Nicolae Ceausescu agita la mano desde el balcón del Palacio Presidencial. Una mano floja, cansada de saludar a un pueblo que no existe. El dictador rumano habla a su público fantasma desde una mole de cemento convertida en símbolo de un régimen encastillado y ajeno a la realidad. Abajo, los rumanos de carne y hueso, los que sí existen, han perdido el miedo y gritan "libertad". Hambrientos, despojados y ateridos en pleno diciembre, plantan por fin cara al verdugo.
El todopoderoso 'conducator'; el puño de hierro que ha estrangulado Rumanía durante 24 años; el capo de la Securitate (policía política que ha convertido a medio millón de ciudadanos en espías y a otros 21 millones en sordomudos que no se atreven a levantar la voz); el verso suelto en el bloque soviético que llegó incluso a desafiar a la URSS; el corrupto en jefe que nadaba en la opulencia mientras apretaba el cinturón de sus ciudadanos hasta asfixiarlos... El emperador, en suma, se descubre de repente desnudo y, como un actor frustrado de segunda fila, intenta impedir que los espectadores abandonen la grada antes de que termine el acto.
Desde su atril promete una ridícula subida del salario mínimo y de las pensiones. Tiritas para frenar una hemorragia mortal. Pero Ceausescu no huele ni su propia sangre, derramada pocos días después junto a la de su mujer, Elena, que horas antes de yacer a los pies del pelotón de fusilamiento aún clama contra los manifestantes que les desafían en la calle: "Matadlos a todos y echadlos a las fosas comunes, que no quede ni uno".
"Éramos ratas ateridas de frío viviendo en la penumbra en cubículos húmedos como alcantarillas", recuerda Oana -una de las protagonistas de la única revolución violenta del dominó rojo- en 'Bucarest', una memoria de aquellos días escrita por Margo Rejmer, periodista y escritora polaca que reconstruye el edificio del totalitarismo que se derrumbó hace hoy 30 años con una mezcla de espanto y lirismo.
"La muerte de Ceausescu me recuerda a la historia de un científico que lleva a cabo un experimento disparatado y después es asesinado por su propia criatura", resume Olivia Nitis, comisaria y crítica de arte, en las páginas de ese mismo libro.
Aquellas "ratas" a las que el régimen había condenado a la miseria con sus draconianos programas de austeridad mientras acumulaba una de las mayores fortunas de Europa habían despertado el día 16 de diciembre. El último satélite soviético en salir de la órbita comunista lo iba a hacer por la vía sangrienta.
Al principio la chispa parece controlable. El pastor Laszlo Tokes, bestia negra de los Ceausescu con un largo historial de denuncia de la tiranía en sus sermones, va a ser expulsado de su parroquia en Timisoara. Mordaza y fin de la revuelta. Pero no. Una masa de personas salen a la calle a impedirlo.
El religioso anticomunista -que había clamado contra la salvaje industrialización, la marginación de las minorías, la asfixia social y el silencio cómplice de una parte de la Iglesia- se convierte en ariete que, sostenido por miles de compatriotas, golpea el cimiento de la dictadura.
El material resulta frágil. Ceausescu ordena al ejército disparar contra la multitud y alfombra con decenas de muertos el pavimento de Timisoara. No sirve de nada. La mecha prende en toda Rumanía hasta llegar a Bucarest, donde el 'conducator' mira confundido a la multitud que no atiende su discurso y le desafía desde el suelo en el que él no acaba de aterrizar. No se acuerda de que hace dos meses tumbaron el Muro de Berlín. No se acuerda de los astilleros de Gdansk. No entiende los abucheos que debieran ser aclamaciones. No sabe que se ha quedado solo, que las campanas doblan ya en el funeral del comunismo.
Matadlos a todos y echadlos a las fosas comunes. Que no quede ni siquiera uno
Le faltan reflejos en esos primeros compases, que sentenciarán su destino. Acaba pidiendo un helicóptero. Tal día como hoy, un 22 de diciembre de 1989, huye junto a su esposa. Por poco tiempo. En pocas horas el matrimonio es detenido, sometido a un juicio exprés y acribillado a tiros.
La Navidad rumana se tiñe de sangre. Los primeros muertos no serán los últimos. Derrocado Ceausescu, la caótica transición se cobra muchas más vidas: más de 1.100, víctimas de una revolución con la que Rumanía trata aún de ajustar cuentas. El pasado noviembre se abrió el juicio al presidente Ion Illescu, que lideró esa turbia entrada en la democracia que en realidad supuso el reciclaje de los viejos cuadros del régimen. Al primer mandatario de la Rumanía democrática (de 1990 a 1996 y de 2000 a 2004) se le acusa de "crímenes contra la humanidad", como principal instigador de la muerte de 862 personas "víctimas de disparos caóticos y fratricidas" entre ese 22 de diciembre en que huyó Ceausescu y el fin de año.
Se le achaca la intención de pescar en el río revuelto de las protestas, alentando el caos para tomar el control, como explicaba a France Presse Elena Bancila, de 75 años y una de tantas madres que esos días perdieron a sus hijos y ahora piden justicia contra Illescu (5.000 partes civiles en total): "Su objetivo era sembrar el terror, enclaustrar a los rumanos en sus casas para mantenerse en el poder".
En las páginas de 'Bucarest', María, otro de los testigos del caos, descarta el término "revolución" para describir aquellos días: "Vaya una revolución. No llame así a aquello. Nadie sabe lo que fue: golpe de Estado, sublevación o ninguna de las dos cosas. Se sabe que Rusia o EEUU eran quienes movían los hilos".
Hoy, tres décadas después, Ceausescu saluda aún congelado en las viejas fotografías a aquellos manifestantes, hijos de la nueva Rumanía que quiso construir por decreto -prohibiendo el aborto y retirando los preservativos para fomentar la natalidad-. Que al final nacieron para vengarse.
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