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La intrahistoria del museo más latino de EEUU y por qué está en Chicago: "Somos 100% bilingües, no es cosmética ni marketing"

El Museo de Arte Contemporáneo MCA es 100% bilingüe y gracias al español llega a nuevos públicos. "Demográficamente, Chicago será latina en unos años. Es absurdo no servir a nuestra comunidad", dice su directora Madeleine Grynsztejn

'Museo', obra del artista puertorriqueño Rafael Ferrer
'Museo', obra del artista puertorriqueño Rafael FerrerMCA de Chicago
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No fue hasta 1978 cuando Frida Kahlo protagonizó su primera exposición individual en Estados Unidos. Hasta entonces sus obras se habían mostrado en muestras colectivas o como apéndice a las de Diego Rivera. Ya hacía 24 años que las cenizas de Frida descansaban en su Casa Azul de Ciudad de México, pero ella aún no era el icono que es actualmente. La antológica seminal que catapultó la figura de Frida Kahlo tal y como la conocemos hoy se celebró en el Museo de Arte Contemporáneo de Chicago (MCA), inaugurado en 1967. Fue uno de los primeros grandes hitos del MCA, uno de los museos bandera de Estados Unidos, que lleva años apostando por un canon distinto -más hispano, más femenino-, contando las otras historias del arte.

Ni Los Ángeles ni Miami: el museo más orgullosamente latino de Estados Unidos está en Chicago. «En EEUU somos muy pocos museos 100% bilingües», admite su directora Madeleine Grynsztejn, que desde que tomó las riendas del centro en 2008 ha emprendido una auténtica revolución. «Demográficamente, Chicago va a ser latino en unos años. Ya estamos en torno al 30% de la población. Es absurdo no ser bilingües y no servir a nuestra comunidad», destaca. Según algunas previsiones de censo, la población hispana de Chicago -tercera ciudad de EEUU por detrás de Nueva York y Los Ángeles- podría alcanzar e incluso superar el 50% en 2050.

Aunque a primera vista nadie diría que Grynsztejn es latina, su biografía nómada ilustra y explica su proyecto de museo. Hija de una familia judía que huyó de Europa ante la amenaza de Hitler, Grynzstejn nació en Lima pero se crio en Caracas, hasta los 12 años. «Mi padre era ingeniero en Shell y viajábamos mucho: nos mudamos a Londres, Ámsterdam, otra vez a Venezuela, a Francia...», recuerda. Estudió en la Universidad Tulane de Nueva Orleans, y después Historia del Arte en Columbia, Nueva York. Comenzó su carrera en el Museo de Arte Contemporáneo de San Diego, donde a finales de los 80 ya impulsó el proyecto Dos Ciudades/Two Cities, una serie de exposiciones e intercambios con Tijuana, a sólo 30 kilómetros, para abordar las problemáticas de la frontera.

«Creo que mi experiencia personal de vivir la infancia en Latinoamérica y pasar la adolescencia en varios países donde no tenía ningún idioma me ha decidido a apostar por un bilingüismo total en el museo. ¡Y eso no significa simplemente poner cartelas en español e inglés!», admite Grynsztejn. En el MCA una gran parte del equipo directivo y curatorial habla español (además, su director de Comunicación, Manuel Venegas, es de Madrid), las actividades se realizan en ambos idiomas (el Día de la Familia prácticamente ha doblado la asistencia desde que se imparte en español) y el museo hasta ha salido de su edificio en Midtown para ir a los barrios del sur, concretamente a La Villita, conocida como el México del Medio Oeste y celebrar un día de talleres artísticos en la escuela primaria Saucedo. «Estamos teniendo muy buenos resultados. A veces no podemos esperar que la gente venga al museo, por eso incidimos en barrios con problemáticas sociales. La estrategia del bilingüismo nos permite expandir nuestra área de influencia y alcanzar distintas comunidades», explica Grynsztejn.

Madeleine Grynsztejn, directora del MCA de Chicago, bajo las plantas del jardín 
de invierno.
Madeleine Grynsztejn, directora del MCA de Chicago, bajo las plantas del jardín de invierno.

Del contacto con esas comunidades también han surgido exposiciones como la aclamada Entre horizontes: Arte y activismo entre Chicago y Puerto Rico, que tras casi un año cerró sus puertas el pasado mayo. Su comisaria Carla Acevedo-Yates, nacida en Puerto Rico, pasó meses trabajando con la comunidad local y no se limitó a enfrentar la producción artística a orillas del lago Michigan y el Caribe, sino que profundizó en los movimientos sociales, en las históricas revueltas de los años 60 y 70 (conocidas como las rebeliones de Division Street y Humboldt Park) o las manifestaciones por la liberación de los presos políticos puertorriqueños.

