LA LECTURA
Lucy Cooke

Una zoóloga contra los clichés del sexo femenino: "Nuestro orgasmo sirve para una cosa: el placer, gracias"

La autora de 'Hembras' desmonta una idea "obsoleta" sobre la feminidad animal en su nuevo libro: "El concepto de que sólo los machos disfrutan el sexo es una visión absurdamente victoriana"

Lucy Cooke, autora de 'Hembras'.
Lucy Cooke, autora de 'Hembras'.JET
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Charles Darwin estaba horrorizado. Como buen zoólogo varón victoriano no podía dejar de sentir espanto e indignación por el destino de sus iguales machos arácnidos que se jugaban la vida, literalmente, para lograr copular con las mucho más grandes y voraces hembras. Pensemos en la araña Nephila pilipes, por ejemplo: la hembra de esta especie tiene unas ciento veinticinco veces la masa corporal del diminuto macho, quien debe atravesar con enorme cuidado su intrincada telaraña llena de cables trampa, encaramarse al gigantesco cuerpo eludiendo sus afiladas mandíbulas cargadas de mortal veneno y aparearse con ella sin ser devorado. La mayor parte de las veces no lo consigue: su amante le succiona y arroja su cadáver desecado al suelo junto al creciente montón de pretendientes fracasados.

¿Qué sentido tiene hacer del sexo, esencial para la supervivencia, algo tan peligroso? ¿A qué obedece el aparente misterio de la elección de pareja en el mundo animal? ¿Por qué en algunas especies las hembras son mucho más promiscuas que los castos machos? ¿Y quién va ganando la cruenta y endémica guerra genital?

A todas estas preguntas, y a algunas más, responde con tanto humor como conocimiento la zoóloga y experta en comportamiento animal de Oxford, Lucy Cooke, en Hembras (Anagrama), una deslumbrante y revolucionaria guía en femenino sobre el sexo y la evolución.

Y resulta que unas semanas antes de citarnos con ella, entrevistamos a una amiga suya, Sarah Blaffer Hrdy, una antropóloga de fama mundial cuyo libro El padre en escena (Capitán Swing) defiende cómo el cuidado paterno transforma a los hombres y ha salido publicado en España al mismo tiempo que Hembras, una feliz coincidencia de dos títulos tan complementarios. ¿Deberían tal vez las librerías venderlos juntos? «Sarah ha sido una mentora increíble para mí mientras escribía este libro, y me sorprendió darme cuenta de que no conocía su nombre antes de empezar mi investigación», explica Cooke por Zoom. «Es una de las grandes pensadoras evolutivas de nuestro tiempo, y su nombre debería ser tan reconocido como el de Richard Dawkins y otros hombres famosos en el ámbito de la biología evolutiva. Me sentiría muy orgullosa de que mi libro se publicara junto al suyo».

