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Enric Auquer (Rupià, Girona, 1988) acude en camiseta deportiva, bermudas muy cortos y deportivas gastadas. Espera leyendo el periódico y tardo un rato en darme cuenta de que ese tipo que podría ser cualquier amigo mío un domingo de resaca es, aunque intente disimularlo, el actor que más ha subido en el escalafón en los últimos cinco años.
Desde el Goya por 'Quien a hierro mata', enlaza trabajos y elogios, tanto en cine ('La vida padre', 'El maestro que prometió el mar') como en series ('Vida perfecta', 'La línea invisible', 'Sky rojo'). Ahora protagoniza 'Casa en llamas' (ya en salas), una tragicomedia sobre las miserias de la burguesía y la familia... que son unas cuantas.
- ¿Ha cambiado tu visión de la familia pasar de hijo a padre?
- Muchísimo. Es muy distinta mi familia nuclear de ahora, que me posiciono como cuidador, a cuando era el hijo al que le tocaba ser cuidado. Me he dado cuenta de que también me toca pasar a ser cuidador con mis padres, no ya de salud sino afectivamente, y no lo hago del todo bien. Me gusto más como cuidador de mis hijos que de ellos porque, a veces, sigo viéndome en aquel rol de adolescente extraño y me cuesta aún responsabilizarme de que me toca cuidarles y darles un cariño de verdad como el que doy a mis hijos.
- Ya verás cuando tus hijos dejen de idolatrarte...
- Hostia, ese momento terrible en que descubran que su padre es una mierda. No sé, cuando llegue llegará. Yo espero ser muy sincero, decirles la verdad siempre y, luego, ellos tendrán que destruirme para tirar hacia delante en la vida. Todos lo hemos hecho, pero será duro.
- ¿Sigues considerándote un actor de teatro por encima de todo?
- Con el teatro siento un compromiso artístico más heavy. He reflexionado mucho sobre el talento y me he dado cuenta de que había cometido el error de sentirme orgulloso del que tengo. En realidad, eso es una cosa muy pueril y muy absurda. Respeto mucho el talento que tengo, y lo cuido y lo amo, pero es como sentirse orgulloso de ser guapo o alto o, si has nacido en una familia con privilegio, creer que el dinero que tienes dice algo de ti. Me he dado cuenta de que lo importante, de lo que me siento orgulloso, no es del talento sino de la búsqueda, del rigor, del trabajo, de la sensibilidad, del nutrirme de cosas, de la investigación y de darlo todo cada día en el teatro haya mil personas o 40. Todo esto es de lo que me siento orgulloso. Era absurdo creerme dueño de mi talento cuando no he hecho nada para ganármelo.
- Te preguntaba porque los premios, el cine y las series van a hacer imposible que te sigas escondiendo.
- Cada vez me reconoce más gente, pero aún son básicamente personas a las que les gusta mi trabajo de verdad. La gente que se atreve a acercarse no lo hace como un fenómeno fan, porque no soy tan famoso como para que se sepan mi nombre. Hay algunos que sí, pero percibo que la mayoría de los que me reconocen piensa "tú eres actor" y no "tú eres Enric Auquer". Cuando he trabajado con Luis Tosar o Carmen Machí, que sí que son iconos, he visto lo que es la fama y yo aún estoy muy lejos. Mejor. Creo que la profesión me ha comprado, hay directores que quieren trabajar conmigo y no me falta trabajo, pero tengo una vida relajada por la calle y puedo seguir siendo un ser invisible muchas veces.
- ¿Te gustaría serlo de verdad?
- No sé, depende de cómo entres al trapo con esto de la popularidad. No tengo redes sociales, casi no hago anuncios, no vendo otra cosa que no sea hacer películas, series y explicar relatos. Simplemente hago mi trabajo y eso también es una forma de protegerte. Yo estoy contento con cómo lo he enfocado por ahora.
