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El socialismo andaluz está, electoralmente hablando, en horas bajas. Lejos quedan las seis victorias consecutivas que cosechó Manuel Chaves o el techo histórico del PSOE-A que marcó Rafael Escuredo, primer presidente electo de la Junta gracias al apoyo de más de la mitad de los andaluces (53%). En la última cita autonómica, sin embargo, aquel resultado quedó reducido a la mitad: los socialistas, con Juan Espadas a la cabeza, solo aglutinaron el 24% del voto. Cifra también de récord, pero esta vez por la cola.
Decidido a revertir esa tendencia, el PSOE envía a Andalucía su mejor baza: la vicepresidenta María Jesús Montero toma las riendas de la federación con el objetivo de reflotarla. La apuesta por la también ministra se entiende, en cierta medida, como un intento de sacar provecho de la visibilidad que tiene por su papel en el Gobierno. Pero no es ese el único elemento que podría jugar a su favor. El histórico de resultados electorales revela que el socialismo que abandera Pedro Sánchez tiene hoy más tirón en Andalucía que el de sus líderes regionales, y Montero, número dos en el Gobierno, podría ayudar a trasladar la fórmula allí.
En 2008, por última vez, los comicios generales coincidieron con las elecciones andaluzas. El PSOE-A de Chaves aglutinó el 49% de los votos; el PSOE de José Luis Rodríguez Zapatero, en esa región, sumó el 53% de los apoyos. Entonces comenzó la tendencia a la baja, pero la caída no fue de la misma magnitud: entró en juego el voto dual -diferencia en la elección de la papeleta según el ámbito territorial de las elecciones- y, mientras Sánchez logró contener la caída -e incluso crecer-, los líderes regionales solo fueron a menos.
En 2012, José Antonio Griñán sumó el respaldo del 40% de los andaluces -nueve puntos menos que Chaves- y, en 2015, Susana Díaz se quedó en el 35%. Un nuevo bajón hizo que en 2018 aglutinara el 28% del voto. Juan Espadas enfatizó la caída cuatro años después, cuando solo obtuvo el respaldo del 24% de los andaluces. En cuatro citas electorales, el PSOE-A vio reducidos sus apoyos a la mitad.
Por el contrario, Sánchez parece haber contenido la sangría. Tras el batacazo que se llevó el PSOE con Alfredo Pérez Rubalcaba en 2011 -sumó el 37% del voto andaluz, 16 puntos menos que Zapatero cuatro años antes-, con el hoy presidente el resultado bajó de nuevo en 2015, hasta el 31,5% -entraron en juego más partidos y, con ello, mayor fragmentación-. Sin embargo, la caída se quedó ahí, y Sánchez ha logrado revertir ligeramente la tendencia en las últimas citas electorales, reuniendo hasta el 33% de los apoyos en esa región en 2023. El desplome respecto a los años de oro del socialismo andaluz es innegable, pero es más atenuado si los ciudadanos votan mirando a La Moncloa, y no a la Junta. La brecha es de nueve puntos: del 24% de Espadas en 2022 al 33% de Sánchez un año después.
El que fuera bastión del PSOE está hoy desdibujado, pero la candidatura en torno a Sánchez mantiene viva la llama. Sus resultados electorales han sido siempre mejores en Andalucía que en el global de España, y así la apuesta pasa por desembarcar en la región con una pieza clave del puzle sanchista para reproducir el efecto.