La primera exposición totalmente bilingüe del museo, también a cargo de una joven y enérgica Acevedo-Yates (una de las comisarias más interesantes y con más proyección de EEUU), se remonta a 2020 y se dedicó a la artista colombiana Carolina Caycedo, un referente del arte latinoamericano (en Europa hemos tenido que esperar a que el IVAM de Valencia la reivindicara este verano). Otra muestra que marcó un antes y un después fue Forecast Form: El arte en la diáspora caribeña, de 1990-hoy, de 2022. «Fue la primera gran exposición colectiva del país que se centró en la perspectiva de la diáspora caribeña, crucial por la influencia que ha tenido en el arte contemporáneo», resalta Grynsztejn.

Aquella muestra prácticamente coincidió con otra gran apuesta a este lado del Atlántico, la de la Tate de Londres, que por primera vez reivindicaba el arte caribeño en Life Between Islands Caribbean-British Art 1950's - Now (Vida entre islas. Arte británico en el Caribe 1950-hoy).Este redescubrimiento de la creación bañada por las Antillas Mayores, Menores y Bahamas también ha llegado a España en el marco de la feria ARCO de este año, con la exquisita muestra La orilla, la marea, la corriente: un Caribe oceánico, comisariada por Acevedo-Yates junto a Sara Hermann, ex directora del Museo de Arte Moderno de Santo Domingo.

Desde Chicago, Acevedo-Yates ya está preparando una de las exposiciones que más dará que hablar a nivel internacional en 2026: «Va a ser una muestra muy importante sobre la influencia del reggaeton, desde Bob Marley hasta Bad Bunny. Porque hay una intersección entre el arte y la música, una línea que exploramos en el museo desde hace tiempo. La última vez fue con David Bowie y tuvo una gran acogida», adelanta Grynsztejn.

¿Caribe, reggae y Chicago? A priori, sorprende. «En España siempre asociáis lo latino con Miami o Los Ángeles», ríe Grynsztejn. «La población latina de Chicago está más mezclada y resulta más compleja de entender. Miami es mayoritariamente cubana; Los Ángeles, mexicana. Aunque aquí también predomina lo mexicano hay una gran comunidad puertorriqueña y colombiana...».

La aclamada muestra 'Arte en la diáspora caribeña, 1990-hoy', la primera en centrarse en la creación del Caribe.
La aclamada muestra 'Arte en la diáspora caribeña, 1990-hoy', la primera en centrarse en la creación del Caribe.

Palmeras en pleno Midtown.

En medio del bosque de rascacielos del centro de Chicago, el MCA es casi un suspiro horizontal entre los modernísimos bloques de cristal. En frente se extiende el Lake Shore Park, con su cancha de básquet y su pista de atletismo; más allá, la carretera 41 que cruza la ciudad y el inmenso lago Michigan. Tras sus emblemáticas escaleras de entrada y un diáfano vestíbulo, el museo despliega un singular jardín de invierno: 221 plantas-lámparas colgadas del techo que aportan una sensación de calidez, de naturaleza. Es el espacio Commons, una especie de sala de estar diseñada por el dúo mexicano Pedro & Juana: «Todo el mundo es feliz en un parque, pero con el tiempo que hace en Chicago...», explican los artistas, que trajeron el parque al interior del edificio. Mentalmente es como si Chicago tuviera palmeras entre la nieve y el hielo de sus duros inviernos.

Esa atmósfera casi de salón de casa responde a la idea de tercer lugar, en la definición del sociólogo norteamericano Ray Oldenburg. A finales de los 80, Oldenburg desarrolló la teoría de la necesidad de un espacio de interacción social distinto al doméstico o al laboral, que fuera libre e informal, al estilo de una biblioteca o una cafetería. No se trata de simples lugares de encuentro: son ágoras modernas que refuerzan la democracia.

«Queremos que la gente se encuentre aquí en vez de ir a Starbucks, Apple Store o el lobby del Ace Hotel, que son espacios comerciales. Los ciudadanos no suele usar los museos como un sitio para estar, dialogar, discrepar, relajarse o simplemente pasar la tarde con su ordenador», expone Grynsztejn, que en 2017 impulsó una profunda remodelación del edificio para hacer del museo ese tercer lugar. Forma parte de la estrategia del MCA de social belonging (pertenencia social). «El museo tiene que ser un espacio físico sensual, que abrace al visitante desde que entra», añade la directora.

¿Un museo sensual? Sí, hasta su restaurante Marisol desprende cierta sensualidad por su cuidado interiorismo y su evanescente mural del artista Chris Ofili, británico de ascendencia nigeriana. Marisol no es un capricho: su nombre rinde un tributo a la gran pintora pop Marisol Escobar, hoy olvidada, pero que se codeó con Warhol en los 70. «La primera obra que el MCA adquirió para su colección permanente en 1968 era de Marisol», señala Grynsztejn.