- Y aun así te ves en la prensa rosa por tu relación con Macarena García.
- Eso es una mierda.Todo es para vender, para arañar clics. Estas publicaciones te ponen casi un acertijo como titular para que le des, tengan visualizaciones y los anunciantes estén contentos. Me sorprende que la gente caiga y dé clic a eso, a mí no me interesa nada.
- ¿Por qué has decidido no tener redes sociales?
- Porque tuve ocho meses y me enganché un poco, así que me lo quité y creo que vivo muy bien sin ellas. A veces sí tengo la sensación de que renuncio a cosas, a poder ganar dinero fácil haciendo algunas publicidades, pero me da igual realmente. Creo que en las redes sociales te expones mucho y también entras en unos debates que no son reales con gente que se atreve, en el anonimato, a decir barbaridades. Mejor no verlo porque es la manera de no entrar al trapo. Es poco interesante y no es la vida real.
- Pero, como comentabas, es una vía de ingresos fijos en una profesión tan inestable como la vuestra.
- No critico a nadie que juegue ese juego. Hay actores y actrices para los que es un complemento de su carrera, se ganan allí la vida y tienen una relación con eso más sana o menos sana, pero yo he optado por esto. Hubo un momento, cuando era más joven, en el que parecía que no podías hacer una carrera sin todo eso, incluso te decían: "Hay papeles que pierdes por no estar ahí, por no mostrarte". Bueno, los papeles que pierdo por esto son papeles que, seguramente, no querría hacer. También hay una cierta militancia de poder ser un referente para otra persona que se sienta incómoda con redes sociales y se asuste pensando que no se puede ser actor sin tenerlas. Se puede. Es mejor no escuchar tantas cosas, buenas y malas, sobre ti. La vida es algo mucho más normal.
- No compras el glamour del cine.
- Qué va, no tiene. Si la gente viera mi vida fliparía porque tiene cero glamour, pero cero, eh. Me levanto con los dos niños, les doy el desayuno, les preparo el bocata, los visto, los cargo en la bici, los llevo al cole, vuelvo a casa, estudio un poco, me voy a comprar, hago la comida, dejo la cena medio preparada para la noche, extraescolares, duchas, jugar un rato, cena, cuentos y a dormir para empezar otra vez lo mismo al día siguiente. Como tú, como cualquiera. ¿Dónde está el glamour? No hay y me gusta que sea así. Es sólo un trabajo.
- Sufriste una infancia y una adolescencia duras porque no encajabas. Es frecuente que el sistema orille a los niños que tenéis inquietudes más artísticas que académicas.
- Sí, se nos estigmatiza un poco. Para mí el colegio y el instituto fueron un drama, aún tengo a veces pesadillas. Aparte, yo estoy diagnosticado con TDAH (trastorno de déficit de atención e hiperactividad) y soy muy disléxico y hubo momentos en los que me llegué a sentir tonto. Hay una estigmatización muy grande hacia el mal alumno sin plantearse, en muchos casos, cuáles son las causas de que lo sea. Yo he ido a una escuela pública en un pueblo de los años 90 y 2000 y para mí la escolarización fue difícil. ¿Podría haber acabado en drama? A lo mejor sí, de no haber tenido el privilegio de una familia con un nivel cultural muy alto, una sensibilidad muy grande y un acompañamiento muy sólido de mis padres.
- ¿Cuándo te diste cuenta de que la interpretación era tu camino?
