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"Cuando sonaron las dos explosiones se fue la luz. Estaba convencido de que habían comenzado los bombardeos en Venezuela". Jeison Cortés vivió el sábado en la noche momentos de pánico; hasta los muebles de su apartamento cercano al Anillo Vial Occidental se movieron. Este joven, peluquero de profesión, vive en Cúcuta, la ciudad más importante de la frontera entre Venezuela y Colombia y capital de Norte de Santander, convertida desde hace tiempo en un microcosmos de las organizaciones terroristas internacionales, como ha definido Washington al Cártel de los Soles (CS) y al Tren de Aragua (TdA). Los primeros, en el lado venezolano; los segundos, en el lado colombiano, escondidos entre la gigantesca diáspora en el país cafetero, compuesta por en torno a tres millones de personas.
Las fechorías continuaron horas después, cuando un comando del Ejército de Liberación Nacional (ELN) atacó un puesto de la Policía en Villa del Rosario, muy cercano al límite fronterizo. En total, cuatro atentados en unas pocas horas, que finalmente acabaron con la vida del intendente Franklyn Guerrero y del subintendente Jairo Holguín.
En el ataque contra las torres de electricidad salvaron su vida, milagrosamente, el gimnasta olímpico Jossimar Calvo y su mujer. Así se las gastan los aliados del Cártel de los Soles en la frontera. La red de redes del narco chavista, que los millonarios lobbies en Washington (revolucionarios, petroleros y de los tenedores de bonos venezolanos) intentan convertir en un fantasma a través de medios de comunicación, estaría apoyando incluso algunas candidaturas para las elecciones legislativas colombianas del año que viene, según denuncias que se han hecho públicas las últimas semanas.
"Lo que pasó en enero en el Catatumbo con la incursión del ELN desde Venezuela, financiada por el Gobierno de Caracas, buscaba instalar a esta guerrilla como su retaguardia segura. Se ha mantenido en el tiempo, como una demostración muy clara de control fronterizo", explica a EL MUNDO Patricia Colmenares, ex directora del diario La Opinión de Cúcuta y creadora de la plataforma digital Estoy en la Frontera.
La dura ofensiva del ELN contra las disidencias de las FARC en un escenario estratégico -primera zona productora de cocaína en Colombia- consiguió el resultado buscado por el chavismo: sus aliados se hacían con el control narco de la zona y, de paso, se guardaban sus espaldas en el caso de un enfrentamiento futuro con Estados Unidos.
Algo parecido sucedió en el Apure venezolano en Semana Santa de 2021: las batallas libradas allí, en las que el ELN contó con la ayuda de Segunda Marquetalia (la facción guerrillera encabezada por Iván Márquez, amigo histórico del chavismo) y, sobre todo, del ejército venezolano, derrotaron a las disidencias de Iván Mordisco en busca del control del gran pasadizo narco. La euforia chavista precipitó la detención de Javier Tarazona, director de Fundaredes, el activista que durante años había denunciado la extensión de la guerrilla en Venezuela y los negocios que se esconden detrás de la alianza entre chavismo, ELN y Segunda Marquetalia.
"En la frontera, la muerte se nos volvió paisana. Estamos en tierra de nadie, sin mucha autoridad y con la impunidad rampante. Eso sí, la gente anda súper feliz con la idea de que van a invadir Venezuela y a tumbar a su Gobierno. Veremos...", añadió Colmenares.
Una de esas víctimas de la violencia descarnada es Juan Botello, veedor ciudadano (vigilante de la gestión pública) de Cúcuta. Sólo días después de denunciar que el Cartel de los Soles financia campañas políticas, unos motoristas le lanzaron una granada contra su vehículo. No era su primer atentado.
En La Parada, el barrio que rodea al Puente Internacional Simón Bolívar, la denominación Tren de Aragua es tabú. Y si se emplea, mejor decirla entre dientes. Los soldados del Niño Guerrero y sus distintas sucursales han controlado todo tipo de negocios sucios en uno de los puntos neurálgicos de la gran huida. Hasta los cupos que se repartían para la entrada a Venezuela en tiempos de pandemia eran administrados por ellos. Y, a partir de ahí, de todo: extorsión a los comercios, pagos por cruzar las trochas (caminos clandestinos), trata de personas, prostitución, microtráfico, sicariatos...
En un informe de la ONU se denunció que el TdA se quedaba con el 60% de lo que conseguían las mujeres que se prostituían y que incluso tatuaban a algunas para que su tarifa aumentara. Esta mafia transnacional encontró en la frontera un laboratorio perfecto para experimentar lo que acabaría exportando a los países de la región, sobre todo Perú y Chile.
En noviembre pasado, la Policía colombiana golpeó duramente al TdA al detener a Flyper, lugarteniente del Niño Guerrero y clave en el esquema financiero en la frontera. Kenffersso Jhosue Sevilla se hacía pasar por comerciante en Cúcuta, después de haber vivido en distintos países de la región.
Y parecen no tener límites: El Viejo y Ardilla también fueron capturados por las fuerzas del orden después de que atentaran en mayo contra el alcalde de Villa del Rosario.
"Este microcosmos es la conexión que construye todo lo que vemos en el Caribe. El negocio del narcotráfico tiene dentro de sí una red de clientes que se han dividido el trabajo. Las guerrillas se encargan de la siembra y producción de la droga, que posteriormente venden a cárteles, que sobre todo aportan la logística. Ahí entra el rol del régimen venezolano en la infraestructura nacional: puertos, aeropuertos, carreteras. Los cargamentos que se trasladan nunca son 100% propiedad de un solo actor; siempre hay varios compradores", señala a EL MUNDO el historiador César Báez, natural de Táchira, al otro lado del colombiano Norte de Santander.
