Imaginemos un mundo de aparatos interconectados. La nevera nos dice en el reloj de pulsera o en las gafas que nos estamos quedando sin leche, y las gafas o el reloj de pulsera automáticamente hacen un pedido al supermercado, que lo lleva con un robot que es como una caja con cuatro ruedas hasta la puerta de casa. Una casa cuya calefacción se enciende ella sola cuando las gafas o el reloj le indican que estamos saliendo del trabajo, y que decide cuándo compra la electricidad para las baterías de los dispositivos porque la energía es más barata. Los coches van solos y se coordinan con semáforos que, también, funcionan sin que nadie los haya programado. El médico vive a 200 kilómetros, pero puede examinarnos y hasta operarnos a distancia, usando robots para llevar a cabo las intervenciones y tabletas con cámaras para dirigirlas.
Es menos futurista de lo que parece. Todos esos dispositivos están siendo probados, o incluso disponibles. Hace cinco años, Google pagó 3.200 millones de dólares (casi 2.900 millones de euros) por Nest, una empresa que se dedica a convertir las casas en inteligentes y en hacerlas programables desde el teléfono móvil.
Para que llegue eso no solo hacen falta sensores. También es preciso aumentar la capacidad de transmisión y de descarga de esos datos. Un mundo de conectividad entre todos los dispositivos exige una red que transmita datos de manera masiva e ininterrumpida. Porque una operación quirúrgica remota no puede caerse a distancia como una llamada desde el móvil. Y un coche autónomo no puede quedarse sin internet.
La tecnología que hará eso posible está llegando. Es la llamada 5G, por quinta generación. Con ella, la velocidad de descarga de datos se incrementa ente 10 y 40 veces en relación al 4G actualmente en uso. El 5G puede hacer que se haga realidad el Internet de las Cosas (IoT, según sus siglas en inglés): ese mundo donde las máquinas están conectadas entre sí a través de la nube y van aprendiendo y desarrollando capacidades como lo hacen ahora los teléfonos móviles.
Pero, con el 5G, también ha llegado la profecía que lanzó en marzo de 2017 el ex consejero delegado de Alphabet -la matriz de Google- Eric Schmidt: "El Big Data es tan importante que las naciones-Estado acabarán luchando por él". Esa lucha ya ha empezado. Por un lado, Estados Unidos; por otro, China. Y Europa, poco a poco, alineándose con Washington.
Así quedó de manifiesto el miércoles, cuando los 29 miembros de la OTAN se comprometieron a "garantizar la seguridad de nuestras comunicaciones, incluido el 5G". Un día antes, la UE había aprobado un documento afirmando que esa nueva tecnología "requiere prestar una atención especial a determinados proveedores".
Todas esas frases ambiguas se resumen en una palabra: China. Porque en ese país el 5G está más desarrollado que en Occidente. El 31 de octubre las tres grandes operadoras móviles chinas -China Unicom, China Telecom, y China Mobile- empezaron a ofrecer servicios de 5G. El retraso estadounidense es tan obvio que Apple no ofrecerá teléfonos con esa capacidad hasta finales del año que viene. De las grandes economías mundiales, solo Corea del Sur va por delante de China en este campo. Pero Corea del Sur es un aliado de Occidente. China, no.
El motivo de disputa no es que nos descarguemos videojuegos o películas, entre otras cosas porque, desde la llegada del streaming, apenas lo hacemos. Lo importante son las aplicaciones industriales -el IoT- de esta tecnología, que es la primera desde la Revolución Industrial que Occidente no monopoliza.
Eso es lo que explica que el miércoles la portavoz del Departamento de Estado, Morgan Ortagus, declarara que EEUU "da la bienvenida" a la declaración de la UE. Claro que también dejó claro que eso no es suficiente. "Hay demasiado en juego como para dejar que estas redes, que son vitales, sean suministradas y mantenidas por vendedores que están abiertos a la manipulación de regímenes autoritarios", dijo.
Ortagus incluso nombró a "las empresas de telecomunicaciones de China, como Huawei y ZTE, que están obligadas a cumplir las directivas del Gobierno de la República Popular China", y remachó que "autorizar a estas empresas en cualquier parte de la red de 5G de un país podría poner en peligro crítico la privacidad, los derechos humanos y la seguridad de sus ciudadanos".
China puede saberlo todo de la economía de un país o lanzar ciberataques que literalmente desintegren su economía
ZTE y Huawei son líderes en 5G. Y ambas han sido sancionadas por el Gobierno de Donald Trump. No es una casualidad. Washington afirma que, dentro del modelo de capitalismo de Estado chino, las empresas de ese país emplearán su control del 5G con dos objetivos: espiar y controlar. La cuestión es clara: si los "sistemas de control industrial" giran en torno al 5G, ¿por qué Pekín va a renunciar a usarlos para lograr objetivos políticos, estratégicos, o militares? China puede saberlo todo de la economía de un país, o lanzar ciberataques que literalmente desintegren su economía. Para la UE y EEUU, la tendencia china a construir y comprar infraestructuras físicas -ya sea la mayor operadora de puertos de España, Noatum Ports, o, en mucha mayor medida, autopistas en los Balcanes- es motivo de preocupación. Con el 5G, ese malestar da un salto similar a la velocidad de descarga de datos de la nueva tecnología. Porque lo que está juego es la infraestructura tecnológica que dirigirá a esas infraestructuras físicas.
