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Si preguntan a cualquier inteligencia artificial quién es el gran referente del feminismo el primer puesto suele estar reñido entre Simone de Beauvoir (1908-1986) y Mary Wollstonecraft (1759-1797), que escribió el pionero Vindicación de los derechos de la mujer (1792). Lo hizo 100 años antes de que las mujeres consiguieran el derecho a voto en Nueva Zelanda, único país que lo estrenó en el siglo XIX, en 1893. Cuando Beauvoir publicó El segundo sexo (1949), Francia había aprobado el sufragio universal cinco años antes, con un Charles de Gaulleexiliado en Argel. Su monumental ensayo de casi mil páginas se suele considerar la Biblia del feminismo pero, aceptémoslo, pocos lo han leído, más allá de destacar su ya famosa frase: «No se nace mujer, se llega a serlo». A los 75 años de su publicación, ¿cómo hay que releer esta Biblia feminista, más cuando su autora, defensora de la libertad y la democracia, firmó una carta abierta defendiendo la pedofilia, trabajó para Radio Vichy bajo la ocupación nazi y tuvo comportamientos cuanto menos poco éticos con algunas de sus ex alumnas?
No es nada nuevo: el controvertido manifiesto se publicó en Le Monde en 1977, su trabajo en las ondas nazis era de dominio público y sus relaciones con exalumnas salieron a la luz con la edición póstuma de sus cartas, que revelan desiguales triángulos amorosos en los que también participaba el filósofo Jean-Paul Sartre (1905-1980), su pareja oficial, con quien se supone que desafió las convenciones sociales para mantener una relación igualitaria y abierta a otros «amores contingentes», como ellos lo llamaban. Aunque desde una óptica más contemporánea, la filósofa Julia Kristeva les definió como «terroristas libertarios» por sus depredadoras liaisons con estudiantes fascinadas por la profesora de Filosofía y la pareja de moda, icono de la izquierda y de la sofisticada intelectualidad parisina.
Toda la información es de acceso público pero paradójicamente apenas hay biografías o estudios críticos que traten esos tres tabúes juntos, sobre todo la polémica carta para pedir la despenalización de la pederastia, que suele omitirse en los ensayos y encuentros dedicados a Beauvoir. Ni siquiera después del MeToo.
Desde el ámbito académico, cuatro investigadoras españolas se atrevieron a publicar en la revista científica Social and Education History un contundente artículo titulado Presentar a Beauvoir como una feminista ocultando su defensa y acusaciones de pederastia (2022). Empieza así: «La literatura científica analiza la creciente reivindicación ciudadana contra referentes humanos que cometieron agresiones racistas o sexistas. Aunque los periódicos han aclarado que Simone de Beauvoir defendió públicamente la despenalización de la pederastia y fue condenada y apartada de la enseñanza por su propio caso, pocos estudios científicos lo reconocen».
Firmado por Lídia Puigvert-Mallart y Rosa Valls-Carol de la Universidad de Barcelona (UB), Ana Vidu de Berkeley y Garazi López de Winsconsin-Madison, el artículo pone el dedo en la llaga, en los propios estudios de género y en cómo se presenta a Beauvoir en carreras y másters de ciencias sociales: sigue siendo la madre del feminismo moderno, incluso su creadora. Como si aún resonara el eco de aquel grito repetido en su multitudinario entierro:«¡Mujeres, se lo debéis todo!», pronunciado por su discípula Élisabeth Badinter, activista feminista, especialmente destacada en la lucha contra el velo islámico. La frase caló en la conciencia colectiva.
«A Beauvoir se la sigue presentando como un ejemplo de lucha por la libertad sexual contra el acoso y el abuso, como una demócrata antinazi. Lo que queríamos subrayar a través de este paper es que ha habido una ocultación deliberada y un silenciamiento de ciertos actos de Beauvoir. Se esconde detrás de su obra y si en la universidad no lo exponemos nuestro trabajo pierde validez», señala Lídia Puigvert, catedrática de Sociología de la UB y referente en estudios sobre igualdad, que lideró la primera investigación en España sobre violencia de género en las universidades, cuyos resultados contribuyeron a crear los protocolos que incluyó la ley para la igualdad de 2007.
«El objetivo de nuestras investigaciones es mejorar la vida de las personas. Desde la medicina los avances para la salud están muy claros, pero desde las ciencias sociales también contribuimos a hacer avanzar la sociedad», reivindica Puigvert sobre las repercusiones prácticas de los artículos científicos, en este caso, un estudio del grupo CREA (Community of Researchers on Excellence for All).
