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Más de un siglo de psicoterapia: "No sólo Freud fingía, la mayoría de psicoterapeutas de la época se aprovechó de la exageración"

En 2025, millones de individuos se sientan delante de un terapeuta para desnudarse emocionalmente y hallar bienestar. Un fenómeno que ahora se analiza en 'Arquitectos del alma' (Paidós), que ahonda en los orígenes del psicoanálisis, la psicología científica y la popular

El psiquiatra suizo Carl Gustav Jung, leyendo un libro de pie en su biblioteca
El psiquiatra suizo Carl Gustav Jung, leyendo un libro de pie en su bibliotecaCentral PressGetty Images
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Tres años después sus diferencias se impusieron y provocaron uno de los conflictos intelectuales más interesantes de la historia del pensamiento, pero en 1909 Sigmund Freud y Carl Jung oteaban juntos el horizonte desde un barco que estaba a punto de llegar a Nueva York. Mentor y discípulo -les separaban 20 años- habían sido invitados por la Universidad de Clark (Massachusetts) para explicar sus novedosas e inquietantes teorías. Según la leyenda, el padre del psicoanálisis preguntó a su futuro enemigo si era consciente de que les traían una plaga.

Aunque así fue -un siglo después, la preocupación por el bienestar y el deseo de felicidad son nucleares-, la anécdota es, sin embargo, incierta. «Freud dijo algo más general: 'si ellos (los estadounidenses) sabían lo que les traían», cuenta el psicólogo y periodista científico Steve Ayan, quien ahora publica en nuestro país Arquitectos del alma. De Viena al mundo: la invención de la psicoterapia en el siglo XX (Paidós). «No habló de plaga ni fue una frase autodestructiva. Jung afirma haber respondido 'pronto sabrán si les gusta o no'. Con este tipo de rumores hay que tener cuidado. De ser cierta la leyenda, sería el único recuerdo erróneo en la autobiografía de Jung».

Entre la novela y el ensayo -la anécdota y el dato-, su interpretación de los orígenes del psicoanálisis, la psicoterapia, la psicología clínica, la humanística y la conductual se viste con la minuciosa descripción de sus personajes más sobresalientes y los ambientes que habitaban. No sólo Freud y Jung -Jung y Freud- sino también el socialista Alfred Adler y Wilhelm Reich, que estaba obsesionado con el orgasmo. Las primeras líneas del libro se dedican a las reuniones de los miércoles en la calle Berggasse, número 19, en Viena, llenas de humo de tanto puro, dirigidas por un Freud que ya ha publicado La interpretación de los sueños (1900) y donde se discuten distintos asuntos desde un prisma psicoanalítico.

El inicio de la enemistad entre los protagonistas principales se fecha en 1913 pero, según afirma Ayan, en 1912 la situación entre Jung y Freud ya era grave. «Ernest Jones, biógrafo del austríaco, le propuso ese año fundar un comité secreto para evitar que el 'verdadero psicoanálisis' fuera explotado y maltratado por otros. Este círculo incluía a Freud, Jones, Hanns Sachs, Kalr Abraham, Otto Rank y Sándor Ferenczi, y posteriormente también a Max Eitingon. Conocemos el comité secreto sólo por las cartas que intercambiaron y que se publicaron mucho más tarde. Pero no pudieron impedir que el psicoanálisis se diversificara en muchas subteorías por personas como Horney o Reich, a quienes Freud se oponía ferozmente. Freud introdujo un nuevo tipo de pensamiento en el mundo y, aunque quiso controlarlo, se le escapó de las manos y cobró vida propia».

Sí, Ayan tiene cierta querencia por el austríaco. Pero también ha leído todo aquello que ofrezca información -en su idioma original, el alemán- sobre los prolegómenos y el desarrollo de uno de los pilares de la sociedad occidental: la promesa del bienestar personal. Y también la construcción de lo que a día de hoy consideramos que define al ser humano: de ahí que su libro se titule Arquitectos del alma. Habla este autor, en una entrevista por videollamada, de «clásicos muy importantes como El descubrimiento del inconsciente, de Henri Ellenberger, y la biografía de Freud de Peter Gay». «Me resultó muy útil Un método peligroso, el libro de John Kerr, así como la obra del historiador y sociólogo alemán Michael SchröterAuf eigenem Weg, que no sé si está disponible en inglés», detalla.

Y se detiene también en los mitos de los fundadores de lo que hoy conocemos, en un sentido amplio, como psicoterapia. «Nuevas variantes, escisiones y propuestas alternativas, con el paso del tiempo, dieron lugar a una red inabarcable de cientos de métodos terapéuticos», subraya en el libro. «Un número que no deja de crecer», insiste, fenómeno que, según este autor, está motivado «por razones objetivas que tienen que ver con el progreso de la psicología clínica y la psiquiatría. Y al hecho de que la psicoterapia sigue obedeciendo a la lógica económica de la oferta y la demanda».

