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No hizo falta ni un beso. Bastó el abrazo, el gesto de horror, la cara entre las manos tras la pillada. Lo vio el cantante de Coldplay, sus fans, el mundo entero. "O esos dos tienen un affaire o son muy tímidos". En 15 segundos, el vídeo viral del CEO de Astronomer, Andy Byron, y su jefa de personal -cazados por una kiss cam en pleno concierto- no sólo revela una infidelidad. También dice mucho de nosotros.
Nunca nos habría fascinado tanto si no les hubiésemos puesto nombre, si no fuesen bellos y poderosos. Los ricos también lloran, también pecan, también se equivocan... y cómo nos gusta verlo.
Pasó en aquella gala del MET en la que unas cámaras de seguridad cazaron a la hermana de Beyoncé atizando a su cuñado, Jay Z. Puro cine. En aquel Burning Man en el que Íñigo Onieva, a punto de casarse con Tamara Falcó, se besaba con otra chica. Puro vodevil. En aquel avión presidencial donde vimos a Macron recibiendo un manotazo de su mujer. Puro scandale.
El ojo indiscreto de las cámaras está en todas partes. Mira, un reel, un TikTok... ¡una infidelidad! Vivimos expuestos como en las cárceles circulares de Bentham, donde las celdas rodeaban la torre del vigía. Bienvenidos al "panóptico digital" del que habla el filósofo Byung-Chul Han: exhibicionismo y voyeurismo a la vez, una cárcel construida por nosotros mismos... pese a creernos libres.
Hipercomunicados y expuestos, nos fascina observar en directo la destrucción de una persona. Vemos en bucle el vídeo de la pillada, sabiendo que nada será lo mismo para el CEO de Astronomer. De hecho, ya no lo es. Pasa un poco en la serie The Studio: cada decisión de sus protagonistas -responsables de un estudio de Hollywood- será peor que la anterior, hasta cabrear al mismísimo Scorsese. Todo va a empeorar... y no puedes dejar de mirar.
Estos días me he vuelto a acordar de otra caída que nos hipnotizó. Fue uno de los primeros escándalos políticos que amplificaron las redes, hace más de una década. Anthony Weiner era un prometedor congresista cuando tuiteó una foto muy explícita (erección incluida). El caso siguió escalando (muchas mujeres, mucho sexting...) y él acabó dando todo tipo de detalles en una humillante comparecencia junto a su mujer Huma Abedin, otra prometedora demócrata. El arranque de The Good Wife hecho realidad.
Hoy nadie se acuerda de Weiner, como dentro de poco olvidaremos al CEO de Astronomer. El mes pasado, pensé en él al leer sobre la boda de uno de los hijos de George Soros. La novia era Huma. En el panóptico digital, siempre hay una nueva celda que mirar, capaz de hacernos olvidar la anterior.