Tecnología sin límites
"El 5G supone un salto cualitativo similar al 4G", explica Elena Yndurain, del Laboratorio de Computación Ubicua de la Universidad Carlos III. El 4G, que llegó hace aproximadamente una década, introdujo la plataforma IMS, que permite datos y voz a la vez. Desde entonces, podemos mandar mensajes de texto eternos, sin límites de caracteres, y navegar por internet y hablar por teléfono a la vez. El mejor ejemplo de este sistema es WhatsApp, que es propiedad de otra empresa controvertida, aunque ésta es estadounidense: Facebook.
Pero, con el cambio del 3G al 4G también se modificó el escenario económico mundial. El dominio europeo en telefonía móvil virtualmente desapareció, en favor de Estados Unidos y Asia. EEUU controla el mercado de los sistemas operativos con el Android de Alphabet y el iOS de Apple. Esta última empresa, además, acumula en torno al 95% de todos los beneficios empresariales del mercado de smartphones en el mundo. Pero los mayores fabricantes son ahora asiáticos: las surcoreanas Samsung y LG, y las chinas Huawei, Oppo, Xiaomi, Vivo, y Lenovo.
El cambio tecnológico que presumiblemente traerá el Internet de las Cosas no estará dominado por Occidente
Así que el cambio tecnológico que presumiblemente traerá la IoT no estará dominado por Occidente. El desarrollo de la computación en los años 70, de la tecnología de consumo en los 80, de internet a partir de los 90, y de los móviles después se produjo en Estados Unidos, Japón y la Unión Europea. Eso significaba que Washington ejercía el control. En ocasiones -como con la tecnología de consumo o con los móviles hasta hace una década-, EEUU podía no tener la primacía tecnológica o empresarial, pero sí tenía el liderazgo político y militar. Eso significaba que nadie iba a poner límites a su capacidad para controlar esos sistemas, bien fuera por medio de la red Echelon, de la NSA o de lo que hiciera falta.
Pero Washington no tiene esa capacidad de presión sobre Pekín. Así que lo que propugna es que las redes de 5G en sus aliados no sean construidas por empresas chinas. Algunos, como Australia y Gran Bretaña, han seguido los pasos de Washington. Otros, como Alemania, se resisten.
Hay, además, una segunda faceta. Donald Trump teme que Estados Unidos se quede por detrás de China en esta carrera. Y el presidente estadounidense es un intervencionista en la economía que no ve con malos ojos el capitalismo de Estado chino, en el que el Gobierno del país decide dónde invierten las empresas. Trump ha llegado hasta a organizar ofensivas políticas para que la empresa United Technologies no cerrara su fábrica de calderas en Indiana.
Así que, desde enero de 2018 a abril de este año, la Casa Blanca se planteó la que hubiera sido la mayor intervención del Gobierno estadounidense en la economía del país en tiempo de paz o de expansión económica: la construcción de una red de 5G por el Estado a nivel nacional. La idea fue lanzada por el Consejo de Seguridad Nacional, que es el organismo que coordina toda la política exterior y de seguridad del país, como reacción al temor de que las empresas privadas desarrollaran la infraestructura demasiado despacio, o dejaran amplias zonas del país sin cobertura 5G.
Porque no es una cuestión solo estratégica sino, también, económica. El 5G requiere inversiones inmensas. El 24 de octubre las acciones de Nokia se desplomaron un escalofriante 22,5% después de que la empresa anunciara la cancelación del dividendo a los accionistas para poder financiar el desarrollo de sus redes de 5G. La guerra del 5G es una combinación de política, estrategia y economía. El vencedor puede hacerse con la llave del siglo XXI. O, como pasa a veces en tecnología, lo que se suponía que iba a ser un cambio transformacional puede acabar quedándose en nada. La respuesta no la tendremos hasta al menos dentro de varios años. Pero las grandes potencias no van a quedarse cruzadas de brazos esperando a ver qué pasa.
Un acceso de difícil prohibición
El miércoles, el 'premier' británico, Boris Johnson, dijo que su país va a restringir el acceso de Huawei a las redes de 5G. Y el jueves se hizo un 'selfie' con un teléfono Huawei en la BBC. Es una anécdota que refleja las dificultades de prohibir el acceso a las empresas chinas a la red. Primero, su tecnología es competitiva. Segundo, esas empresas niegan cualquier subordinación al Gobierno o las Fuerzas Armadas chinas, y Huawei incluso ha llevado al Gobierno de Trump ante los tribunales de EEUU. Y tercero, ni EEUU ni sus aliados han mostrado muchos escrúpulos para usar con fines de seguridad nacional -incluyendo ciberataques a, por ejemplo, Irán- los datos que obtienen sus tecnológicas.
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