«¡Llegué a la tierra rebelde, del Negro Andresote y del Negro Miguel; por donde pasó Chávez en su ofensiva victoriosa en el 2012, y hoy aquí está su hijo, el presidente del pueblo que triunfará el próximo 28 de julio», así se presentaba en verano Nicolás Maduro en un mitin en el pueblo de Yaritagua, zona montañosa y rural al norte de Venezuela, con una invocación a los esclavos que se rebelaron contra la corona española (en los siglos XVI y XVIII) y proclamándose hijo del Comandante, apelando a una eterna revolución siempre inconclusa. Pero más importante aún que su inflamado discurso de «patria y victoria» era su vestuario: una estridente chaqueta de chándal amarilla estampada con la imagen de la diosa María Lionza entre girasoles. Maduro pisaba tierra sagrada, la cuna de la diosa madre de Venezuela, al pie de la montaña de Sorte. Una diosa raptada por su propio régimen (literalmente, fue sustraída de la Universidad Central de Caracas en 2022) y que refleja el drama y la división que vive el país, cuya diáspora supera los ocho millones de ciudadanos.
A María Lionza se la venera como la poderosa diosa de la naturaleza y la fertilidad, en un culto que nace de la mezcla del catolicismo, con la devoción hacia la virgen y los santos, y del espiritismo indígena ligado a las fuerzas ocultas de la selva, con algunos elementos de las religiones africanas, en un sincretismo que no ha dejado de evolucionar en las últimas décadas. Según una de las leyendas -existen varias versiones-, María Lionza era una joven princesa que habitaba en los bosques tropicales de Sorte e iba a ser sacrificada al dios de las aguas por su propio padre (tenía unos hermosos ojos verdes, lo cual era un mal presagio para la dinastía), pero sobrevivió enfrentándose a la gran anaconda. Se la suele representar con una serpiente o cabalgando una danta o tapir amazónico, mamífero propio de Sudamérica y en peligro de extinción.
«A diferencia de otras prácticas religiosas de la misma área cultural -como santería cubana, candomblé, vudú, umbanda, palo mayombe y el culto de la adivinación Ifá- el culto a María Lionza ha recibido hasta la fecha muy poca atención de los estudiosos», lamenta el antropólogo Roger Canals en su libro Una diosa en movimiento, basado en su tesis doctoral y editado por la Universidad de Barcelona, una de las pocas investigaciones que se adentra en los misterios marialionceros, sus rituales y los trances de los médiums para conectar con la santa reina.
En el bello documental La diosa quebrada de Ximena Pereira, directora venezolana afincada en Chile desde hace años, la aproximación a María Lionza es más íntima y sigue las vicisitudes que ha sufrido su icónica estatua de Caracas para trazar un paralelismo entre la diosa y un país fracturado. «Casi todos nos fuimos. Extraño mi acento, mis palabras. Pero en ningún otro lugar he sentido tanto miedo como allí [Caracas]», confiesa Pereira en su filme, que presentó en el pasado Festival de Málaga.
Olimpiadas bolivarianas
María Lionza es un fenómeno 100% venezolano, una diosa que ha cruzado el umbral de la religión para acabar en la arena política. «A Dios se le llama María Lionza», aclaraba el hijo del presidente, Nicolás Ernesto Maduro Guerra (o Nicolasito), en un programa del periodista Vladimir Villegas. Además de una meteórica carrera, Nicolasito -que se define como cristiano católico apostólico- también ejerce de vicepresidente de Asuntos Religiosos del Partido Socialista Unido de Venezuela (PSUV), cargo de gran relevancia en un país eminentemente creyente. Cuando Villegas le preguntó a Maduro Júnior «¿Cómo vas a creer en un Dios impuesto por una Iglesia que llegó con la conquista?», éste contestó didácticamente: «Mira, Dios es una energía que en algún momento se le llamó Ra, que en algún momento se le llamó Zeus, Odín. Se le llama María Lionza en el país. Yo le llamo Dios, Jesús. Fue lo que me inculcaron en la casa».
Ya durante el mandato de Hugo Chávez, éste se erigió en una figura de culto cuasireligioso, distanciándose de la iglesia católica para acercarse al espiritismo más popular y que predomina en las comunidades rurales, su principal foco de votos. Un camino que su hijo Maduro también recorre y cuyo paroxismo fue la desaparición de la estatua de María Lionza en pleno Caracas, hace apenas tres años. Pero para entender el simbolismo de esa escultura hay que remontarse a 2004, cuando se partió en dos, y antes, al golpe de Estado de 1948, que derrocó al presidente democráticamente electo Rómulo Gallegos y que inauguraría una década de severas dictaduras militares.
