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Buena parte del éxito de una empresa consiste en estar dentro y fuera a la vez. Kierkegaard (y después de él Sartre) puso como condición a una vida plena una dosis de extrañamiento respecto a la dureza profunda e interna de lo dado, de lo evidente, del nomos, que dirían los exquisitos. Alberto Rodríguez lo sabe. O por lo menos, lo intuye. Buena parte del cine del director de Modelo 77 posee el privilegio de estar sólidamente anclado en una industria, una tradición y un modelo compartido, pero siempre desde la distancia de una mirada propia o, más sencillo, de autor. Dentro y fuera a la vez.
Un barco nos lleva a otro barco. La pequeña travesía de media hora conduce desde Mazagón por la ría del Odiel en Huelva a las tripas del rodaje de una película que atiende al anómalo nombre de Los tigres. Ahí, la claqueta nos dice que estamos dentro de la secuencia 77 y que se acaba de registrar la toma 1 del plano 12. Estamos dentro de una escena en la que los personajes hablan de sueños y de la lejana posibilidad de dejar su duro trabajo. Estamos dentro del Aitor, un barco de los que remolcan petroleros, sin quilla ni orza, que se balancea al mismo ritmo que respira el vientre del mar. O la mar. Si levantamos la vista (conviene hacerlo por si la biodramina no es suficiente), fuera se ve el descomunal trenzado de depósitos, tuberías y llamas que señalan el lugar de la Ciudadela (o, mejor, Gas Town), el sitio exacto de la civilización en un entorno que se diría idílico y perfecto de marismas, islas imposibles, arena y mar. Mucho mar.
«Es un extraño cruce entre dos mundos, el del hombre y la naturaleza. Aquí, en un lugar que se diría muy cerca del propio paraíso, es, junto a Tarragona, donde más crudo entra de la península», dice el propio Rodríguez en una pausa. Cuenta que todo empezó cuando él y su guionista Rafael Cobos se interesaron por lo que pasaba en ese desproporcionado monumento a lo inabarcable que es el complejo de refinerías, el Polo Químico, que dibujan el skyline del sur de Huelva y aromatizan toda la zona con un sabor acre y salado. Y todo a pocas millas náuticas del tesoro de biodiversidad que es Doñana.
Allí, bien dentro de la bestia de furia y fuego, descubrieron una tipología de ser humano, casi con el rango de subespecie, que responde al nombre de buzo comercial. Los buzos, como todos nosotros, viven fuera, pero se meten bien dentro de una escafandra y un equipo de casi 60 kilos de peso (sólo el casco alcanza los 15) para volver a meterse, de nuevo, en el fondo, en las tripas más hondas del mar. «No tenía ni idea de su existencia», confiesa el realizador con los ojos muy abiertos. Y sigue: «En un momento de nuestras averiguaciones, nos hablaron de una especie de plataforma, una boya gigante (la monoboya), alejada de la costa y que es donde los grandes petroleros se enganchan para vaciar sus depósitos. Del mantenimiento de esas tuberías enormes se encargan, en efecto, los buzos».
Y llegados a este punto, la imaginación de dentro tomó al asalto la realidad de fuera. Y al revés. El título de la película, Los tigres, es por el texto de Emilio Salgari Los tigres de Mompracem, donde el por siempre admirado Sandokán rindió a sus pies océanos enteros y conoció a la Perla de Labuán. «¿De dónde habría salido ese hombre terrible que, al frente de doscientos cachorros de tigre no menos intrépidos que él, había logrado ganarse una reputación tan terrible en tan poco tiempo?», se lee en la novela y hasta en los ojos iluminados del cineasta. Los buzos, dice, son un cruce entre fontaneros y astronautas. Los buzos, continúa, son una comunidad hermanada hasta la desesperación donde todos dependen de todos siempre con la amenaza de la misma muerte bien dentro. Un error, por pequeño que sea, es siempre una tragedia. Los buzos encarnados por Antonio de la Torre y Bárbara Lennie son, como no podía ser otro modo, los protagonistas de la película.
Los tigres, la película más aventurera, compleja, cara (ocho millones de euros) y arriesgada de la filmografía de Alberto Rodríguez, cuenta la historia de dos hermanos (se acabó de momento un nuevo relato de la Transición para el director de La isla mínima o El hombre de las mil caras). Él vive obsesionado con su trabajo porque sólo es capaz de entender el mundo desde el riesgo, desde la posibilidad de la misma muerte. Obsesivo y siempre visceral, el personaje de De la Torre se antoja un gigante dentro del agua y apenas un niño fuera de ella. Ella le da la réplica desde la certeza de la responsabilidad, desde la sensatez de una vida entregada a cuidar a los demás en general y a un padre enfermo más de diez años en particular, desde la coraza que procura el vivir sola rodeada de hombres. Un problema en el oído le impide sumergirse como aprendió en casa. Sabe que la atmósfera sin agua puede ahogar aún mucho más que el agua de la profundidad. Y así hasta que un día un alijo de droga perdido en el fondo, bien adentro, haga que todo cambie, todo lo de fuera.