En sus inicios, el MCA nació con una marca pop: en 1969 fue el primer edificio envuelto por Christo en EEUU y algunas de sus primeras muestras estuvieron protagonizadas por Roy Lichtenstein, Robert Rauschenberg y Andy Warhol. Pero medio siglo después las coordenadas han cambiado. La mítica artista mexicana Virginia Jaramillo ocupa varias salas del museo en la retrospectiva más grande que se le ha dedicado y el cineasta afroamericano Arthur Jaffa despliega su potente -y crítica- obra visual sobre el hecho de ser afroamericano en el nuevo milenio.

«Chicago está viviendo una edad dorada del arte negro similar al renacimiento de Harlem en los años 20», compara Grynsztejn. Aunque Nueva York y Los Ángeles siempre han sido las ciudades más artísticas del país, la escena de Chicago -ciudad tradicionalmente vinculada a la arquitectura de vanguardia- es cada vez más fuerte.

Una pieza de la artista  Sandra Brewster, de ascendencia guyanesa, en la exposición 'Arte en la diáspora caribeña'.
Una pieza de la artista Sandra Brewster, de ascendencia guyanesa, en la exposición 'Arte en la diáspora caribeña'.

«Actualmente, Chicago atraviesa un momento álgido, es un gran foco de atención y puede ser un ejemplo para todo el país. Grosso modo, nuestra población es 30% blanca, 30%negra y 30% latina. La forma en que nos respetamos unos a otros y cómo trabajamos juntos puede abrir distintos caminos», considera Grynsztejn.

Alianza con el Guggenheim

A poco más de dos kilómetros, en rigurosa línea recta bajando por la N. Columbus Drive se llega al museo clásico de la capital de Illinois: el Art Institute, fundado a finales del siglo XIX con su aire neoclásico y dos leones a sus puertas (con cierto parecido a nuestro Congreso de los Diputados). Ahí están los célebres Nighthawks de Hopper (la canónica escena nocturna en un diner), el American Gothic de Grant Wood (la pareja de granjeros que ya es un símbolo de EEUU) o La habitación de Arlés de Van Gogh (una de las tres versiones: las otras se conversan en París y Ámsterdam). Pero el MCA construye un nuevo canon, radicalmente diferente. Antes del MeToo, ya apostaba por la paridad en sus salas. Y en los últimos años el 70% de sus adquisiciones son de mujeres, artistas afroamericanos, LGTBI o indígenas. «Es algo estructural, no es cosmética ni marketing. Creemos firmemente en la diversidad», defiende Grynsztejn.

Su colección también ha aumentado con la generosa e insólita donación del magnate griego Dimitris Daskalopoulos: 100 obras a compartir entre el Guggenheim de Nueva York y el MCA (además de otras 110 para la Tate y 140 para el Museo de Arte Contemporáneo de Atenas). «Es la primera vez que se hace una donación de tal calibre por separado. Envía a un mensaje a los museos para que no sean tan territoriales. Cuando alguien va a una exposición no le importa de quién es la propiedad de una obra, sino la pieza en sí y la historia que le contamos», dice la directora. «Aquí cada Estado es como un micropaís. Aunque compartir tiene muchas ventajas no es nada habitual...». California ya se ha inspirado en el modelo MCAy tres de sus principales museos -el Hammer, el LACMA y el MOCA- comparten desde este verano 260 obras de la donación de los filántropos Jarl y Pamela Mohn, dos de los principales coleccionistas americanos.

Pero si por algo Chicago aventaja a Los Ángeles o la mismísima Nueva York es por las más de 500 obras de arte que luce en sus calles. Desde hace décadas, la alcaldía viene apostando por el arte público, con magnas piezas que ya se han convertido en señas de identidad de la ciudad, como la Cloud Gate (Puerta de nube) de Anish Kapoor en el parque del Milenio, junto a la Fuente Crown de Jaume Plensa, que acaba de cumplir 20 años. No es la única huella española: Joan Miró no consiguió que su escultura Luna, sol y una estrella se instalara en la Diagonal de Barcelona, en su idea de dar la bienvenida a la ciudad por tierra, mar (el mosaico de La Rambla) y aire (el mural del aeropuerto). Pero en los 80, Chicago inauguró su monumental versión de 12 metros en plena Brunswick Plaza, siguiendo el camino de Picasso, que en 1967, justo cuando el MCA abrió sus puertas, proyectó un ¿rostro de mujer? de 15 metros en Daley Plaza. Los niños lo siguen utilizando como un alegre tobogán: ir a un museo después de deslizarse por Picasso cambia la mirada.