Por cierto que Sarah nos confesó también que le había sugerido que no titulara la edición original en inglés de su libro 'Bitch' ('Zorra'). En español lo han traducido como 'Hembras' ¿Qué le parece el cambio?
Sí. Bueno, Sarah estará encantada con el cambio, porque, como mencionó usted, no le gustaba el título original. Para su generación, la palabra bitch es un insulto real, una grosería. Mientras que, para la gente de veintitantos años, casi se ha convertido en un cumplido. Esto demuestra el enorme cambio en la forma en que percibimos a las mujeres y el género en general. Refleja una transformación en la perspectiva de las nuevas generaciones en comparación con las anteriores. Aunque me entristeció un poco que el título no conservara su carga provocadora en la traducción, creo que el título original me ha dado mucho, pero también me ha restado. Es llamativo, agresivo y capta la atención, pero puede resultar demasiado intimidante para generaciones mayores, que quizás se sientan reacias a leerlo. Tal vez un título más suave haga que el libro sea más accesible para todos. Y, en muchos sentidos, es precisamente esa generación mayor, que sigue ostentando el poder, la que más necesita conocer lo que explico en él. Mientras que los jóvenes, que se sienten atraídos por el título original, probablemente ya han asumido muchas de las ideas que planteo.
Defiende que la teoría de la selección sexual de Darwin se incubó en un contexto de misoginia. Simone de Beauvoir escribió en su día un libro preguntándose si había que quemar a Sade. ¿Hay que quemar a Darwin?
Buena pregunta, pero no, no deberíamos quemar a Darwin porque la mayoría de sus ideas siguen siendo brillantes. Su teoría de la evolución por selección natural aún hoy es incuestionable. Lo que señalo en el libro es que tuvo un defecto crucial: cuando intentó describir a las hembras, solo pudo ver lo que la cultura victoriana le permitía ver. Cargaba con un sesgo inconsciente que moldeó su visión de los roles de género. De hecho, ni siquiera estoy segura de que Darwin creyera realmente todo lo que escribió en El origen del hombre (1871). En su vida personal era un liberal, un abolicionista y promovió el papel de las mujeres en su propio entorno, llegando a emplear a su hija como editora. Si se revisan algunos de sus escritos menos conocidos, como los estudios sobre percebes, vemos que comprendía que el sexo era algo flexible y que tenía una visión mucho menos rígida sobre la sexualidad y el género. Sin embargo, en El origen del hombre, su segundo libro más famoso, todo eso desaparece. No solo hay un claro sesgo sexista, sino también un racismo evidente. Pero aún así, no creo que deba ser cancelado, porque muchos aspectos de su trabajo siguen siendo acertados. El problema es que, al considerar a las hembras como pasivas y a los machos como activos, distorsionó toda la investigación que vino después durante mucho tiempo.
Creo que su tutor en la universidad fue Richard Dawkins quien en su bestseller 'El gen egoísta' (1976) explicaba la explotación de la mujer por el menor número y el mayor tamaño de sus gametos. ¿Cree que podríamos hoy poner en marcha un autobús, como hizo él con la religión, con el siguiente lema: "Mujeres, probablemente Dawkins se equivocó: dejad de preocuparos y disfrutad de la vida"?
Me encanta la idea. De hecho, me ofrezco para conducir ese autobús (ríe). Me parece que Dawkins ha caído en desgracia, y es una pena. Cuando estudié con él, era un brillante biólogo evolutivo y un comunicador excepcional de la ciencia. No hay duda, tiene un talento increíble para divulgar, pero al final no deja de ser un hombre blanco mayor con la mentalidad de un hombre blanco mayor. Se ha quedado completamente atrás y sus ideas sobre el sexo y el género están desacreditadas. Su postura contra la comunidad trans ha sido increíblemente ingenua y me resulta profundamente frustrante. Tengo aquí la edición del veinticinco aniversario de El gen egoísta, donde corrigió muchos errores de la primera. Y, sin embargo, sigue sin corregir su afirmación sobre los gametos, que permanece tal cual. Es evidente que esa idea ya no es un hecho incuestionable, sino un concepto en disputa. Y su negativa a debatir es muy decepcionante, especialmente viniendo de alguien que, en su momento, fue un héroe para muchos de nosotros.
