El carguero 'Razoni' dejó el puerto ucraniano de Odesa el lunes para llevar 26.000 toneladas de maíz al Líbano. Es el primer barco que ha podido salir de puerto para exportar cereal del 'granero de Europa' desde que Rusia invadió Ucrania, el 24 de febrero. Y no es casual que su primer destino sea otro país devastado y con otro puerto en dificultades. Aunque de una manera distinta a los ucranianos, los libaneses también viven en la incertidumbre. Sufren el periodo más turbulento desde el fin de su guerra civil.
El descenso a los infiernos basculó en octubre de 2019, cuando masivas manifestaciones populares exigieron la dimisión de toda la clase política, a la que acusan de haber saqueado el país. Las denuncias ciudadanas se confirmaron cuando salió a la luz una crisis económica que llevaba años gestándose y que obligó al Gobierno a declararse, en marzo de 2020, en quiebra por primera vez en su historia. La deuda pública había alcanzado el 170% del PIB del 'país de los cedros', lo que lo convertía en uno de los más endeudados del mundo. La libra libanesa, que mantenía un cambio artificial con el dólar, se desplomó. El Banco Mundial ha clasificado la crisis económica del Líbano entre las tres peores del mundo desde 1850.
La puntilla llegó tal día como hoy hace ahora dos años, cuando la catástrofe devastó el este de Beirut. Un almacén donde se guardaban desde hacía años sin ninguna medida de seguridad 2.750 toneladas de nitrato de amonio estalló en una gigantesca explosión que provocó más de 200 muertos, 6.000 heridos -algunos con secuelas de por vida- y 300.000 desplazados al quedar destruidos varios barrios de la capital. La tragedia tuvo su epicentro en el puerto beirutí, lo que ha dejado al país sin su mayor silo, donde se almacenaba el 85% del cereal que importaba el Líbano, y sin su principal puerto.
Símbolo del drama que vivieron los libaneses aquel día y del total derrumbe político y social del país, las ruinas del gran silo -cuya estructura protegió de la explosión a Beirut oeste- se yerguen como una enorme cicatriz que atraviesa el horizonte. Y en un círculo sin fin, nuevos acontecimientos han recordado que la tragedia sigue progresando. Este mes de julio se declaró un incendio en el bloque, provocado por la fermentación y putrefacción de 725 toneladas de trigo que quedaron en la barriga del depósito tras la explosión. Las autoridades alertaron del peligro de que se la estructura se derrumbara totalmente y pidieron a los beirutíes llevar mascarillas y no aproximarse al lugar.
Algunos ingenieros ya habían advertido de que, dos años después, es inevitable que el dañado granero cediera. Pero las autoridades habían sido incapaces de tomar medidas para limpiar la zona de escombros. Los bomberos tampoco pudieron actuar este julio contra el incendio en los remanentes del gran silo, que finalmente se derrumbó en parte el pasado domingo. Los testigos lo vivieron como una nueva conmoción que les retrotrajo al día de la tragedia.
"Es el colapso de un símbolo no solo por aquellos que murieron y resultaron heridos sino por la impunidad rampante y la falta de justicia que recorre el país", escribe Nicholas Frakes en el portal 'Now Lebanon'. "Dos años después aquellos que tuvieron un papel en permitir que la explosión ocurriese por su negligencia no se enfrentan a las consecuencias; en vez de eso, son protegidos por sus aliados políticos", añade.
La investigación judicial para encontrar responsables de lo sucedido está estancada por los intentos de los acusados y del círculo político que los ampara de escapar a la justicia. Las víctimas siguen hoy esperando justicia mientras algunos responsables políticos acusados vieron renovados sus escaños en el Parlamento en las elecciones del pasado mayo.
Y mientras, el país empieza a acusar el hambre. Estos días se han visto largas colas y altercados para poder comprar pan, que escasea ante la falta de harina en las panaderías. La razón es doblemente la crisis económica -no hay divisas para importar- y la guerra en Ucrania -el mayor proveedor del país levantino-.
La llegada del carguero Razoni podría dar un respiro a una población agotada. Justo después de firmarse el Acuerdo de Estambul para sacar el cereal bloqueado de los puertos ucranianos, el Parlamento libanés ha aprobado el uso de 150 millones de dólares de un crédito del Banco Mundial para asegurar la importación de trigo y paliar la escasez. Eso le daría oxígeno en forma de harina para seis meses, según el ministro de Economía en funciones, Amin Salam.
Es cuestión de tiempo que el resto del gran silo se venga abajo. Será, pues, una 'autodemolición' lenta, como la que experimenta el Líbano.
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