Según el color de los metales, cuyo resplandor emite indiscriminadamente un veredicto inapelable, el atletismo español ha perdido peso en Tokio con relación a Río. En Brasil obtuvo un oro (Ruth Beitia) y una plata (Orlando Ortega). En Japón, un bronce (Ana Peleteiro).
Puede que haya perdido peso, pero no tono. Al contrario. En Río, la referencia más cercana y, por lo tanto, comparable y reconocible en el tiempo, ya que no en la situación del planeta, tuvimos cuatro finalistas (un primero, un segundo, un séptimo y un octavo puestos). En Tokio, a pesar de que la aportación para el deporte en general pasó entre nosotros de 36 millones a 22, conseguimos 11. Se desglosan en un tercer lugar (Peleteiro), cuatro cuartos (Eusebio Cáceres, Álvaro Martín, Marc Tur, María Pérez), tres quintos (Adrián Ben, Adel Mechaal, Ayad Lamdassem), dos sextos (Asier Martínez, Diego García) y un octavo (Mohamed Katir).
Otros atletas en Tokio, como Ignacio Fontes, Marta Pérez (1.500), o Javier Cienfuegos (martillo), accedieron a sus finales respectivas, aunque, una vez en ellas, no llegaron a clasificarse entre los ocho primeros, la posición que designa la categoría de finalista y se hace acreedora al diploma olímpico, esa recompensa secundaria, pero de gran alcance no sólo simbólico.
Para el aficionado, para el público, y no es reprochable por otra parte, el número de medallas, un dictamen valorativo comprensible en el acto, se impone sobre cualquier otra consideración y juicio. Los técnicos, los expertos, los especialistas, los directivos, sin embargo, y sin desdeñarlas en absoluto, ya faltaría, aprecian tanto o más, si cabe, el de finalistas. Un índice que expresa la densidad, la profundidad, el estado global, fiable, mensurable de su disciplina.
No importa a qué deporte en España nos refiramos. Todo análisis sobre su situación y comportamiento, y no digamos cualquier elogio, pasa por reconocerle el mérito de existir, y mucho más de destacar, en un país dominado hasta la saturación, en la prensa y en la calle, por el fútbol. España es un país de escasa cultura deportiva y mucha carga futbolística derivada en futbolera. El fútbol sofoca o desvía vocaciones.
A partir de tal premisa, y a despecho de las inevitables decepciones atribuibles a veces a la famosa "presión", que lleva a que un fracaso suscite por doquier más elogios y reciba más aplausos que un éxito, nuestro atletismo nos ha mostrado en Tokio un rostro mayoritariamente joven y agraciado. Gente ilusionada, comprometida, enamorada de su oficio y dispuesta a continuar ejerciéndolo con altura y lejanía de metas.
Muchos de esos hombres y mujeres han batido sus marcas de siempre o mejorado las de la temporada. El sentido de la oportunidad revela una preparación acertada, profesional, atribuible en gran medida a un vocacional, dedicado, eficaz colectivo de entrenadores que trabajan en la sombra. Algunas modalidades, como el mediofondo (800, 1.500), el fondo corto (5.000) y la marcha, han mantenido el prestigio adquirido de muchos años atrás. Sus representantes se han dejado ver. Y, aunque sin medallas, no precisamente como actores sin frase.
El atletismo mundial está experimentando algo muy parecido a una revolución tecnológica que, unida a la aparición en todos los continentes de talentos deslumbrantes a edades tempranas, lo conduce a recobrar un interés y un protagonismo en retroceso. España, según sus posibilidades, que en ciertos casos no son precisamente pocas, no puede quedarse al margen de este resurgimiento.
El atletismo sigue siendo el deporte más extendido del mundo. Tokio ha mostrado una rediviva panoplia geográfica que lo universaliza aún más. Se ha reabierto a una esperanza de la que España no se halla ausente.
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