La geopolítica global gira en torno a China: en Washington, donde el tono de la conversación es simplemente bélico, no se discute si se producirá o no el temido enfrentamiento EEUU-China, sino cuándo sucederá; en Moscú, porque Vladimir Putin no ha escatimado genuflexiones a Xi Jinping en su reciente visita, si bien ambos, a pesar de su inquietante respaldo mutuo, no han logrado cerrar estrategia alguna mínimamente creíble que pueda ser considerada un win-win para los dos. Lo único evidente es que China, por ahora, aprovecha la debilidad y los errores rusos en su beneficio. En la Unión Europea, la creciente asertividad china preocupa, pero la conversación es muy diferente de la norteamericana, como demuestran las visitas de Scholz, Sánchez, Macron, Von der Leyen y Borrell a Pekín
Europa no quiere que China se cierre alimentando la fragmentación global y el proteccionismo, reforzando el antagonismo y la propagación de su esquema de desarrollo autoritario contrario a la democracia y a la protección de los derechos humanos. Y también en el sur Global. Y es que, aunque creamos que China ha estado paralizada desde 2020 debido a su pésima gestión de la pandemia no ha sido así. Acabamos de ver su mediación en el acercamiento de Arabia Saudí e Irán, y también de saber que, aunque apenas haya sido noticia a pesar de sus hondas implicaciones, entre 2008 y 2021 financió el rescate de emergencia a 22 países por 240.000 millones de dólares por deudas casi exclusivas de inversiones en infraestructuras de la nueva Ruta de la Seda (Belt and Road que movilizó 900.000 millones en total), algunos tan "occidentales" como Argentina, Pakistán, Kenia o Turquía (estudio conjunto del Banco Mundial, Harvard Kennedy School, Kiel Institute y AidData), reforzando la dependencia de estos países del opaco sistema financiero chino. Estas cifras, equivalentes ya a las manejadas por el FMI (sus 10 principales deudores acumulan 80.000 millones de dólares de deuda pendiente, 42.000 sólo Argentina, 17.500 Egipto o 7.850 Paquistán), muestran la potencia china. El FMI, durante décadas principal prestamista de última instancia del mundo, tiene un grandísimo competidor en la concesión de préstamos de emergencia a países endeudados. Sólo en 2021, China concedió 40.500 millones de dólares y el FMI, aun por delante, 68.600 millones. China es líder, no obstante, en países de renta media, su prioridad comercial y financiera.
Mientras, China pretende liderar globalmente las cadenas de mayor valor añadido y tecnología avanzada sin aislarse, manteniendo sus relaciones comerciales, en el sur global a su manera, y también con Europa y el resto del mundo en el marco del debilitado sistema multilateral y de la OMC.
Aquí, la presidenta Von der Leyen ha declarado que respecto a China, la UE quiere reducir riesgos económicos y diplomáticos pero no desacoplarse, porque una desvinculación total como parecen perseguir los EEUU no sólo no sería viable sino también contraria a los intereses europeos.
Es difícil imaginar una realidad comercial, energética, de materias primas estratégicas, de producción de componentes tecnológicos sin China. Sin China tampoco será posible gestionar grandes retos globales como el cambio climático. La interdependencia es tal que, por ejemplo, hay que prepararse para el impacto que tendrá la recuperación económica china el próximo invierno en los mercados de energía.
Europa también persigue reforzar su autonomía estratégica en lo productivo, tecnológico e industrial sin renunciar a mercados como el chino. Esta voluntad no es exclusivamente europea. Para muchas multinacionales de todo tipo y sector el mercado de China es fundamental.
Europa tiene que complementar su enfoque regulador, históricamente sustentando en su confianza en un ordenamiento multilateral que ya no garantiza su eficacia, con una actitud enérgica y exigente en defensa de su modelo económico, industrial y tecnológico, sin renunciar al multilateralismo. Por ejemplo, la UE acaba de pelear y conseguir que, para desesperación de los más proteccionistas, el Inflation Reduction Act (IRA) de Joe Biden no discrimine a la industria del automóvil europea ni a sus baterías.
La respuesta europea exige la Unión Bancaria y la Unión de Mercados de Capital, también la Unión Energética y un nuevo instrumento financiero que permita financiar proyectos industriales y tecnológicos de todo tipo y escala europea con la eficiencia, simplicidad, neutralidad y solvencia que el IRA ha logrado en los EEUU. Como agente en el exterior, debe reforzar su agenda con países que no se han alineado con China. Sólo así podrá Europa preservar y reforzar su competitividad general, interna y externa.
La gran pregunta europea es si China podrá converger con las democracias liberales a largo plazo, difícil pregunta tras la brutal invasión rusa de Ucrania. Por ello, hay que prepararse para todo tipo de respuesta.
Juan Moscoso del Prado es senior fellow de EsadeGeo.
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