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Diplomacia & Geopolítica

La media luna creciente que atenaza a la UE

La media luna creciente que atenaza a la UE
RAÚL ARIAS
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Una media luna creciente amenaza Europa. Arranca desde la frontera de Rusia con Finlandia, baja por los límites de Ucrania y acaba en el Sahel africano. Los tentáculos del Kremlin rodean nuestro continente. De Norte a Sur. Sus huestes y agentes están perfectamente emplazados. Listos para actuar al mínimo requerimiento del inquilino del Kremlin.

Moscú no es algo lejano con el que sólo polacos, nórdicos y bálticos corren la mala suerte de compartir vecindad. El continente entero (España incluida desde su flanco sur) está en alerta máxima. Y más aún desde el 5 de noviembre, cuando el aislacionista e imprevisible Donald Trump ganó las elecciones. De hecho, esta semana el mandatario electo ha empezado a repartir los cargos de su Administración a ciertas figuras que el propio ex consejero de Seguridad de la primera era Trump, John Bolton, ha comparado a "cuando Calígula hizo a su caballo cónsul".

El despertador ha sonado y la UE ha despertado abruptamente con el resultado en las urnas americanas. Trump regresa; al Viejo Continente se le acaba el sueño plácido del escudo protector americano que disfrutó con Joe Biden. Llega el momento de echar a andar solos. Por mucho vértigo que dé independizarse al máximo en seguridad y defensa.

¿Es demasiado tarde? La pregunta sobrevuela estos días las capitales europeas, pero la mayoría se la está apartando de un manotazo y poniéndose manos a la obra. Emmanuel Macron, presidente de Francia, ha hablado de dejar de ser "herbívoros" para convertirnos en "omnívoros". El secretario general de la OTAN, el neerlandés Mark Rutte, ha insistido a los líderes europeos que no cumplen (como España) con la necesidad de llegar al gasto en Defensa del 2% del PIB (y ante la obviedad de que con la llegada de Trump el porcentaje aumentará claramente). Mientras, el primer ministro británico, Keir Starmer, cruzó el Canal de la Macha rumbo a París para participar en el aniversario del Armisticio, mostrar su solidaridad con el continente y profundizar la relación franco-británica "en materia de seguridad y defensa".

Cada vez son menos los que creen que la UE puede hacerlo sola. Por mucho que se acelere la ansiada autonomía estratégica. "Ha sido un malentendido", se confiesa en círculos diplomáticos centroeuropeos. Los países nórdicos, los más realistas, son conscientes de ello, y por eso se están movilizando a toda velocidad para blindar al máximo nuestra seguridad continental: se está hablando con noruegos e islandeses; la presencia de Reino Unido es más requerida que nunca e incluso se gira la cabeza hacia Turquía. Nadie sobra para acorazar con celeridad la arquitectura de Defensa europea.

El lema que se escucha en las salas donde tiene lugar esta apremiante tormenta de ideas es "la unidad es nuestra fortaleza"; hay que impedir que la quiebre el martillo ruso y nunca plegarse a las tentaciones de abandonar a Ucrania.

La OTAN sigue siendo el paraguas que tener siempre amarrado. Pero la Alianza Atlántica es Washington, y el Despacho Oval estará ocupado a partir del 20 de enero por un presidente que en su anterior mandato ya hizo un claro amago de salirse de la organización.

"Gasto en Defensa, preparación y resiliencia". Son los ingredientes de la receta que se prepara para lograr la imperativa seguridad europea. Las agresiones contra la UE pueden aparecer en diferentes formatos. Hay que irse olvidando de la convencional guerra. Se esperan y temen ataques híbridos, sabotajes y ciberataques. "Tenemos que estar listos. Ser pragmáticos. La situación es cada vez más seria", avisan los técnicos y diplomáticos europeos que forman parte de los preparativos y las conversaciones (parte de las cuales han tenido lugar recientemente en Madrid).

A su vez, se pone el foco en la industria de Defensa europea. Se persigue aumentar su eficacia y eficiencia. España tiene aquí un papel que desarrollar. Se la espera. Hay confianza en ella y en su compromiso europeísta. El fin es estar más seguros y protegidos que antes. Aunque el contexto no lo hace fácil. Francia es muy celosa de su soberanía e intereses; Alemania sufre una crisis económica grave y está embarcada en elecciones federales (23-F); Italia pisa fuerte con su primera ministra, pero muchos no olvidan que si las formaciones ultras siguen perturbando en Bruselas es por el oxígeno y rédito que les llega desde Roma de Giorgia Meloni.

El Ártico, China... La visión 360 que hay que tener de la geopolítica actual provoca que los desafíos se multipliquen. Nueva era, nuevo orden mundial y nuevas normas (o mejor dicho, el fin de las reglas y de las líneas rojas). No va a ser fácil la lucha. Muchos de los líderes que tienen que tomar las riendas y salvar los obstáculos en Europa sufren una crisis de credibilidad entre los ciudadanos, producto de la erosión de la confianza pública en las élites políticas.

En 2016, en el Año I de Donald Trump, ya se habló de poner en marcha nuestro Europe First (Europa Primero). Ocho años después, en la segunda parte trumpiana y con una guerra en el continente, se insiste más que nunca en que es el momento decisivo de Europa.