Un millón y medio. Es el total de citas que Michel Foucault (Poitiers, 1926 - París, 1984) acumula en publicaciones científicas durante los últimos 30 años. Ello le convierte en el autor más citado del mundo, tal y como recoge la plataforma Google Scholar, a una distancia abrumadora del resto (Sigmund Freud se queda en 'sólo' 725.000).
¿Qué tiene Foucault para seguir despertando semejante interés? La pregunta es pertinente cuando se cumplen los 40 años del fallecimiento del pensador francés a causa del sida. Es cierto que conoció un mundo muy diferente al nuestro, sin internet y en el que el VIH era una enfermedad mortal. Sin embargo, su aproximación a diferentes aspectos de la realidad ha encontrado una nueva dimensión como se puede comprobar en las ideas hegemónicas de feminismo, descolonización o sexualidad. Por este motivo es tan adorado como vilipendiado, culpable del florecimiento de lo 'woke' y salvador de los olvidados por el Poder.
El vigor 'post mortem' de Foucault se puede medir en el tirón de 'Vigilar y castigar' (1975), su ensayo más conocido (y citado: 111.000 menciones en 'papers' y demás publicaciones académicas) y en uno de los principales hallazgos de esta obra, el panóptico: un prototipo de prisión diseñado en el siglo XVIII por el filósofo y jurista inglés Jeremy Bentham, consistente en una disposición circular de las celdas, con una torre central desde la cual los vigilantes controlaban a los reclusos sin ser vistos por estos. De esta forma, los presos no saben cuándo están siendo vigilados y cuando no. La metáfora panóptica para hablar de los recursos del poder es constante; basta con hacer una búsqueda de la palabra en cuestión para encontrarse con una abrumadora cantidad de resultados. Frente a esto, algunos pensadores contemporáneos consideran que el cuestionamiento de las verdades por parte de Foucault supone una ola destructiva hacia la filosofía y el pensamiento humano.
Hay otro aspecto determinante a la hora de estudiar hoy a Foucault. Poco antes de morir, añadió una cláusula a su testamento que establecía que no quería ninguna publicación póstuma. Esto suponía un problema de primer orden, pues el filósofo francés dejó un centenar de cajas con 37.000 páginas de inéditos. Su voluntad fue respetada hasta hace seis años, cuando empezaron a ver la luz sus escritos que no llegó a llevar a imprenta, empezando por el cuarto volumen de 'Historia de la sexualidad'. Ese proceso de revelación ha contado en sus ediciones en español con el trabajo de Edgardo Castro, investigador del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas de Argentina (Conicet)y director de la colección 'Fragmentos foucaltianos'. Suya es la 'Introducción a Foucault. Guía para orientarse y entender una obra en movimiento', que acaba de publicar Siglo XXI, editorial que igualmente publica la primera edición en español de 'La cuestión antropológica. Una historia de la pregunta por el hombre', curso que dictó entre 1954 y 1955 en la Universidad de Lile y en la École Normale Supérieure de París.
Semillas radicales
Castro habla de esta tercera etapa que se abre en el estudio Foucault, tras la edición de sus libros en vida y de los 13 cursos que impartió en el Colegio de Francia. Aquí, destaca el estudioso argentino, sobresale el descubrimiento del Foucault joven, "inmerso en la recepción de la filosofía clásica y también en los problemas de la psicología". Respecto a la cuestión de la pervivencia, Castro expone su teoría: "Es un autor que se ocupó de distintos ámbitos: la penalidad, la sexualidad, la historia de la filosofía... Puso semillas en distintas quintas. Y esto tuvo su efecto. Los de sociología han encontrado cosas interesantes ahí. Los de psicología también. Y los que de filosofía como yo, por supuesto". Luego está "la radicalidad de sus análisis" y un aspecto determinante, según el investigador: "Que hizo preguntas cuya actualidad y relevancia aparecieron muchos años o décadas después".