Tras la frustrada y efímera democracia del conocido como Trienio Adeco (1945-1948), en 1950 Venezuela volvía a sumirse en un clima de inestabilidad con el asesinato del flamante presidente de la Junta Militar, Carlos Delgado Chalbaud. Los Juegos Bolivarianos de 1951, una suerte de miniolimpiadas latinoamericanas, eran el gran evento y escaparate para el país. Uno de los mejores artistas de la época, Alejandro Colina (hijo de madre canaria), creó una magna escultura como pebetero: la poderosa diosa madre.
Colina ya había levantado varios monumentos públicos y de joven había vivido entre tribus aborígenes para buscar un estilo propio, esencialmente venezolano, entre la tradición occidental y la indígena. También pasó unos traumáticos meses en prisión (y después en un hospital psiquiátrico), cuando se negó a retocar su colosal escultura de 20 metros de San Juan Bautista: el dictador Juan Vicente Gómez (27 años en el poder) le pidió que en vez de levantar el brazo y el índice hacia el cielo -como Jesús en La última cena de Da Vinci-, lo bajara para sostener un trozo de pan. Colina se negó, fue expulsado del proyecto y acusado de comunista.
El Sanjuanote, como se le conoce por sus dimensiones, era su gran icono. Hasta que llegó la escultura de 7,5 metros de María Lionza, que se colocó cerca del Estadio Olímpico de la Universidad Central de Venezuela (UCV). La representación de la diosa, desnuda y a lomos de un tapir, es todo voluptuosidad, fuerza y músculo, algo que chocaba con el arquetipo clásico de feminidad. Con los brazos en alto, María Lionza sostiene una pelvis femenina, símbolo de fertilidad y sobre la que se prendió la llama olímpica-bolivariana.
Con los años la escultura acabó absorbida por la autopista Francisco Fajardo, que se empezó a construir en la década de los 50 y que ya es la más importante de Caracas, rebautizada recientemente por Maduro como Gran Cacique Guaicaipuro para borrar el rastro del conquistador de ascendencia española. Pese a ser un emblema nacional, María Lionza se alza en la isla medianera y sus fieles tienen que sortear el tráfico y cruzar tres carriles para depositarle flores. Cuando llegó el nuevo milenio (y Chávez), el estado de conservación de la escultura era más que deficiente: sus pies y otras partes del cuerpo prácticamente se habían derretido y corría el riesgo de derrumbarse.
2004 marcó un punto de inflexión, la antesala de la sustracción que se produciría en 2022: la alcaldía chavista y la Universidad Central, afín a la oposición y tradicional espacio de disidencia, se disputaban la propiedad de la estatua. Desde la universidad se apostaba por la urgente restauración de la escultura, sostenida por un andamio, mientras que el ayuntamiento quería realizar una copia. Sin ningún acuerdo previo, equipos municipales tomaron un molde del original para crear la réplica.
Y una mañana de junio, la diosa amaneció partida por la mitad. Un escándalo simbólico: ¿la fractura del chavismo?
Oficialmente, nunca se supo qué sucedió: se dice que al sacar el molde se dañó aún más la frágil estatua (algo que desmintió el escultor de la copia, Silvestre Chacón), pero testigos afirmaban haber visto a un grupo de hombres por la noche amarrando la obra para hacerla caer...
A pesar de una sentencia del Tribunal Superior de Justicia que dictaminaba que la escultura era propiedad de la Universidad, cuando se retiraron sus dos mitades, el alcalde chavista Freddy Bernal rápidamente depositó la réplica. Y ahí sigue, en medio de la autopista.
La María Lionza original fue restaurada en un almacén del campus universitario, donde permaneció durante 18 largos años, a pesar de los intentos del rectorado para que fuese devuelta a su emplazamiento original.
Y una madrugada desapareció. Con una grúa.
El 4 de octubre de 2022 la UCV denunció su sustracción en un comunicado. Casi al mismo tiempo otro comunicado gubernamental informaba de que una Comisión Presidencial para la Recuperación había adoptado «medidas urgentes» para poner fin «a la situación de abandono» de un «bien cultural excepcional, cuyo único y verdadero dueño es el pueblo de Venezuela».
La Federación Venezolana de Espiritismo, que agrupa a los santeros del país, celebró el nuevo destino de María Lionza: las montañas de Sorte, donde ya existía una réplica desde 2006, en Chivacoa. Y agradeció todo el apoyo de Nicolás Maduro y de Maduro Júnior desde la vicepresidencia de Asuntos Religiosos por su «devolución al pueblo». Devolución para unos, rapto para otros en una Venezuela quebrada como su diosa.


