INTERNACIONAL
Equipaje de mano

El Golfo decide: ¿y Europa?

El derecho, sin capacidad ni plan, se convierte en mera oración laica; la ilusión de las 'potencias medias' choca con la realidad

Imagen de la NASA del estrecho de Ormuz, a través del que circula el 20% del petróleo mundial.
Imagen de la NASA del estrecho de Ormuz, a través del que circula el 20% del petróleo mundial.E. M.
Actualizado

Centrado en declinar el concepto de legitimidad, el debate abierto en Europa en torno a Irán cojea desde el minuto uno. No porque el derecho internacional sea irrelevante; al contrario, es nuestra fundamental línea de defensa frente a la arbitrariedad, y parte constitutiva del proyecto. Pero en esta crisis, invocarlo como coartada de abstención equivale a renunciar a pensar. La cuestión no es solo si la base jurídica es suficiente. La cuestión es qué significa para Europa vivir en un mundo donde las grandes potencias ya no administran amenazas, sino que se meten a desmantelarlas por la fuerza, y donde las consecuencias -energía, rutas marítimas, seguridad regional- se derraman sobre terceros a velocidad desconcertante.

No hubo reunión del Consejo de Seguridad, ni resolución habilitante, ni arquitectura multilateral que distribuyera costes y responsabilidades. Tampoco una liturgia aliada traducida en un análisis final compartido. Hubo, sencillamente, una decisión ejecutiva y un eje operativo estrecho entre Estados Unidos e Israel que confirman una realidad incómoda: el maridaje militar más sólido de Washington hoy no está en la OTAN. Lo demás son acompañamientos, matices o silencios.

Quedarse en la denuncia jurídica sería -tal vez- reconfortante. Pero políticamente yermo frente a la respuesta de Teherán a las bombas, misiles, drones y otra parafernalia americano-israelí. El problema no es solo la legalidad, sino -acuciante- la gestión del día después. La ambigüedad sobre los objetivos que caracteriza las declaraciones del presidente Trump, su indefinición calculada -¿neutralizar capacidades?, ¿forzar la negociación?, ¿cambio de régimen?- amplía la holgura táctica, pero complica el desenlace. Y mientras tanto, Irán ha hecho lo esperable: poner el ventilador y correr el conflicto hacia el Golfo.

Ahí comienza la verdadera internacionalización. En cuanto el enfrentamiento roza infraestructuras energéticas, rutas marítimas o pólizas de seguros, deja de ser un duelo bilateral y se convierte en una pelea por el termostato del sistema. El anuncio de aumento de producción por parte de la OPEP+ busca contener el pánico. Pero los barriles en papel no alcanzan si el cuello de botella se materializa en Ormuz, por donde circula el 20% del petróleo mundial. Y no auguran cosa buena las arremetidas con drones, que ya han provocado el cierre de instalaciones críticas, como la refinería de Aramco en Ras Tanura (Arabia Saudí). Basta con la subida de la prima de riesgo para que el choque se traslade a inflación, mercados y, en última instancia, dañe la cohesión social en Europa.

Ese es el punto que deberíamos estar discutiendo. No si nos escandaliza el hacer americano, sino cómo nos afecta. Europa paga el riesgo en su factura energética y lo pagará previsiblemente asimismo en Ucrania, porque cualquier tensión sostenida en petróleo y gas beneficia a Rusia por precio e ingresos. Y desde una perspectiva más cercana, justo cuando el frente ucraniano exige concentración política y apoyo continuo, el foco se desplaza irremisiblemente hacia Oriente Medio; también el mediático: se va a hablar menos del Donbás y el apagón informativo no nos favorece. Con el desplazamiento, Moscú gana oxígeno y probablemente margen de maniobra en las conversaciones con Kyiv "facilitadas" por Washington.

Y China, ¿dónde está? No en el centro de la escena, pero sí en el centro de las repercusiones. Es el principal comprador del crudo iraní y, por lo tanto, la parálisis de abastecimiento le impactaría de lleno, aunque se ha dotado de cumplidas reservas estratégicas para amortiguar una perturbación temporal del mercado. Un petróleo más caro no la trastorna de inmediato; hasta puede reforzar la negociación con exportadores apretados de liquidez. Sobre todo, una implicación prolongada de Estados Unidos en Oriente Medio alivia presión en el Indo-Pacífico, que es el auténtico teatro estructural de competencia. Y cada proyectil utilizado es uno menos en el stock americano, que, sabemos, adolece hoy de una reposición lenta. Pekín no necesita, pues, alinearse ni ir más allá de la condena formal: le llega con observar, asegurar suministros y capitalizar la "distracción" militar trumpiana. En el tablero geopolítico, eso cuenta.

Londres, París y Berlín primero reclamaron contención y freno a los ataques, para después deslizar la posibilidad de una acción "necesaria y proporcionada". Reaparece así el E3 que negoció el acuerdo nuclear de 2015. Pero esta vez sin la contribución orgánica de la Unión como marco político común, sino como conversación entre capitales que comparecen por separado. Es revelador: Europa actúa por Estados, no como protagonista estratégico unificado, sin una mesa común y sin capacidad de disponer prioridades entre Oriente Medio y Ucrania. Ese déficit no es retórico, es operativo. Con notable simbolismo. Las palabras de la presidenta de la Comisión Europea sobre los embates en la isla de Chipre dirigidos a la base (de soberanía) británica denotan lo "fuera de juego" que está Bruselas: "Aunque la República de Chipre no era el objetivo, [...] nos mantenemos unidos, firmes e inequívocamente con nuestros Estados miembros ante cualquier amenaza". Ha sido Grecia quien ha dado por sí y ante sí el paso de enviar dos fragatas y dos cazas a la zona.

La ilusión de que las "potencias medias" pueden armar por sí solas un orden global normativo choca aquí con la realidad. Nos beneficiamos durante décadas de un orden que Estados Unidos ahormaba y, en general, respaldaba. Ahora estamos en otra fase. Podemos -y debemos- defender reglas en los intersticios que deja esta nueva situación. Pero pretender que la organización del mundo se mantiene por exhortación es confundir deseo con poder.

Europa no puede impedir decisiones tomadas por el 47º Presidente y su buddy Netanyahu. Pero sí puede decidir cómo responder. Tratando la energía como asunto de seguridad estratégica: coordinación de reservas, logística, mensajes creíbles al mercado y protección de rutas. Blindando el expediente ucraniano frente a la tentación de "cerrarlo rápido" para liberar atención. Articulando una iniciativa propia sobre la estabilidad del Golfo, no como sermón jurídico, sino como gestión de intereses.

Ningún Estado miembro puede permitirse el lujo de reaccionar como mero comentarista. Ni la Unión, en tanto que tal, puede permitirse estar ausente en un momento de tamaña envergadura. Si esta guerra se internacionaliza y todo indica que esa es la apuesta iraní, el coste lo pagaremos aquí, en energía, en estabilidad y en Ucrania. El deber europeo no es dictar lecciones tardías, sino componer intereses, blindar mercados y rutas, aguantar el frente ucraniano y actuar como potencia antes estratégica que reguladora. El derecho importa, pero si Europa lo invoca sin capacidad y sin plan, se convertirá en una oración laica: correcta, incluso impecable... y estéril.