En el año 2003 Madrid albergó las dos obras de mayor magnitud de toda Europa. Una de ellas, la Terminal 4 del aeropuerto de Barajas, es conocida y visitada por todos. La otra, a pesar de que cuenta con centro médico, escuela infantil, nueve restaurantes, campo de golf y hasta un museo, no tanto. La Ciudad Grupo Santander, sede corporativa de la compañía, recibe a Actualidad Económica con motivo de su 20 cumpleaños.
A pesar de las dos décadas que cumple en 2024, sólo hay dos cosas que quedaron obsoletas en la ciudad del Santander en Boadilla. Una de ellas es, de hecho, bastante paradigmática, en el sentido de que ilustra muy bien cómo ha cambiado el mundo en este tiempo: los techos verdes fueron sustituidos por paneles solares. Lo que hace unos años se veía como una forma de combatir el impacto de la contaminación ocupa el terreno que recientemente han conquistado los paneles fotovoltaicos. Cuando termine la construcción del último parque sumarán 21.000 placas. De momento hay 11.000 y producen 6,5GWh, equivalente a la demanda de 1.700 viviendas.
"Lo pensamos para que fuera atemporal", presume Alfonso Ráez, director de inmuebles del Banco Santander. Fue uno de los encargados del proyecto y se enorgullece de que "pocos conocen mejor el intríngulis" de la ciudad. Pasea saludando por su nombre a los empleados con los que nos cruzamos y aportando datos que, para qué negarlo, ya preguntamos por intentar pillarle en un renuncio. No hay forma. Hay, por cierto, 108 ascensores.
Fue una "obra faraónica" que oficialmente comenzó cuando en mayo de 2002 se iniciaron los movimientos de tierra. "Esto no era sólo construir edificios, había que construir toda la urbanización que da soporte", contextualiza el directivo. Lo compara con "hacer un gran PAU", ya que supuso edificar viviendas, pero también "todo el desarrollo urbanístico de toda la parcela". Incluso se reforestó la zona con más de 24.000 árboles, 360.000 arbustos y la colección de 1.200 olivos del Santander, que cuenta con "521 muy singulares". Los hay centenarios, milenarios -Gerión, el más antiguo, tiene una edad estimada de 1.600 años- o de Calabria, que llegan a medir 25 metros. Simbolizan, explican desde la compañía, valores atribuidos a la banca como la fortaleza o la longevidad. Varios lagos permiten recoger y canalizar el agua de la lluvia, que se depura y se utiliza también para regar.
El 13 de abril de 2004 empezaron a llegar empleados a los edificios centrales escalonadamente: 500 por semana. Para julio ya había más de 4.000 trabajadores y muchos de ellos viven ahora en la propia Boadilla o en otras poblaciones cercanas. Todo ello, rememora Ráez, a pesar de competir "con otra obra faraónica". Es verdad que eran unos años en los que había bastante gente en la construcción, pero hubo una punta que era imposible de cubrir porque estos dos proyectos se llevaron todos los recursos que había", explica.
La situación supuso algún problema con los perfiles más especialistas -"tuvimos que hacer reconversión interna porque no había suficiente mano de obra"- y por la magnitud del proyecto, que además incluía tecnologías novedosas, menos desarrolladas. El sistema de control, apunta Ráez, con más de 250.000 señales de entrada y salida, les generaba dudas y supuso "un reto".
El terreno ocupa 250 hectáreas. En la zona central se sitúan los edificios de oficinas. A su lado, las instalaciones deportivas, un lago -con un restaurante donde muchos empleados acuden a comer en los meses de calor, por su terraza-, la guardería y el centro médico, donde los empleados pueden acudir a diversos especialistas gracias a los acuerdos que tiene la empresa con Asisa y Sanitas. Hay también una guardería con plazas para 500 niños de hasta tres años, "uno de los servicios más valorados por los empleados", según Ráez. Colegio no, porque ya supone entrar en competencias de educación, aunque sí hay quien lo solicita, como también piden administración de Lotería e, incluso, viviendas.
Debajo de los edificios se ocultan a la vista 4.500 plazas de aparcamiento y un falso túnel para evitar el tráfico -y los coches aparcados- en la superficie. A pesar de ello, también se cuida la seguridad vial y si alguien comete tres infracciones se le castiga con 15 días de aparcamiento fuera de la ciudad.
Ráez presume de este submundo, que recuerda un poco a las entrañas de los parques temáticos de Disney, que tienen un sistema de galerías para que los personajes puedan trasladarse sin quitarse el disfraz y sin aparecer caracterizados en un universo que no les corresponde: nadie quiere ver a Peter Pan en el mundo de Hércules. "Todo está por debajo, el empleado no sabe lo que hace que todo funcione", resume Ráez, que explica también que hay una galería de 2,5 kilómetros y medio que recorre todos los edificios por debajo y por la que pasan la fibra, la alta y la baja tensión y "servicios críticos". 300 personas se encargan de la logística y de que todo funcione: de mantenimiento a jardinería pasando por las "casi 6.500 comidas todos los días". Anualmente se generan 1.500 toneladas de residuos que gestionan que gestionan y procesan para reutilizar todo lo reutilizable.
También hay servicio de buses -lanzadera y para moverse por las instalaciones-, capilla, tintorería, óptica, zapatero, centro deportivo -con 13 pistas de pádel, cuatro de tenis, campo de fútbol sala y 11, canchas de baloncesto y piscina climatizada-, un hotel para los empleados que acuden a formarse y hasta un parque que ocupa lo que medio Retiro donde pueden pasear, hacer ejercicio o eventos los trabajadores los fines de semana.
El museo, por su parte, alberga 194 obras de las 1.200 de la colección del banco, además de una apropiada colección de monedas y billetes. Tiene obras, de El Greco, Rubens, Velázquez, Goya, Picasso Chillida o Miró, entre otros. La sala, de enormes pasillos y techos, la puede visitar cualquiera y se encuentra en el sótano del edificio noble, donde tiene su despacho Ana Botín, aunque reparte su trabajo entre las distintas sedes de la compañía.
Los empleados y directivos del Santander no son los únicos que acuden a la ciudad. Hay zonas que se alquilan a terceros, pero también reciben visitas de empresas interesadas en crear su propia urbe. "Todo el que va a hacer una nueva sede nos visita", presume Ráez. Y una de las cosas que más les copian, explica, no tiene tanto que ver con el campus con cómo gestionaron la llegada de los empleados, que visitaban la ciudad ya durante la construcción para ir familiarizándose con ella. A pesar de ello, fue necesario "un proyecto de señalización para que la gente no se nos perdiera" y contratar azafatas para acompañar a quien se desubicaba en los primeros días. Todavía hoy es normal que se despisten los nuevos empleados.
Decíamos antes que sólo hay dos cosas obsoletas en la ciudad del Santander. En realidad, la otra más que obsoleta es anacrónica, porque funcionar, en teoría, funciona. Se encuentra pirografiada en las cuatro tablas de madera que sostienen la descomunal -unos tres metros de largo- maqueta de la ciudad que hay en el edificio por el que entran las visitas: el correo electrónico de Maquetas Orlando, la empresa que hizo esta obra de ingeniería en miniatura. Una dirección alojada en Hotmail, el servicio que compró Microsoft en 19997 y que años más tarde se convertiría en Outlook y que reinó, junto a Yahoo, hasta que Google entró en el mercado con Gmail. Pero eso no sería hasta el 1 de abril de 2004.
Hace, efectivamente, 20 años.