¿En qué mejora la sociedad conocer las luces y sombras de Simone de Beauvoir? «Las jóvenes y adolescentes merecen una educación basada en evidencias y alineada con lo que todos dicen defender. Beauvoir escribe una cosa pero hace otra. Seguir encumbrándola como símbolo feminista eclipsa a otras personas que podrían ser referentes, que lucharon sin fisuras por la libertad de la mujer», dice Puigvert. Y pone un ejemplo de nuestra propia historia: la organización Mujeres Libres, que llegó a tener 20.000 afiliadas durante la Guerra Civil y que ha caído en un total olvido.
Sin embargo, una de las consecuencias más sutiles y graves del silencio de las sombras beauvoirianas sería esta: «En el entorno académico se dan muchos casos de abusos y agresiones sexuales. El hecho de tener un referente que también los cometió es como si te eximiera de responsabilidades. Si sabes que Beauvoir hizo ciertas cosas y lo callas... genera menos necesidad de ser coherente con tu trabajo académico». Hace una pausa y dice con rotundidad: «No puedes trabajar en temas de feminismo y a la vez generar actitudes violentas o callar ante situaciones de abusos. Hay que romper el silencio, también con Beauvoir».
En el sector editorial también se extiende ese silencio. En la publicación o reedición de los libros de Beauvoir, si bien se suelen incluir prólogos que recontextualizan su figura (como en su novela inédita, Las inseparables, editada por Lumen con un epílogo que trata sobre la negada bisexualidad de la autora), pocos mencionan su empleo durante el régimen de Vichy y muchísimo menos el manifiesto pedófilo. Incluso la última biografía que le dedicó en 2019 Kate Kirkpatrick, profesora de Filosofía en Oxford, omite el manifiesto, aunque sí expone con claridad y ponderación sus contradicciones y claroscuros (también los de Sartre). El punto fuerte de Convertirse en Beauvoir (Paidós) es el paralelismo que Kirkpatrick traza entre las ideas filosóficas de Beauvoir, su pulsión por una libertad radical y su propia vida, explicado desde distintos ángulos, además de señalar cómo se ha convertido en una marca, en «un producto de consumo feminista y posfeminista».
En las últimas semanas, un libro predomina en la sección de ensayo de las librerías: Un millón de cuartos propios de la escritora Tamara Tenenbaum, flamante primer Premio Paidós por la sugerente relectura de otro clásico feminista, Un cuarto propio (1929) de Virginia Woolf. «Lo que sucede tanto con Un cuarto propio como con El segundo sexo es que trascienden su condición de libros», dice Tenenbaum desde Buenos Aires, donde imparte clases de Filosofía y Escritura en la universidad. «Mucha gente cita frases pero no los ha leído. Hay que ir con cuidado con los eslóganes sueltos: es un concepto que viene de la publicidad y convertir la filosofía en eslogan es peligroso. Se puede caer en la manipulación», advierte.
En su actualización moderna, incluso divertida (la filosofía puede serlo), de Un cuarto propio Tenenbaum va esbozando una genealogía feminista en la que aparece Beauvoir, por supuesto: «No creo que haya un ocultamiento de los claroscuros de ninguna figura histórica. Que si Virginia era racista en el Londres victoriano o si Beauvoir fue cómplice nazi en el París ocupado... No es importante qué hizo o no Beauvoir sino lo que nos sirve hoy de su pensamiento».
Pero recordemos qué hizo, cuáles son esos tres tabúes.
un simple 'vicio'
En 1971, Beauvoir fue una de las impulsoras de un trascendental manifiesto a favor del aborto, que sería conocido como El las 343 o, peor, El de las 343 zorras por una portada de Charlie Hebdo que caricaturizaba a los políticos conservadores. Escritoras, artistas, activistas y actrices de la talla de Catherine Deneuve, Jeanne Moreau, Agnès Varda o Marguerite Duras -y la propia Beauvoir- confesaban haber abortado, exponiéndose a ir a la cárcel. Cuatro años después Francia legalizaba el aborto con la Ley Veil. Medio siglo después, en 2024, se convirtió en el primer país del mundo en consagrarlo como derecho en su Constitución.
¿Por qué en 1977 Beauvoir firmó otra petición radicalmente opuesta? Una carta abierta en Le Monde suscrita por cerca de 70 intelectuales, filósofos y psicoanalistas, la mayoría de izquierdas, en la que reclamaban la despenalización de la pederastia y se escandalizan porque tres adultos llevaran tres años en la cárcel esperando un juicio por abusar de adolescentes de 13 y 14 años, además de fotografiarlos. Hay frases como esta: «Semejante tiempo en prisión preventiva para investigar un simple 'vicio', en el que los niños no han sido víctimas de la más mínima violencia, sino que al contrario manifestaron ante los magistrados que ellos habían consentido los hechos -aunque la ley actual les niega ese derecho a consentir-, semejante tiempo en prisión preventiva nos parece en sí mismo escandaloso».