Un caso típico es el problema de la biopolítica. "La pandemia puso de relieve la importancia de sus análisis sobre la relación estrecha que hay entre el Estado y la vida biológica de los individuos". Esto no debería llevar a pensar que era un genio o un profeta: "Era el modo de preguntar lo que le llevaba a ver cuestiones que mostraban hasta dónde iba un problema. Por ejemplo, la concepción económica del hombre. O las políticas de salud. O el colonialismo".
Para Germán Cano, profesor de Pensamiento Contemporáneo en la Universidad Complutense de Madrid, la gran característica del pensamiento de Foucault es "la encrucijada", lo que le lleva a ser un heredero relevante de Nietzsche. Su gran virtud, defiende el pensador español, es "reflexionar sobre esa situación de transición entre lo que ha sido y lo que podrá ser. Esto le lleva a ser muy importante en la teoría cultural de género, aunque también mantiene ciertas distancias con lo que podría denominarse el pensamiento 'queer". Todo ello encaja con la situación actual, "donde hay una crisis de valores, aunque todavía no se configura un nuevo marco valorativo para emprender nuestro futuro".
Afiliado al Partido Comunista en su juventud, renegó de esta corriente política con gran virulencia. Esta circunstancia, unida a su homosexualidad, le convierte en "una figura compleja dentro del imaginario de la izquierda". De hecho, "hay muchos intentos de apropiarse de su pensamiento desde marcos neoliberales". Así lo demuestra que "uno de sus discípulos más conocidos fuese François Ewald, ideólogo de la patronal francesa durante mucho tiempo". Cano defiende que esta doble posición como gay y excomunista le llevó " a plantear la problemática del poder, una reflexión que no se encontraba en aquellos momentos".
Apoyo a Jomeini
Frente al análisis y la adoración, en los últimos tiempos están floreciendo posiciones críticas que achacan a Foucault gran parte de los problemas de nuestro tiempo: "Cuando la 'alt right', el pensamiento ideológico cercano al 'trumpismo', habla del marxismo cultural, introduce a Foucault en esa etiqueta y considera que es el gran corruptor del marco universitario. Pero ahí hay una caricatura un poco simplona y grosera. Como está justamente en esa situación de tierra de nadie, se le aplican muchas proyecciones. Es como una especie de test de Rorschach en el que cada cual ve lo que quiere, lo que hace que se vuelquen imaginarios distintos sobre su obra".
Alejo Schapire, autor del reciente 'El secuestro de Occidente' (Libros del Zorzal), aporta otro elemento. "Él inauguró de algún modo esta alianza contra natura de un pensamiento postmarxista con las políticas de identidades y el Islam radical", plantea. "Cuando Foucault muestra su fascinación por la revolución islámica en Irán, de algún modo prefigura lo que después encontrará su caricatura en Queers for Palestine. Es decir, pensar que existe una identidad común entre los oprimidos. En Irán se pudo ver que la llegada al poder de Jomeini se tradujo en que los izquierdistas, los homosexuales, todos estos disidentes que hoy se reconocen en Foucault... fueron pasados a cuchillo".
Schapire denuncia que la noción de que lo importante es analizar la relación de poder, quién es la persona que lo ejerce y la construcción simbólica del mismo, desemboca en un cuestionamiento de las verdades, "que pasan a ser construcciones de opresión al servicio justamente del poder establecido". En cuanto meros constructos coercitivos, las ideas de Foucault plantean una crítica en la que "se invita a la persona que quiere emanciparse a cuestionar, a relativizar y a deconstruir estos sistemas, porque se estima que no se basan más que en ideologías". De este modo, las verdades científicas o biológicas pasan a ser meras fabricaciones al servicio de los poderosos y necesitan ser desafiadas "para poder lograr una liberación, lo que da lugar a aberraciones como que 2+2=4 es una realidad opinable o que la puntualidad o el rigor matemático-científico pasan a ser instrumentos de la opresión del hombre blanco heterosexual".
