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Suiza

El día después del infierno de Crans-Montana: "Regalaban bengalas con cada botella... no sabemos dónde está mi amigo Taylón"

Supervivientes, familiares y amigos siguen sin conocer el destino de sus seres queridos tras el incendio del bar Le Constellation en Nochevieja

El joven Grigory (izq.), junto a sus amigos, en Crans-Montana, este viernes.
El joven Grigory (izq.), junto a sus amigos, en Crans-Montana, este viernes.XAVIER COLÁS
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Hubo un tiempo en el que Le Constellation era uno de los sitios más divertidos de Crans-Montana. Grigori y Taylón disfrutaban noche tras noche de los exponentes de la diversión, sin saber que al mismo tiempo eran los ingredientes del desastre: control de acceso relajado para beber como los mayores, música a todo volumen en una sala insonorizada con un revestimiento de espuma como el de los locales de ensayo... y, encima, por cada botella que pides te regalan unas espectaculares bengalas para que la fiesta no sea una farra más. Un cóctel para pasarlo bien, una lotería para morir carbonizado.

Cae la tarde del día siguiente de la tragedia en los Alpes suizos -con unos 40 muertos y más de 100 heridos, 80 de ellos críticos— y Grigori está sentado en un bordillo, llorando con los ojos hinchados y una botella de whisky en la mano. Su amigo Taylón estaba en la discoteca; ahora está desaparecido. Grigori llora bajo la sombra de su buena estrella. "Esa noche no estaba en el local. La Policía me paró en la calle para un control y tardaron mucho. Normalmente habría venido, pero por eso no llegué", relata a EL MUNDO delante de una improvisada ofrenda de flores en la Rue Centrale de Crans-Montana. "Se podría decir que tuve suerte. Pero no me siento afortunado, porque tengo un amigo que quizá esté muerto ahí dentro". Otro de sus colegas, vestido con pantalones de pijama, apura otra botella con lágrimas en los ojos y asiente.

La situación de Taylón y sus desconsolados amigos resume la de decenas de familias en este tranquilo rincón suizo: "Hace dos días que no tenemos ninguna noticia de él. Sus padres han llamado a todos los hospitales, a todos, y nadie sabe nada". A pesar de que, a medida que se pone el sol, la esperanza se apaga, Grigori habla de él en presente: "Igual que yo, Taylón es de Conthey, que está a unos 30 minutos de aquí. Vivimos cerca". Allí decidió Grigori pasar la nochevieja. Hasta la mañana del día 1 no se dio cuenta de la dimensión de la tragedia.

Incendio Crans Montana. Suiza

"Por la noche pensé que no era algo grave, que no era importante. Pensé que alguien había encendido fuegos artificiales dentro del club. Pero cuando me desperté y vi las noticias... 40 muertos y 100 heridos. Fue muy duro para mí", explica con las manos en los bolsillos y la mirada baja. Junto a sus amigos, encienden velas y colocan flores. Sus colegas no quieren hablar, pero Grigori se imagina en voz alta lo que ha podido pasar.

"Antes venía muy a menudo a Le Constellation. Toda la gente joven de aquí iba allí porque a veces entraban personas que no tenían la edad, porque el vigilante lo permitía. Podían beber sin mucho control", revela Grigori. Varios entrevistados coinciden en que no había supervisión de edad en el local.

Según el relato de Grigori, el uso de material pirotécnico se promocionaba en este y otros bares de la zona. "Cuando compras una botella grande, te la traen con fuegos artificiales... y no sólo en Nochevieja", recuerda. Obsesivamente repasa horribles los vídeos de las últimas horas en su móvil, su lugar de juerga hecho una trampa: "El techo tenía un material blando, como espuma acústica. El fuego empezó ahí". ¿Pero dónde acabó Taylón? ¿En un hospital? Nadie sabe. ¿En una morgue? Nadie quiere pronunciar esa palabra. "Ahora lo estamos buscando. Es mi vecino... Sus padres vinieron a casa de mi madre llorando".

Un grupo de jóvenes, de fiesta en el bar siniestrado.
Un grupo de jóvenes, de fiesta en el bar siniestrado.E.M.

Con el fuego propagándose por el techo, el lugar se convirtió en una ratonera: "En el sótano sólo hay una escalera para huir. Hay otra salida, pero creo que las cerraban porque algunos se escapaban sin pagar. Han llamado a todos los hospitales: Lausana, Sion, Sierre... a todos. Nadie sabe dónde está Taylón. No sabemos nada. Nada".

Crans-Montana fue en la noche del cambio de año el rompeolas de la buena y la mala suerte. No sólo Grigori se salvó por un regate del destino. El ciudadano español Sergi, que vive a dos horas, asegura que "iba a pasar allí la Nochevieja, pero me salió la oportunidad de pinchar en otro sitio y no fui". Y la historia de R., repartidor en un bar, que relata el caso de un amigo: "Perdió el autobús, se marchó delante de sus narices y no fue a la fiesta. Tiene suerte para toda la vida".

En esta tranquila ciudad de nieve diurna y juerga nocturna, con una población oscilante de turistas que vienen y van, de pronto la tristeza y el horror son el nuevo pegamento social. Grigori se aparta para sentarse contra el escaparate de una tienda. El silencio ante las flores es tan pesado que es imposible obviar los sollozos de varios hombres corpulentos. Junto a Grigori, dos desconocidas, una joven muy seria con gafas y una señora más mayor, también sentada en la repisa del escaparate, dejan caer una lágrima mientras habla por teléfono. De pronto, ambas se turnan para pasar la mano por la nuca de ese joven desconocido, Grigori, al que un infierno de 1200 grados en el recodo de la calle ha convertido en pariente próximo.