Los dos, Antonio y Bárbara, reconocen el esfuerzo, la dificultad y hasta el riesgo de dos papeles en los que al trabajo digamos normal de actor hay que sumar los inconvenientes de los mareos, los retrasos de los desplazamientos, los caprichos de las mareas, el ruido del viento... la lentitud del mar. «Como actor, lo que me interesa es poder dar vida a alguien completamente distinto a mí; la experiencia casi antropológica de ser otro. Y pocas experiencias tan distintas y complejas como jugar a ser un buzo», dice él. «Ponerte el casco... Sentir cómo se respira... Es como estar en otro planeta», replica ella. Se toma una pausa y sigue: «Lo que más me ha llamado la atención es la obsesión por el mar de estos hombres. Todo lo hacen por y para su trabajo. Llevan su vocación al extremo. En parte me recuerdan algo a la propia profesión de actor cuando eres más joven por lo que tiene de dependencia total». La que habla, conviene tenerlo en cuenta, es la primera protagonista femenina en la filmografía de Rodríguez. Y a la que habla, tampoco es cosa menor, se la escuchará por primera vez con acento andaluz en una pantalla. «Ligero, no muy marcado, pero acento al fin y al cabo», puntualiza.
BUZO POR TRABAJO, BUZO PORQUE SÍ
Y luego está el buzo. El de verdad, el de dentro, el que, desde su experiencia real, guía cada uno de los pasos de un rodaje por definición «muy, pero que muy, difícil», dice el director con un punto de resignación y otro, por qué no, de orgullo. Eduardo Fernández se llama en verdad como le llaman: Edu O'Kean. Tiene 33 años y lleva 14 buceando por trabajo, por afición y porque sí. «Mi oficio consiste en solucionar problemas. Especialmente, los problemas difíciles», dice a modo de presentación el que -además de uno de los veteranos en los dos equipos de 15 y 12 personas que trabajan en la zona- es el asesor de todos, el doble de Antonio y hasta el responsable de la seguridad del periodista que se acaba de tropezar (no hay biodramina para tanto tropiezo). Presume O'Kean de saber soldar, de colocar explosivos, de conocer las técnicas de salvamento, de manejarse por igual en obras en embalses y pantanos, de haber ayudado a la Guardia Civil en la búsqueda de cuerpos perdidos... Y la lista se alarga hasta lo más hondo. «En realidad, se trata de hacer dentro del agua lo que haces fuera de ella. Si eres torpe en la superficie no puedes ser hábil en lo profundo», explica. Dentro y fuera.
En Huelva el agua es turbia y eso hace más difícil todo. El suelo de lodo obliga a trabajar a ciegas. El peligro, que no sólo su sensación, es aún más real que, por ejemplo, en Algeciras, con las aguas más claras por el fondo de roca. «Sí, hay riesgo y hay accidentes. Y hay muertes. A las cadenas que atraviesan el agua, por ejemplo, se les incrustan todo tipo de material orgánico, mejillones y caramujos, lo que las convierte en auténticas sierras capaces de cortarlo todo. No sólo cortan, sino que el corte se infecta con facilidad...», dice Edu y en los puntos suspensivos deja la cruenta descripción de un parte de bajas del que mejor no dar detalles. En lo que sí se extiende es en sus hazañas como pescador de corvinas a pulmón libre; corvinas enormes que anuncian su presencia, dice, con un tableteo inconfundible. Y aquí una foto, no del sonido sino del feroz y descomunal animal. Buzo por trabajo, buzo porque sí.
CONFLICTO ENTRE IGUALES Y OPUESTOS.
Uno de los productores de todo esto, Koldo Zuazua, enseña y explica, por aquello de completar el retrato, la otra parte, la que tiene que ver con lo que no se ve y que, a su manera, pone cifras y presta una imagen más cercana a la dificultad a la que con tanto denuedo se refieren actores, director, guionista y hasta eléctricos. «El mundo que rodea a la refinería es difícilmente mensurable. Sólo subir desde el Aitor a un petrolero de 300 metros de eslora con capacidad para transportar 150.00 toneladas de crudo puede ser una aventura. Con un mar de leva, el uso de las escalas combinadas es todo un quebradero de cabeza», dice y añade: «Y lo sabemos porque lo hemos sufrido». La monoboya citada arriba y que tanto sorprendió a Rodríguez cuando supo de su existencia tampoco deja nada para la moderación. Se trata de una estructura de 22 metros «catedralicia» donde el crudo discurre por unas mangueras con el aspecto de «los gusanos de Dune». «Los niveles de tensión cuando se trabaja ahí son enormes por el tiempo del que se dispone, por el dinero de cada maniobra y por el riesgo para el ecosistema de cualquier fuga», dice. Y añade: «Y lo sabemos porque lo hemos visto». Tras el tiempo en Huelva, la película se trasladará a Alicante. Allí, en las piscinas que también son platós de la Ciudad de la Luz, se rodarán el resto de las escenas sumergidas, las de dentro. Ahí con todo mucho más controlado, sin los agobios de lo impredecible del mar. Sin mar.
Sea como sea, todo ese miedo de que lo de dentro se vuelque hacia fuera o que lo de fuera se contamine por lo de dentro, está ahí y es el corazón mismo de Los tigres. Si se mira de cerca, la historia misma del pensamiento, del occidental, es la historia de un conflicto entre iguales y opuestos que no acaba. El alma como refutación del cuerpo, lo masculino contra lo femenino, la presencia como negación de la ausencia... lo de dentro frente a lo de fuera. Quizá el último trabajo de Rodríguez sea una oportunidad, como mantenía Kierkegaard (y después de él Sartre), de acercarse a una vida plena desde una dosis de extrañamiento respecto a la dureza profunda e interna de lo dado. En definitiva, buena parte del éxito de una empresa (y de un buzo) consiste en estar dentro y fuera a la vez.