Hasta hace poco se pensaba que el orgasmo femenino, al no estar asociado a una mecánica como la eyaculación, era una peculiaridad del Sapiens. Pero 'Hembras' muestra que existe orgasmo femenino en muchas especies de animales. Disculpa la simpleza de la pregunta, pero, ¿para qué sirve el orgasmo femenino?
Para el placer, gracias. A ver, el orgasmo femenino existe para incentivar a las hembras a conseguir algo esencial para la supervivencia de su especie y la continuidad de sus genes. Si las hembras no disfrutaran del sexo, no lo tendrían. De hecho, todas las actividades esenciales para la vida son placenteras: comer es placentero, tener sexo es placentero, porque el sexo es necesario para la reproducción. Y, por ello, las hembras suelen tener muchísimo sexo. Por ejemplo, hay registros de hembras de chimpancé que pueden aparearse hasta 50 veces en una sola jornada. Todo esto tiene una razón: las hembras primates practican este comportamiento promiscuo para ser mejores madres. Al copular con múltiples machos, confunden la paternidad de sus crías, lo que reduce el riesgo de que un macho alfa las mate. Si una hembra debe tener tanto sexo para proteger a sus crías, tiene sentido que reciba una recompensa: el placer sexual. La idea de que solo los machos disfrutan del sexo es una visión absurdamente victoriana.
La psicología evolutiva nos contó que los machos son promiscuos y las mujeres castas porque responden a necesidades biológicas diferentes. Usted asegura en su libro que esa idea siempre le dio dolor de cabeza. Numerosas hembras de distintas especies echan una cana al aire de vez en cuando. ¿La naturaleza no es una novela romántica?
¿Una novela romántica? Bueno, depende de qué tipo de novela romántica leas, porque hoy en día hay muchísimas opciones. Pero no, la naturaleza no es una novela romántica. Es un lugar brutal. Y lo cierto es que las hembras tienen tanta agencia sexual como los machos. Me resulta fascinante lo problemático que ha sido este concepto para los científicos que han tratado de explicarlo. Sarah Blaffer Hrdy, de quien ya hemos hablado, fue una de las primeras en proponerlo al estudiar a los langures. Y cuando presentó sus hallazgos, algunos profesores varones se le acercaban en los pasillos y le soltaban comentarios condescendientes como «Oh, Sarah, ¿así que solo estás un poco cachonda, no?», intentando ridiculizar su trabajo. Hoy, su teoría está plenamente aceptada. Se ha demostrado en al menos 60 especies de mamíferos que las hembras se aparean con múltiples machos para confundir la paternidad.
Algo similar ocurrió con la bióloga evolutiva Patricia Gowaty, otra de sus heroínas.
Eso es. Fue la primera en demostrar que las hembras de las aves también se aparean con múltiples machos. Su hallazgo desató una tormenta, porque hasta entonces se creía que las aves eran socialmente monógamas. ¿Por qué? Porque a simple vista lo parecen: el macho canta para atraer a la hembra, construyen un nido juntos, crían a sus polluelos... Y como lo vemos en nuestro propio jardín, nos reconforta pensar «Mira, son como nosotros, la monogamia es lo natural, las aves lo confirman». Pero luego resultó que las hembras se apareaban con varios machos. Cuando Patricia Gowaty presentó sus datos en una conferencia de ornitología, algunos científicos hombres dijeron que la única explicación posible era que las hembras estaban siendo violadas, lo cual es imposible en aves cantoras. Me sigue pareciendo increíble que la idea de la agencia sexual femenina sea tan difícil de aceptar culturalmente, que siga siendo tan desafiante para tanta gente.
Por cierto, he sufrido mucho con esas pobres arañas macho que se juegan la vida literalmente al intentar copular con las hembras. Ellas pueden ser tan agresivas como ellos. ¿Qué opina de la afirmación feminista de que una sociedad matriarcal sería más pacífica que una patriarcal?