Director de cursos de la Fundación Gustavo Bueno, Marcelino Suárez Ardura analiza el caso en otras coordenadas: "De lo que se trata es de un fenómeno editorial. En esto los franceses saben mucho. Como tal, efectivamente tiene un despliegue y una capacidad de difusión enorme. Lo que no significa que todo fenómeno editorial esté bien arraigado en la verdad de las cosas o que tenga una importancia desde la perspectiva de la teoría del cierre categorial, que diríamos nosotros, siguiendo a Gustavo Bueno".
Así los sucesores del filósofo asturiano ponen en duda que tenga "una importancia semántica, es decir, dirigida a la verdad". "Foucault es el filósofo de moda", sentencia Suárez Ardura. "Pero teniendo en cuenta una idea de filosofía que viene arrastrándose desde Platón y que la filosofía es un saber de segundo grado que reflexiona sobre otros saberes que ya están en marcha -políticos, científicos...-, cabría como mínimo dudar de la calificación de filósofo para Foucault". Y se pregunta: "¿Qué filósofo es aquél que reflexiona sobre el mundo y sin embargo carece de una teoría de la ciencia y no se enfrenta a las ciencias realmente existentes?".
La Universidad esclerotizada
He ahí, sostiene el 'buenista', la clave de su éxito: «Habla muy en general, de una forma muy genérica, de la verdad. Así, la teoría del poder de Foucault es que todo es poder y, de alguna manera, todos estamos atados al poder. Eso genera una atracción sobre la juventud porque no se atiene a la morfología, a la rugosidad de las realidades, y porque plantea un contrasistemismo. Sin embargo, y de manera paradójica, Foucault está totalmente institucionalizado en la propia universidad».
Cano le da la vuelta, en cierto modo, a esta última reflexión y habla de "la automatización académica" en torno al autor de 'Vigilar y castigar', que él considera que ha llegado "a un punto de saturación" y a "una cierta apropiación un poco esclerótica". Así, "ha sido una figura fundamental en la introducción del pensamiento francés en los estudios culturales y los departamentos de literatura de EEUU", en una operación "un poco tramposa, porque el Foucault y el Derrida que aterrizan en Estados Unidos, son un Foucault y un Derrida muy particulares que tienen una coyuntura, una apropiación muy norteamericana, donde también se pierde el estilo político".
Frente a esto, Edgardo Castro ofrece una resolución: "Foucault es un pensador fundamentalmente crítico. Si uno le saca la crítica de Foucault, sólo queda una vulgata. Y uno no puede ser crítico solamente con los otros, tiene que serlo con uno mismo y con las propias evidencias". No es, sostiene el estudioso, "ni el archivillano de todos los males, ni el héroe de todos los bienes, porque no es dogmático". Por tanto, "no hay ortodoxia 'foucaultiana'. Lo que hay es un método crítico. Y crítico aún de las propias evidencias". Y aún más: "Si algo queda y quedará de Foucault es su metodología crítica, no sus fórmulas. Porque sus libros son caja de herramientas; Foucault no te da ningún manual de instrucciones de esas cajas, sino que dice: 'Hagan con esto lo que ustedes quieran". De ahí que "no sea fácil mostrar que entre el pensamiento llamado 'woke' y Foucault haya una relación de descendencia, porque Foucault no tiene posiciones identitarias". Esta apertura, proclama, es lo que le otorga su dimensión: "Es un autor infinito".
A las puertas de la muerte
En el caso de Foucault, plantea Germán Cano, resulta crucial la imbricación entre obra y vida en los últimos momentos de ésta. "Hay una gran riqueza, realmente impresionante, en su último curso, cuando se acerca a los cínicos, cuando se acerca a la vulnerabilidad del cuerpo, cuando reflexiona sobre la relación pedagógica del maestro con sus discípulos", explica el profesor de filosofía. "Es emocionante leer a este último Foucault desde esa clave de la muerte. Eso habla también de alguien que entendió el pensamiento como una práctica vital, que trató de encarnar desde el primer momento la filosofía en una vida concreta, en un cuerpo concreto, en una actividad concreta". Una imagen que, según él, "tiene que ver también con algo que era característico de la filosofía de la antigüedad: El momento de la muerte es un momento también de sanación".

