kilómetros y una zona de vigilancia que se extiende hasta los 50, donde la vacunación es obligatoria y los movimientos de animales se controlan con un celo casi quirúrgico. En ese cinturón, cada res que entra o sale lo hace con autorización, guía sanitaria y, muchas veces, con un análisis negativo en la mano.

Por encima de ese mapa autonómico se superpone el del Gobierno central y el de la Comisión Europea. Bruselas ha autorizado la vacunación de emergencia también en buena parte del norte peninsular, y ha ido afinando el dibujo de las zonas restringidas conforme mejoraban los datos epidemiológicos, hasta empezar a levantar algunas limitaciones a principios de 2026.

NUEVAS ENFERMEDADES

El Ministerio de Agricultura ha extendido la barrera a Aragón, Navarra y Gipuzkoa, creando un cinturón sanitario a lo largo de los Pirineos en el que se concentran las vacunas, las inspecciones y las restricciones de movimiento.

«Con el cambio climático están apareciendo enfermedades que no habían estado nunca aquí y que causan daños muy importantes a la ganadería», asegura la veterinaria Claudia Martín, funcionaria de la Agrupación de Defensa Sanitaria (ADS) de bovino del Sobrarbe, una estructura colectiva de ganaderos que coordina programas de prevención y lucha contra enfermedades en toda la comarca desde la cooperativa de Aínsa (Huesca).

Encontramos a Claudia esta semana junto a varios compañeros más de su ADS vacunando vacas en una explotación situada en Fiscal, a sólo unos kilómetros del parque nacional de Ordesa. A su juicio, «la única forma de parar el virus es crear zonas y perímetros totalmente vacunados. En nuestro caso, en Aragón, eso significa blindar la franja de frontera con Cataluña y, además, tener en cuenta que en Francia hay focos a apenas treinta kilómetros de aquí».

El cinturón aragonés de jeringuillas que la veterinaria contribuye a levantar se compone de dos murallas superpuestas. La primera es la física: decenas de miles de reses vacunadas en las comarcas pirenaicas, empezando por las más próximas a Cataluña y la frontera francesa. La segunda es la burocrática: zonas de vigilancia, guías de movimiento más estrictas, controles en granjas, ferias y mataderos.