La lista de nombres de los firmantes sonroja: Sartre y Beauvoir, Roland Barthes, Gilles y Fanny Deleuze, Félix Guattari, Bernard Kouchner (cofundador de Médicos sin fronteras y después ministro)... Hubo muy pocas negativas, pero Marguertie Duras o Hélène Cixous dijeron no.
Todavía sonroja más el autor del manifiesto: Gabriel Matzneff, entonces un respetado intelectual que en sus libros y diarios describía sin pudor sus relaciones con menores, tanto en Francia como en sus recurrentes viajes a Filipinas en busca de efebos que tan sólo eran niños. A pesar de lo explícito de sus textos, durante décadas Matzneff siguió recibiendo premios y reconocimientos, como el prestigioso Renaudot en 2013. Hasta que en 2020 la editora Vanessa Springora publicó El consentimiento (Lumen), una confesión en primera persona sobre la relación que mantuvo con el escritor cuando ella tenía 14 años y él 50. Su libro fue un tsunami que sacudió Francia y la puso ante el espejo, reflejando la complicidad de toda una sociedad. Ni el instituto donde Matzneff la iba a buscar ni el hospital pediátrico donde la ingresaron ni su propia familia actuaron ante esa supuesta relación de amor. Después de Springora hubo otras adolescentes y más niños asiáticos. Hoy Matzneff tiene 88 años y está siendo investigado por violaciones a menores aunque la mayoría hayan prescrito. Ninguna editorial quiere publicar su último libro.
En pleno escándalo Matzneff, Springora reflexionaba en EL MUNDO sobre el manifiesto suscrito por tantos escritores a finales de los 70: «En esa época se llevaba la libertad lo más lejos posible, ya fuera en las costumbres o en lo sexual. Me he preguntado mucho sobre la ceguera de todos esos intelectuales, sobre todo de las feministas como Beauvoir. Luchaban para que las jóvenes pudieran tener derecho a su sexualidad y firmaron esa carta abierta creyendo que las defendían. No comprendieron que firmaban una carta a favor de la pedofilia».
El mismo año de la controvertida carta abierta redactada por Matzneff, la periodista alemana Alice Schwarzer creaba la revista feminista EMMA, la única que aún queda en los quioscos europeos y que sigue dirigiendo a sus 81 años. "No me enteré en 1977 de que Beauvoir había firmado esa petición; de haberlo sabido, habría protestado enérgicamente", cuenta desde Colonia. "En esa época, con EMMA, ya estaba luchando contra la desestigmatización y despenalización de la pedofilia. Eso venía de la izquierda y se promovía como 'el derecho del niño al sexo con adultos'. El cinismo más descarado. Que Beauvoir y Sartre no lo vieran claramente es imperdonable, pero explicable: era simplemente el espíritu pseudoprogresista de la época. El círculo de los intelectuales de la Rive Gauche parisina es pequeño: todos se conocen, se protegen... Sin embargo, estoy convencida de que hoy en día Simone de Beauvoir no aceptaría la pedofilia.", añade Schwarzer, histórica activista feminista.
En plena resaca de Mayo del 68, una joven Schwarzer llegó a París como corresponsal. Entrevistó a los grandes intelectuales de la época -haciéndose amiga de Beauvoir- y exportó el Manifiesto de las 343 a Alemania, bajo el título de ¡Hemos abortado!. Se publicó en la revista Stern, firmado por 374 mujeres, entre ellas Rommy Schneider.
En otoño de 2024, la editorial independiente Triacastela publicó sus Conversaciones con Simone de Beauvoir, charlas mantenidas durante una década (de 1972 a 1982), que por fin se editan en español. En su revelador libro, vemos cómo Beauvoir matiza algunas de sus posiciones a lo largo de los años y acepta muchas de sus propias contradicciones.
"Claro que hay contradicciones entre su teoría y su vida. Pero un ser humano no es un programa. Uno puede tener objetivos que no siempre cumple", apunta Schwarzer. Y pone como ejemplo la "aparente y cool poligamia" de la época: "Estaba sobre todo dictada por los hombres; para las mujeres, que tradicionalmente vinculan más estrechamente las emociones y el sexo, no siempre fue fácil. Pero Beauvoir, como sabemos hoy, también se tomó ciertas libertades: desde su apasionada aventura con Nelson Algren hasta sus relaciones con mujeres. Solo que lo manejó con más discreción. Hacer pública su bisexualidad en esa época habría sido suicida. Así que guardó silencio sobre ello durante mucho tiempo. Sin embargo, en sus últimos años, como me dijo en una entrevista, le habría gustado hablar de eso, pero las personas implicadas no querían".
