"Después de arruinar el país, Lula quiere volver al poder, a la escena del crimen". ¿Una frase de Jair Bolsonaro? No, de Geraldo Alckmin. Casi calcada a las que pronunció el actual presidente en los últimos meses para esmerilar a su rival se escuchó en 2006, en un debate previo a las elecciones de ese año que enfrentó a Alckmin con... Luiz Inácio Lula da Silva.
Lula ganó con contundencia aquella elección y es hoy jefe y socio político, a la vez, de Alckmin. Todo un disfrute para el dos veces presidente de Brasil, que hace unos meses tuvo una conversación con Fernando Haddad, el fracasado candidato presidencial del Partido de los Trabajadores (PT) hace cuatro años.
- Lula, Alckmin nos contactó. Tiene interés en ser vicepresidente.
Lula reacciona llevándose la mano al bigote, primero, y tocándose la barba, luego. De su voz áspera brotó el Lula más que pragmático, que es el más frecuente.
- ¿Viste? La política es maravillosa.
Lo mismo puede pensar, sin dudas, Alckmin, un político del centro derecha conservador, dos veces gobernador de Sao Paulo y miembro del Opus Dei. ¿Qué hace él sumándose a la aventura con el líder del PT?
El propio Alckmin dio la respuesta en su momento: estas elecciones se trataban de mucho más que elegir presidente, en estas elecciones se jugaba el futuro de la democracia brasileña.
A Lula no le sobró nada en la victoria sobre Bolsonaro, un 50,9% frente al 49,1%. ¿Cuántos votos le aportó Alckmin? Imposible establecerlo, aunque sí está claro que, en una elección en la que Lula era acusado por su rival de llevar a Brasil al comunismo, la presencia de Alckmin en la fórmula tranquilizó a muchos y les hizo bajar por un rato una bandera muy potente en Brasil: la del anti petismo, la furia contra el partido de Lula y sus dos gobiernos cruzados por la fuerte corrupción.
Indispensable para Lula
Eso es pasado. Instalado en el palacio de Jaburú desde el 1 de enero de 2023, Alckmin será indispensable para Lula. Es él quien desencriptará las herencias de Bolsonaro, es Alckmin -designado jefe del gabinete de transición e interlocutor principal del Gobierno saliente- el que sabrá, mejor que nadie, que hay y que falta en un Brasil con tantos problemas como oportunidades ante la crisis mundial.
"Agradezco al presidente Lula su confianza en la misión de coordinar la transición de gobierno. El trabajo de nuestro equipo se guiará por el interés público, la transparencia y la eficiencia", dijo Alckmin en la noche del martes en un comunicado, una vez que Bolsonaro bajó la tensión aceptando la derrota y dando la orden de iniciar el diálogo con el futuro Gobierno.
"Nuestro objetivo será proporcionar al presidente Lula, de forma republicana y democrática, toda la información necesaria para que su mandato, que comienza el 1 de enero, tenga éxito en la satisfacción de las prioridades de la población".
La gran alternativa socialdemócrata
Alckmin, de 69 años y con dos hijos, es uno de los fundadores, junto a Fernando Henrique Cardoso, del Partido de la Social Democracia Brasileña (PSDB), una formación que se ubicó en sus inicios como la gran alternativa socialdemócrata del país y que con el tiempo viró al centroderecha, ya que el PT se estaba llevando los votos de la izquierda moderada.
Más allá del rol clave que jugará Alckmin en las próximas semanas, hay algo que no puede ser ignorado, y es lo que la historia de Brasil dice sobre los vicepresidentes. Desde la restauración democrática de 1985, tres hombres que hicieron campaña como números dos del ticket electoral terminaron gobernando el que es el quinto país más grande del mundo.
José Sarney debía acompañar a mediados de los '80 al legendario Tancredo Neves, primer presidente tras la dictadura (1964-1985), pero Neves murió antes de asumir y Sarney se convirtió en el primer presidente de la restauración democrática.
A fines de 1992, Itamar Franco asumió la presidencia tras el impeachment que echó del Gobierno a Fernando Collor de Mello. Gobernó dos años y tuvo el mérito de lanzar, junto a Cardoso, por entonces su ministro de Hacienda, el Plan Real, que estabilizó la economía brasileña, hasta entonces aquejada de ciclos de devaluación, inflación e hiperinflación como su vecina Argentina, que 30 años después sigue sin haber solucionado esos problemas.
El tercer vicepresidente que terminó durmiendo en el Palacio de la Alvorada y gobernando desde el Planalto fue Michel Temer: la destitución de Dilma Rousseff lo instaló en la presidencia por 26 meses, hasta entregarle el poder, hace cuatro años, a Bolsonaro.
Sarney, Franco y Temer eran hombres blancos y conservadores, en mayor o menor medida. Alckmin, también.
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