Es demasiado pronto para saber si, con la apuesta del Gobierno de Pedro Sánchez por una relación más estrecha con los EE.UU., coronada por la declaración conjunta del 28 de junio, coincidiendo con la visita del presidente Joe Biden a la cumbre de la OTAN en Madrid, España gana autonomía e influencia en su política exterior y de seguridad o, utilizando palabras que dieron título al mejor libro de Ángel Viñas sobre la relación bilateral, queda un poco más atrapada en las garras del águila.
En sus orígenes, en 1953, la España de Franco vio la alianza con los EE.UU. como una forma desesperada de salir de su aislamiento y de romper el cerco internacional. En pocos años su interés prioritario pasó a ser la modernización de las Fuerzas Armadas y la ayuda económica. Los últimos gobiernos de la dictadura y los primeros de la democracia concentraron sus esfuerzos en la retirada de las armas nucleares (Polaris) de nuestro territorio, recuperar parcelas de la soberanía perdida y adaptar el Convenio bilateral a la nueva realidad española e internacional.
Esos esfuerzos culminaron en diciembre de 1988 en un nuevo acuerdo que obligaba a los EE.UU. a retirar sus F-16 de Torrejón. Cuando llegó a Moncloa, en el 96, José María Aznar, a cambio de algunas concesiones, apostó por desmilitarizar en lo posible las relaciones, integrarlas en el gran marco de la nueva agenda trasatlántica, y buscar en Washington el reconocimiento político de potencia regional y aliado privilegiado. Esas aspiraciones se intentaron plasmar en la Declaración conjunta del 11 de enero de 2001, negociada y firmada en Madrid por Josep Piqué y Madeleine Albright.
Fue aquel un texto enfocado casi por completo hacia la cooperación política, con sólo 13 líneas sobre defensa y, lo más interesante, un compromiso nuevo, al final del acuerdo, dentro del epígrafe sobre retos y riesgos, en el que ambas partes se comprometen a "proseguir en su diálogo de alto nivel en materia antiterrorista, incluyendo el intercambio de información, cooperar en el desarrollo y promoción de medidas prácticas contra la financiación del terrorismo y trabajar juntos para evitar que las rede terroristas internacionales encuentren refugio y apoyo material".
Esos compromisos, con George Bush hijo en la Casa Blanca, fueron desde el 11-S, pasando por las intervenciones en Afganistán e Irak, las prioridades en la alianza con los EE.UU. hasta el punto de ensombrecer todas las demás, con graves riesgos para el consenso interno en política exterior y de seguridad alcanzado en octubre del 84 con el famoso decálogo y para los intereses de España en Europa y en otros escenarios internacionales.
Veinte años después, siguiendo la estela del nuevo concepto estratégico de la OTAN, en la Declaración Sánchez-Biden, de cuatro folios, Rusia sustituye al terrorismo como la principal amenaza mundial y, frente al unilateralismo de Bush, desde el primer párrafo se apuesta, en la defensa de un orden internacional basado en normas que Rusia y China consideran obsoletas y desequilibradas a favor de Occidente, por el multilateralismo, las alianzas y los valores democráticos.
Los balances más rigurosos de esas relaciones, como el de 2020 del Real Instituto Elcano, coordinado por Carlota García Encina y Charles Powell, destacan la evolución continua de la relación a causa, sobre todo, de los profundos cambios del orden internacional, su creciente intensidad a medida que se ha pasado "de lo puramente militar en sus comienzos... a otros ámbitos" y su carácter asimétrico.
A estas tres características, subrayan, hay que añadir otros dos elementos esenciales, resultado de la creciente brecha entre republicanos y demócratas, y unos EE.UU. que "ven el mundo en términos competitivos, no cooperativos". Con Donald Trump, esos dos elementos se convirtieron en la amenaza principal para las relaciones de casi todos los aliados, España entre ellos, con Washington. Sin esa sacudida -el reconocimiento de la soberanía marroquí sobre el Sáhara Occidental por Trump al final de su mandato es un ejemplo-, es incomprensible la revisión por Sánchez este año de la estrategia que todos los gobiernos españoles de la democracia habían defendido sobre el conflicto.
Sin Trump, los recelos de socios y aliados se han reducido sensiblemente y la invasión rusa de Ucrania ha sido el mejor incentivo para olvidarse de las diferencias y proclamar sólo "los intereses y valores compartidos", pero Biden dejó claro anteayer en Madrid que, en la nueva relación con España, el elemento militar sigue siendo prioritario, al confirmar su plan, conocido desde hace meses, de ampliar a 6 la flotilla de 4 destructores del escudo antimisiles que los EE.UU. empezaron a desplegar en Rota en 2014.
Para la oposición y para la mayor parte de la opinión pública española, Aznar se equivocó en su segundo mandato apoyando una interpretación de su pacto con los EE.UU. que metió a España en una guerra ilegal, la convirtió en una marioneta de Washington y la alejó de París y Berlín, nuestros principales socios económicos y comerciales.
Para Aznar, fueron riesgos asumibles y necesarios por el apoyo de los EE.UU. en la lucha contra ETA y en el norte de África, las obligaciones como aliado leal y, según reconoció por primera vez desde Miami en su último viaje presidencial a los EE.UU. en septiembre de 2003, "los vínculos de España con los casi 40 millones de estadounidenses de origen hispano".
A pesar de las enormes diferencias entre González y Aznar, "ambos posesían una idea de España y sabían dónde querían verla", señala el embajador Francisco Villar en su análisis de aquellos años. "Luego llegó la crisis, el deterioro de nuestra imagen y la prioridad de los temas internos". Los bandazos entre el primer mandato de Aznar y el primero de Zapatero no ayudaron y la entrada, con Sánchez, en el primer gobierno de coalición de representantes de la izquierda que se ha opuesto sistemáticamente a la OTAN y a los pactos con EE.UU. socavaron la relación bilateral y atizazon el rescoldo de desconfianza generado por el Gobierno socialista de José Luis Rodríguez Zapatero.
El 11-M y las elecciones de 2004, como ha escrito la catedrática de relaciones internacionales Esther Barbé, "produjo un cambio de visión, de percepción y de acción" exterior del Gobierno español. Del apoyo sin fisuras de Aznar a la estrategia de Bush, obsesionado por la hegemonía de los EE.UU., Zapatero llegó a Moncloa, con Miguel A. Moratinos en Exteriores y José Bono en Defensa, con el compromiso de "restablecer el apoyo tradicional de España a Europa, al multilateralismo y a la ONU".
Mantuvo la prioridad de la lucha contra el terrorismo, pero la retirada precipitada de Irak, su llamamiento en Túnez a que otros aliados hicieran lo mismo, su retorno a la Europa de París y Berlín levantando el veto a Niza en la UE, y su defensa de la legalidad internacional y el multilateralismo eficaz en lugar de la fuerza militar abrieron una profunda brecha en las relaciones con Washington, que Mariano Rajoy y Pedro Sánchez, con desigual fortuna y nunca gratis, han tratado de cerrar.
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