Isla de las tentaciones filosófica
Una de las autoras más críticas con Beauvoir por sus relaciones asimétricas con las mujeres ha sido la historiadora Marie-Jo Bonnet, que en 2015 publicó un duro ensayo nunca traducido en nuestro país, Simone de Beauvoir et les femmes (Albin Michel), en el que parte de sus recuerdos personales: «Cuando conocí a Simone de Beauvoir en 1971 en el MLF [el recién nacido Movimiento de Liberación de las Mujeres, que a menudo se reunía en casa de la escritora], ella hacía soñar a nuestra generación. Era el ejemplo mismo de la mujer libre que se negaba a casarse y tener hijos mientras vivía una relación igualitaria con Sartre. Con la publicación de su correspondencia, nos vimos obligadas a revisar el mito: otra Beauvoir, la verdadera Beauvoir, aparecía públicamente, revelando a una mujer que no asumía su amor carnal por sus pequeñas amigas, como las llamaba Sartre, y cuya vida oculta contrastaba cruelmente con el mensaje emancipador de El segundo sexo».
Bonnet disecciona con bisturí los claroscuros de Beauvoir. Hay en su escritura cierta rabia, cierta herida, la de esa joven que admiró a la gran Beauvoir y que décadas después descubre con estupor el contenido de sus diarios y cartas. En su libro ahonda en las relaciones de Beauvoir con tres de sus exalumnas, que acabaron formando un ménage à trois con Sartre: Olga Kosakiewicz, Bianca Bienenfeld y Nathalie Sorokine. Curiosamente todas eran de ascendencia rusa o del Este (Bienenfeld, judía, nació en Polonia, de la que su familia huyó ante el auge del nazismo).
Los amoríos contingentes de Beauvoir y Sartre se leen hoy como una Isla de las tentaciones teñida de filosofía existencialista. Tomemos a Olga: Beauvoir, entonces de 25 años, mantuvo un idilio con su alumna de 17; al conocerla, Sartre se enamoró perdidamente de ella pero esta rechazó mantener relaciones sexuales con él (su fealdad era proverbial y aún no se había forjado su mito de gran intelectual). Sí participó en su trío intelectual, que se oscureció por los celos de Beauvoir al verse desplazada. El punto diabólico viene ahora: Olga empezó a salir con un ex alumno de Sartre, Jacques-Laurent Bost, con el que acabaría casándose pero que... también era amante de Beauvoir (y lo sería durante años). Todos lo sabían menos Olga.
Eso sí, Beauvoir le dedicó su novela La invitada (Edhasa) inspirada en su trío. Spoiler: el personaje alter ego de Beauvoir acaba asesinando al alter ego de Olga y el primer título que la escritora barajó para su novela fue Defensa propia. Pero es sólo ficción, sin rastro de tensión lésbica entre las protagonistas.
Cuando ciertas cartas entre Sartre y Beauvoir se hicieron públicas, Bianca Bienenfeld se sintió tan traicionada e instrumentalizada que escribió Memorias de una joven perturbada (Lumen), su particular venganza por el desprecio con el que la pareja se refería a ella, a la que «abandonaron» en 1940, en plena ocupación alemana (ella era la alumna judía).
En cuanto a Nathalie Sorokine... Fue su madre la que interpuso una denuncia contra Beuavoir, que acabaría con su suspensión del sistema educativo, eso sí, bajo el régimen colaboracionista del general Pétain, que se plegó a los valores nazis. El mismo régimen que le pagó un sueldo a Beauvoir por sus programas culturales en la radio pública de Vichy. Supervivencia en tiempos de guerra, lo justificó ella. Años después coquetearía con el comunismo y viajaría con Sartre, en su calidad de intelectuales de la gauche, a los países de la revolución, donde se reuniría con Fidel Castro y el Che Guevara, Mao y Jrushchov.
Durante esos viajes de Estado, Beauvoir ya era una superestrella inseparable de Sartre. Mientras, en la España de Franco sus libros sólo podían encontrarse clandestinamente: corrían varias ediciones latinoamericanas de El segundo sexo que, sin embargo, sí se publicó en catalán en 1968, en una versión amputada por la censura. Aunque sorprenda, hasta 1998 no se editó en nuestro país de forma íntegra. En 2005 Cátedra lanzó otra magna edición, la que se encuentra hoy en librerías y que lleva 22 reimpresiones, con el mismo prólogo del 98 de Teresa López Pardina.
«Este clásico goza de muy buena salud y parece que interesa a las nuevas generaciones, pues ha vendido casi 30.000 ejemplares en España en los últimos diez años», informan desde la editorial, que planea un relanzamiento. Cuando se publicó en la Francia de 1949, en sólo dos semanas el primer tomo vendió 20.000 ejemplares. Y el Vaticano lo incluyó en su Índice de Libros Prohibidos.
Tenenbaum, que escribe para esas nuevas generaciones, aporta la clave de lectura: «No hay que leer nada como una Biblia. Seguimos leyendo su obra porque nos sigue diciendo cosas valiosas para pensar el presente».




