Al mediodía del 2 de febrero de 2016, en Zarzuela respiraron aliviados. El secretario general del PSOE, Pedro Sánchez, aceptaba ser candidato a la investidura. No contaba con apoyos suficientes, pero deshacía el nudo que asfixiaba a la Casa del Rey, tras la renuncia de Mariano Rajoy. En la institución había preocupación porque los informes jurídicos indicaban que sin una investidura fallida no se podían convocar elecciones y el bloqueo político del país arrastraba al Rey. Donde germinó el agradecimiento y parecieron crecer lazos reina hoy la tensión. Desavenencias.
El veto del Ejecutivo, respaldado por todos los ministros que han hablado públicamente, a que Felipe VI asistiera el pasado viernes en Barcelona a la entrega de despachos a la nueva promoción de jueces -acto al que el Rey de España asiste desde hace dos décadas- ha prendido la mecha de un cartucho incandescente. En Zarzuela no gustó que Moncloa no refrendara la asistencia al acto; en Moncloa enfadó que el Rey evidenciara su malestar en una llamada al presidente del Consejo General del Poder Judicial. Un último capítulo, grave, porque la tensión es tal que supura a la esfera pública.
Y, en medio, Podemos rociando de gasolina el polvorín, con sus campañas orquestadas contra la Corona, incluso desde miembros del Ejecutivo, como Iglesias o Garzón, acusando a Felipe VI de romper su «neutralidad política» y de «maniobrar contra el Gobierno».
Unas acusaciones ante las que tanto Sánchez como sus ministros guardaron silencio. Un hecho éste, que incomoda en los círculos de Zarzuela: la escasa defensa del Ejecutivo ante los ataques, incluso en sede parlamentaria, hacia el Rey de los nacionalistas, socios de gobernabilidad de Sánchez, o incluso que el PSOE no refrende los discursos del Monarca, como sucedió la pasada Nochebuena, cuando eludió apoyar explícitamente al Rey en plena negociación con ERC, después de que el Monarca apelara a situar los «pactos dentro de la Constitución».
Cierto es que la crisis que atraviesa la Corona, a raíz de los negocios opacos de Don Juan Carlos y el hacer de Zarzuela tampoco ayudan.
La relación entre Zarzuela y el Gobierno de Mariano Rajoy no fue sencilla y presenta una herida de gravedad tras la renuncia de éste a ser candidato en 2016. Pero la llegada de Sánchez a la Moncloa evidencia un deterioro en la relación institucional. Las formas se guardan en la superficie, pero en el fondo subyace una tensión constante. Los detalles revelan falta de sintonía.
No es la primera vez que el Rey es relegado de un acto. Hace un año se celebró en Madrid la cumbre del clima. Un evento de trascendencia mundial. Sánchez acaparó todo el protagonismo, pues Felipe VI ni siquiera acudió a Ifema para hacerse la foto oficial. Su iniciativa se limitó a una recepción en el Palacio Real a los asistentes. Entonces, fuentes conocedoras de lo sucedido explicaron que «todo está acordado con el Gobierno, la ONU y Chile».
Y es que la Constitución dictamina que los actos del Rey serán refrendados por el presidente del Gobierno y, en su caso, por los ministros competentes. La Casa Real está, por tanto, a lo que disponga el Ejecutivo, que dirige la política interior y exterior. Así sucedió con, quizás, y hasta el viernes pasado, uno de los momentos más incómodos, tensos: el viaje de los Reyes a Cuba.
El Gobierno, entonces en funciones, empujó a Don Felipe y Doña Letizia a una cita histórica, la primera visita oficial de un Rey a la isla, en plena incertidumbre política, sólo horas después de las elecciones del 10 de noviembre de 2019. Nada más aterrizar en La Habana, Sánchez e Iglesias anunciaron su pacto de Gobierno. Pese a la contención, la incomodidad, el malestar fue latente. No gustaron las formas ni las maneras. También desconfiaban de los socios pretendidos por Sánchez: Podemos y los nacionalistas. «España no puede estar sin Gobierno, pero no puede ser un Gobierno sin España», expone una persona cercana al Rey.
Sánchez comunicó al Rey la composición del Consejo de Ministros por teléfono y no acudió a Zarzuela como hicieron todos sus antecesores; el Rey dejó fuera de su ronda de reuniones con ministros durante la pandemia a miembros de Unidas Podemos como Pablo Iglesias, Irene Montero o Alberto Garzón; el presidente se ausentó de la recepción al cuerpo diplomático acreditado en España, una de las citas más importantes del año en el Palacio Real, un hecho sin precedentes...
Y no sólo eso. En Moncloa no se vio bien que los Reyes asistieran al funeral ofrecido por la Conferencia Episcopal por las víctimas del Covid-19 días antes del acto oficial, que era laico; en Zarzuela no agradó que Sánchez desvelara en su libro conversaciones con el Rey...
Momentos o circunstancias que socavan una relación sustentada en la institucionalidad, pero que acumula magulladuras. Hay quienes apuntan como origen a los caracteres y formas de ser y de hacer tan distintas de Jaime Alfonsín, jefe de la Casa del Rey, e Iván Redondo, director del Gabinete de Sánchez. En las antípodas uno de otro.
«El dolor viene después», le dijo el Rey al presidente del Gobierno en enero, el día que juró su cargo como presidente del Gobierno. Quizás un preludio de lo que les esperaba.
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