Diría que es ingenuo asumir que una sociedad dominada por mujeres sería necesariamente más pacífica que una dominada por hombres. Lo que sí es interesante es que en los mamíferos ocurre algo extraordinario en el cerebro de las hembras cuando dan a luz. Hay una reorganización neurológica que puede fomentar una mayor empatía. Sin embargo, el problema de hacer afirmaciones generalizadas es que existe una enorme variabilidad entre individuos. Y en el caso de la sociedad humana, no está claro si las personas que llegan a posiciones de poder son precisamente aquellas con mayor empatía. Así que, en términos generales, creo que es un error pensar que un matriarcado sería inherentemente más empático que un patriarcado. Aunque, eso sí, las orcas han demostrado que pueden liderar con bastante eficacia.
Describe todo tipo de penes y vaginas animales -por cierto creo que he tenido pesadillas con el pene del tiranosaurio-. Y explica que esa variedad obedece a una "guerra genital". ¿En qué consiste esa guerra y quién va ganando?
Las guerras sexuales en la naturaleza son, en esencia, una lucha de control. Las hembras buscan elegir quién las fertiliza, mientras que los machos intentan aparearse con el mayor número posible de ellas, recurriendo en ocasiones a la coerción. Un caso llamativo es el de los patos: aunque los machos pueden forzar el apareamiento, las hembras tienen la ventaja de que su compleja anatomía vaginal les permite bloquear el esperma no deseado. En contraste, los chinches presentan un escenario opuesto. Los machos poseen un pene hipodérmico con el que inyectan su esperma directamente en la cavidad corporal de la hembra, sin posibilidad de resistencia. Esta batalla evolutiva ha generado una asombrosa diversidad genital en el reino animal. No hay un vencedor absoluto: en algunas especies ganan las hembras; en otras, los machos. Lo fascinante es descubrir quién lleva la ventaja en cada caso.
Su libro demuestra la fascinante variedad sexual de la naturaleza, el arcoiris de la evolución. Hoy, sin embargo, Donald Trump ha impuesto en Estados Unidos la ley de que sólo hay dos géneros, mujeres y hombres. ¿Un determinado binarismo científico ha animado el binarismo político? ¿Tendrá que cambiar la ciencia para cambiar la sociedad?
Creo que estamos ante un problema enorme, y una parte fundamental de este problema es la definición de sexo. El sexo biológico se define según si un organismo produce esperma o produce óvulos. En ese sentido, sí, existen dos sexos, porque solo hay dos tipos de gametos. Pero el problema radica en que esta definición es defectuosa porque se basa únicamente en los gametos y no en el cuerpo que los produce. No contempla, por ejemplo, a las personas intersexuales o a quienes no producen ni óvulos ni esperma. Tampoco incluye la enorme diversidad de variaciones intersexuales del reino animal. Y eso solo en términos de sexo biológico. El género y la identidad de género son cuestiones muy diferentes. No hablamos de género en los animales porque se trata de una construcción cultural y psicológica.
Explíqueme eso.
No podemos preguntarle a un pez cuál es su identidad de género. El caso del pez payaso ilustra perfectamente por qué es un error asumir que el sexo, el género y la identidad de género son categorías rígidas y lineales. En esta especie, los peces pueden cambiar de macho a hembra. Sus gónadas tardan un año en transformarse de testículos a ovarios, pero en cuanto la hembra dominante desaparece, el macho comienza a comportarse como hembra y los demás lo reconocen inmediatamente como tal, incluso antes de que sus órganos reproductores hayan cambiado. El fenómeno muestra que sexo, identidad y comportamiento no están necesariamente conectados. Lo vemos en los peces y también en nuestra propia especie. Sin embargo, nuestra cultura aún lucha por asimilarlo. Hemos dependido durante siglos de una visión binaria del sexo: «Hombres, ustedes van a la guerra y hacen cosas de hombres. Mujeres, ustedes tienen bebés para que haya más soldados que puedan ir a la guerra». Este pensamiento se ha proyectado sobre el reino animal, y luego hemos usado ese modelo artificial para reforzar nuestra visión del mundo. La realidad es mucho más compleja. Espero que mis lectores observen la extraordinaria diversidad de sexo, sexualidad, roles de género e identidad de género en el reino animal y aprecien así la variabilidad dentro de nuestra propia especie. La variabilidad es el motor de la evolución. Sin diveraratrtrsidad, no podemos evolucionar. Y si hay algo que necesitamos desesperadamente en estos tiempos, es evolucionar.