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Debo reconocer que crecí pensando que el feminismo ya lo había conseguido todo. Al menos en este lado del mundo. Y admitir, incluso, que durante un tiempo ni siquiera creí que estuviera obligada a ejercer de feminista. Pasé por la universidad sin necesidad de reivindicarme. Sentía la igualdad como un derecho ya adquirido, prácticamente consuetudinario, y eso que estudié en un colegio para niñas -lo que implica que tardé en conocer a los chicos-. Uno fundado por una monja irlandesa, Mary Ward, que luchó toda su vida por fundar colegios femeninos en los que promulgar preceptos similares a los de la Compañía de Jesús. Le negaron repetidamente la posibilidad de hacerlo y, aún así, su cita más recordada es "haz el bien y hazlo bien".
Llegué a la facultad en 1998 y, aunque lo desconociera casi todo, tenía muy claro que podía hacer lo que quisiera, que el abanico de oportunidades era inmenso. Podía votar, abortar, salir, entrar, estudiar, trabajar, casarme o no casarme, tener hijos o no tenerlos; podía, en definitiva, tomar las riendas de mi propia vida. Y del feminismo no se decía ni mu. Si acaso para mal. Había conversaciones entre las propias féminas en las que decir que una lo era podía provocar el rechazo de las demás. De ahí que, en 2005, Nuria Varela escribiera en su ensayo Feminismo para principiantes que éste "era un impertinente". Añadía: "Es muy fácil hacer la prueba. Basta con mencionarlo. Se dice feminismo y, cual palabra mágica, nuestros interlocutores tuercen el gesto, muestran desagrado, se ponen a la defensiva o, directamente, comienza la refriega".
Nada es casual. Unos años después, España vivía el 15-M y aquel desbordamiento primigenio de las redes sociales, que favoreció encuentros y conversaciones entre mujeres de distintos lugares del mundo. Y el feminismo dejó de ser uno para convertirse en varios: prosex, anarco, ecologista, punk, queer o lesbiano, por nombrar algunas variantes de lo que se comenzó a denominar "nuevos feminismos", entre cuyos principios sobresalía una idea: rechazar la uniformidad en la definición de mujer.
Parecía posible la convergencia dentro de la disparidad: el cuerpo de la mujer seguía siendo el gran debate, a veces airado, pero los nuevos feminismos practicaban entre ellos la sororidad. Tal vez porque, usando palabras de la poeta estadounidense Adrienne Rich, "el tumulto interior de la mujer que se rebela" había brotado y parecía imparable: se publicaron libros de mujeres arrepentidas de ser madres, la escritora Rebecca Solnit nos enseñó lo que era el mansplaining en su ensayo Los hombres me explican cosas (Capitan Swing), llegó el #MeToo... Y había una cuestión frente a la cual las mujeres respondían como una sola: la violencia machista. Un fenómeno que eclosionó el 8 de marzo de 2018, jornada histórica del feminismo en España que llegó a analizarse en periódicos extranjeros. Tres años más tarde, pandemia mediante, en el Día Internacional de la Mujer el feminismo se había convertido en un ring. La Ley de Libertad Sexual y la Ley Trans divídían a las feministas españolas: "O defiendes la Ley Trans o no eres feminista". O bien: "Si se aprueba la Ley Trans se pierde el sujeto político del feminismo, que es la mujer".
Enormes distancias en la manera de concebir el movimiento y el foco puesto, como dice Loola Pérez, autora de Maldita feminista (Seix Barral), en "cómo no nos soportamos entre nosotras" mientras "no se da respuesta a las necesidades de las mujeres en el contexto actual", esto es, poder conciliar verdaderamente la vida laboral y la familiar, aprender -hombres y mujeres- a tener relaciones sanas y que se les atienda debidamente en especialidades médicas como la ginecología y la psiquiatría, por citar sólo tres cuestiones cruciales. No hay debate, en realidad, si somos capaces de defender y trabajar tanto en los derechos como en las obligaciones: si recordamos que, a veces, funciona mejor la acción que la reivindicación.

