INTERNACIONAL
Guerra en Ucrania

Vivir y morir en el Donbás

La región que contabiliza la mitad de los civiles muertos de la guerra, sufre un incremento de los bombardeos coincidiendo con una nueva ofensiva de las tropas locales


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Maxim Filipiev ni siquiera tuvo tiempo para responder a la pregunta -casi retórica- del periodista. "¿Por qué te marchas ahora de la ciudad?". La respuesta llegó en forma de un silbido estremecedor que obligó a agacharse a todo el grupo. El proyectil explotó a pocas decenas de metros, detrás de uno de los edificios cercanos al ayuntamiento.

"Ya lo ve. Aquí no se puede vivir. Desde hace días no paran de bombardear", relató mientras se mantenía agazapado junto al muro.

Era poco antes del mediodía, y la veintena de residentes de Bajmut que esperaba a la furgoneta de Sergii Ivanov llevaba un largo rato asistiendo al disparatado duelo que mantenían las dos artillerías.

La ucraniana disparaba desde el centro de la ciudad y la rusa respondía a escasa distancia. Tan cerca que se podía escuchar la detonación que marcaba la salida del obús y seguir su trayectoria hasta el subsiguiente estallido.

La batalla por el control de Bajmut se libra ya en las calles de esta población. Los tanques ucranianos maniobran en torno a la plaza principal. Las lanzaderas de misiles aceleran por otra de las avenidas mientras los integrantes de la brigada de bomberos local corren frenéticamente hacia sus vehículos para acudir al último incendio generado por la desquiciada refriega.

La devastación que ha generado esta violenta pugna se ha extendido por toda la villa ucraniana. Las bombas de la aviación rusa han dejado enormes socavones en las travesías, cortadas en muchos casos por barreras construidas con grandes bloques de cemento.

"La verdad es que no sé quien está disparando a quien". La imagen surrealista se desarrolla a media mañana. Los compañeros de Maxim Filipiev siguen aguardando el vehículo de Ivanov en medio del estruendo incesante. Uno de ellos ha encendido un pequeño altavoz conectado a su teléfono para intentar amortiguar con música el turbador sonido de la confrontación bélica.

Crónicas desde el frente

"El referéndum y la movilización son un signo de que esto va a ir a peor. La guerra no acabará hasta que no echemos a los rusos del otro lado de la frontera", agrega Filipiev.

Los más insensatos, varios viejos que ya no esperan nada de la vida, permanecen inamovibles en un parque cercano. Sentados en un banco que no abandonan pese a que los proyectiles caen entre los habitáculos del entorno.

Bajmut se ha convertido en un dique en el que se han atascado las fuerzas rusas en la región de Donbás. Ahora asiste a una contraofensiva ucraniana que pretende replicar el éxito que han tenido sus tropas en la zona de Jarkov. Las últimas victorias ucranianas han forzado la movilización rusa que anunció recientemente el presidente Vladimir Putin y el referéndum que están organizando las zonas ocupadas por sus soldados.

La acometida del ejército de Kiev se ha traducido en una intensificación de los bombardeos y los combates en toda la línea del frente de este área, que si antaño fue un pulmón económico para Ucrania ahora es un ejemplo de desolación.

Los estragos de los misiles que caen a diario en muchos de estos enclaves han pasado de ser algo puntual a una estampa recurrente. Hace sólo algunos días que un cohete impactó a metros del principal hotel de Kramatorsk, la "capital" del Donetsk ucraniano , que solía ser una de las sedes de los periodistas que cubren esta guerra. El edificio quedó parcialmente asolado.

"Están destruyendo las infraestructuras y los hoteles. Piensan que están siendo usados por los soldados", explicaba días más tarde Olga -no quiso dar su apellido-, una de las recepcionistas de otro hotel local que fue evacuado en medio de la madrugada por la policía bajo el aviso de un inminente ataque ruso.

"¡Tienen que marcharse, hemos interceptado una conversación de los rusos y quieren lanzar misiles contra el hotel!", refirió el agente a uno de los clientes que que se vio obligado a abandonar el lugar en medio de la noche.

"Algunos pueblos han dejado de existir"

La destrucción progresiva de Bajmut, Sloviansk y de Kramatorsk en menor medida es similar a la que experimentó Mariupol, Sverodonestk, Lysichansk o Lyman. Para el comentarista Denys Kazanskyi, autor del libro "Cómo Ucrania perdió el Donbás" y él mismo nativo de Donetsk, incluso si Ucrania libera esta región "será muy difícil recuperarla".