- Desde niño, en mi casa siempre hubo una cierta conciencia de que había algo artístico fuerte en mí y se me estimulaba. Hice alguna vez teatro y sentía que me gustaba, pero nunca me lo tomé en serio. Con 19 años estaba viviendo en Londres, ya me había cansado y mi madre me dijo: "¿Por qué no vuelves aquí y te pones a estudiar teatro?". Ella siempre lo vio, ha sido su leitmotiv: "Tienes que estudiar teatro, tienes que estudiar teatro...". Ella es bailarina y tiene un sexto sentido, vio al actor en mí mucho antes que yo y me fue convenciendo, hasta que un día dije: "Venga, lo voy a probar". Y me di cuenta de que el teatro y la interpretación engloban muchas cosas: una expresión artística muy grande, una conexión contigo mismo, una manera de expresarte muy fuerte, un trabajo colectivo y, además, es un pozo de sabiduría de grandes textos y grandes pensadores a los que vas a estudiar. Es una profesión increíble. No sé, he tenido la suerte de descubrir lo que me hace feliz y lo que sé hacer. Me siento muy orgulloso de mi proceso, de mí y de haber encontrado algo que quizás me haya salvado la vida.
- Hasta esa revelación, ¿qué plan vital tenías?
- Ninguno. Mi hermana vivía en Londres y fui a aprender algo de inglés, descubrirme y vivir la vida sin estrés. Trabajé en el Cirque du Soleil de staff, de lavaplatos, de mil cosas. Al principio estaba bien, pero me estresé porque estaba ahí esa presión que todos los adolescentes viven de tener que encontrar tu sitio con prisas todo el rato. Y eso ha ido a peor. Me dan mucha pena los jóvenes ahora.
- ¿Por qué?
- Porque hay un mundo que parece que está fatal y les ha quitado la esperanza, por eso están votando a la ultraderecha. Se han sentido muy descuidados para llegar hasta ahí. Les bombardeamos constantemente con unos productos de ficción terribles, fascistas y catastrofistas. Las series y las películas han comprado un discurso plagado de futuros distópicos que no ofrecen ninguna esperanza, no se confía en la utopía, en el trabajo colectivo, en el objetivo de crear un mundo mejor... Y, además, los chavales viven con esta mierda de políticos actuales, que son unos irresponsables y están todo el rato peleándose, mientras la ultraderecha les llama y les convence de que ellos sí les van a cuidar. Es una puta mierda.
- ¿Ha cambiado el ambiente en Cataluña con la amnistía?
- Sin duda, a mejor, pero da igual porque se instrumentaliza políticamente todo y hay que convertirlo en una guerra. Salvando las distancias, es como cuando se pone en riesgo la conciliación lograda en el País Vasco, se instrumentaliza a las víctimas, se habla de ETA cuando ETA ya no existe y se criminaliza a Arnaldo Otegi, una persona que ha pasado por la cárcel y que ha hecho mucho por la conciliación del País Vasco. Pero hay unos discursos políticos incendiarios desde Madrid que no aportan nada para la paz y siguen buscando el conflicto entre españoles. Es una irresponsabilidad política que no busca la concordia, sólo los votos. Y tampoco es muy inteligente porque, con esa estrategia, la derecha española no puede pactar con nadie que no sea la extrema derecha.
- ¿No me vas a pedir dejar de hablar de política?
- No. Hay que hablar de política y que cada uno tome sus decisiones. Yo estoy preocupado porque creo que ya no podemos frenar el auge de la ultraderecha. A veces llego a pensar que lo mejor es que gobiernen un tiempo, muestren de verdad lo que son y eso genere una militancia en contra, porque cuando ahora hablamos de la extrema derecha parece que sea un fantasma que no sabemos muy bien qué hace y hay una inconsciencia por parte de los jóvenes que la vota. No saben las consecuencias de las medidas que van a tomar después y cuánto les va a afectar. Tenemos que abrir los ojos de la gente y defender lo que hemos ganado, porque a la ultraderecha y al fascismo no se les tolera, se les combate. Da mucha pena tener que combatir contra un tipo de discursos de odio que creíamos superados por toda la sociedad, pero a esa mierda hemos llegado. Hay odio, hay violencia, hay intolerancia, hay neonazis que pegan una paliza a un homosexual y los partidos de ultraderecha, y a veces los de derechas, giran la cabeza y no condenan esos actos. Es pura irresponsabilidad política.