"Lo que Rusia ha organizado es el funeral de la región. La han destrozado y tendremos que recordar como era a través de los libros. Algunos pueblos han dejado de existir", ha declarado.

Urbes como Bajmut ya no disponen ni de electricidad ni agua corriente, y sobre todo, la región se prepara para enfrentar sin gas un invierno de temperaturas gélidas. Los más de 340.000 habitantes que han ignorado la orden de Kiev de salir del área están acumulando madera y carbón en sus domicilios. Los que todavía disponen de cristales son una rareza.

La arquitectura local no es el único reflejo que constata como se ha acentuado la violencia. Basta con visitar los cementerios. Según las cifras de Naciones Unidas, de las casi 6.000 víctimas civiles que han fallecido en Ucrania desde febrero, más de la mitad lo hicieron en Donbás. La misma organización contabilizó 369 muertos del lado proruso.

El pasado sábado varias decenas de personas asistieron al entierro de la última víctima de un listado que no cesa de actualizarse. Volodymyr Lynskyi tenía 57 años y ya había combatido al inicio de la guerra, en 2014. Lo mataron en Liman, una localidad capturada por los rusos en mayo y que Kiev intenta recuperar ahora.

Andrei, un teniente de la policía de otra localidad de Donáas, Torestk, comparte la opinión de Denys Kazanskyi. En realidad él piensa que su ciudad natal -nació aquí hace 30 años- simplemente "se está muriendo". No sólo por los persistentes bombardeos que sufre a manos de las fuerzas rusas sino por el ocaso de la economía regional, paralizada por todos estos años de confrontación.

"Aquí se sobrevive día a día. No pensamos en mañana", le secunda un residente local frente a un bloque de apartamentos que fue alcanzado por otro cohete hace días. El suceso provocó el derrumbe de varias plantas pero milagrosamente no murió nadie. Quizás porque "el 80 por ciento de los habitantes ha huido", apunta Andrei.

El agua, un lujo que ha desaparecido

El vecino del inmueble afectado se dirige hacia una fuente local para rellenar las cuatro botellas de plástico que lleva. El agua también es un lujo que desapareció hace ya muchas fechas. "Desde que comenzó la ofensiva en Jarkov, los bombardeos están arreciando. Ahora son diarios", añade el agente.

El principal centro de maternidad de la región, el hospital de Kramatorsk, tuvo que se clausurado el pasado día 12 tras sufrir un impacto directo de un enésimo proyectil ruso que pulverizó varias plantas de la edificación. Las pilas de escombros se hacinan frente a la escultura de la cigüeña que decoraba su entrada y las pintadas en los muros que hicieron los padres para recordar el alumbramiento de sus vástagos. "¡Yula, muchas gracias por este hijo!", se lee en una de ellas fechada el 19 de mayo de 2021.

"El heroico ejército ruso ha destrozado el hospital donde nací. Gloria al ejército ruso", declaró con cierta sorna Yury Trembach, uno de las habitantes de Kramatorsk.

Otra residente, Victoria Goncharenko, disentía de la visión pesimista que exhiben personajes como Denys Kazanskyi o el policía de Torestk. "La vida sigue y cuando llegue la paz, tendremos un nuevo hospital", señaló.

Es la misma idea que comparte el doctor Ivan Tsyganok, jefe del hospital materno de Pokrovsk, el último que sigue abierto en el Donbás que controla Kiev. "La guerra no ha detenido la vida. Aquí hemos asistido al parto de 331 bebés desde febrero. Sí, es cierto que la tensión ha disparado en un 40 por ciento los alumbramientos precoces y las complicaciones, pero siguen naciendo", precisa.

Las ventanas del centro sanitario están protegidas por sacos terreros, las camas han sido colocadas en los pasillos -y en un subterráneo preparado por si la situación empeora aún más- y se opera en una habitación especial delimitada por gruesos muros de piedra. De los 26 doctores que tenía el recinto el año pasado, sólo quedan seis.

Marina Avdoshka es el mejor ejemplo de cómo la determinación humana puede sobreponerse a la adversidad. La mujer de 33 años tuvo a su hijo hace sólo cinco días. Lo agarra con ternura al sacarlo de la cuna. "Es la viva imagen de su padre. Cuando le miro me doy cuenta de que ahora es mi hombre más querido", manifiesta al tiempo que se limpia las lágrimas que le recorren el rostro.

Timur -así se llama el bebé- nunca conocerá a su progenitor. Andrii, de 39 años, fue abatido en junio por un francotirador cuando peleaba en el frente sureño de Jersón. "Tener hijos es otro acto de la resistencia ucraniana", argumenta Ivan Tsyganok.

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