Para Ayan, «existe un cliché general: creer que Freud y los psicoanalistas realmente veían, como si tuvieran gafas de rayos X, lo que de verdad impulsaba a las personas». Le parece un mito popular: «La mayor parte de la psicología popular aún hoy juega con esta idea. Sin embargo, la psicología científica se ha alejado de ella. Hoy en día, los científicos ven el inconsciente y la conciencia como estrechamente entrelazados, no como reinos separados. Y saber qué sucede en el inconsciente es altamente especulativo. La mayoría de los primeros psicoterapeutas se beneficiaron de la exageración: fingían saber mucho más de lo que uno podría imaginar. Esto es cierto para Freud, pero también para Adler, Jung, Reich, Perls y muchos otros».

Ayer y hoy

En su novela-ensayo, Adan no pierde de vista el contexto actual. Que hoy en día, por ejemplo, el análisis de los problemas mentales esté mucho más diferenciado que en el pasado: que ya no exista una única neurosis sino «una amplia gama de trastornos y síndromes con numerosos subtipos». En los manuales que se utilizan hoy en día, solo la depresión comprende casi 30 variantes, y lo mismo sucede con el duelo complicado persistente. Pero Ayan vuelve continuamente a los inicios porque cree que «si uno tiene una mejor idea de cómo eran aquellos tiempos y cómo eran estas personas se puede obtener una mejor comprensión de lo que realmente hay tras la teoría». «También ayuda a que los elementos de la misma no suenen extraños o disparatados. Si uno conoce cómo era la sociedad vienesa a principios del siglo XX puede entrar mejor en la teoría», invita.

Leamos un extracto: «El año 1902 está llegando a su fin y Viena, la orgullosa capital de la monarquía austrohúngara, está a reventar. Hace tiempo que se construye sin descanso. Las calles, sobre todo al este del canal, en el barrio de Leopoldstadt, están abarrotadas de recién llegados de todos los rincones del imperio de los Habsburgo, desde Bohemia y Moravia hasta Bucovina y Transilvania. Semana tras semana, cientos de personas, muchas de ellas judías, llegaban a la metrópolis del Danubio huyendo de la miseria y la persecución en busca de una vida mejor. Según el censo de 1869, la población de Viena estaba en torno a los seiscientos mil habitantes (...). En los 30 años transcurridos desde entonces, la población se ha multiplicado por tres. Pronto se alcanzarán los dos millones de almas».

La ciudad se convirtió en un «campo de experimentación» del que se beneficiaron distintas disciplinas: «La vanguardia del arte, la filosofía y la ciencia ensayan nuevas formas de pensamiento y expresión que rompen con una tradición que se considera caduca». Viena es también un «hervidero de ideas»: allí convergen pintores como Egon Schiele y Gustav Klimt, los compositores Arnold Schönberg y Gustav Mahler, los arquitectos Otto Wagner y Adolf Loos, el periodista Karl Kraus y la escritora Lou Andreas-Salomé, a la sazón discípula de Freud, esto es, psicoanalista también.

Uno de los primeros puntos de inflexión conseguidos por estos pioneros fue «la superación del dogma de que toda enfermedad, incluso la mental, debía de tener una causa física», relata Ayan en su libro. «Creían que las ansiedades, las compulsiones, la inquietud, los dolores inexplicables o la melancolía no podían atribuirse a anomalías cerebrales o disfunciones orgánicas. Su hipótesis fue que, en el origen de los síntomas había ideas, recuerdos, sentimientos y patrones de pensamiento de los que los individuos no eran necesariamente conscientes». Ésta fue una «idea revolucionaria que arrojó una luz completamente nueva sobre el funcionamiento interno del ser».

Pero Ayan advierte de que «es un peligro juzgar lo que pasó hace 100 años desde una perspectiva actual». Y también que, a estas alturas, se impone la necesidad de volver a Freud, pero sabiendo que éste siempre tuvo dos caras: la del genio y la del loco, la del maestro y la del perturbado o, como describe Ayan, «el genio y el charlatán». «Siempre ha sucedido así, ya entonces existía una tendencia a la adoración de Freud, por parte de algunos, que decían que 'era su maestro'. Otros sentían una profunda animadversión, así que cuando lees sus biografías obtienes una doble cara: la de los adoradores y la de los detractores. Y esto dificulta el entendimiento sobre estos individuos. Por cierto, hace poco un famoso psicoanalista alemán dijo que no sabía decir si Freud, en Arquitectos del alma, se describía como un charlatán o como un genio. Y esto es algo que me pareció muy importante transmitir, la doble cara, porque realmente Freud introdujo un enfoque intelectual e históricamente fundamental, y ésta es su parte genial, pero también estaba muy interesado en promocionarse, tanto a sí mismo como a su escuela de pensamiento».

Tanto es así que, en su consulta anterior a la de la calle Bergrasse y también antes de que arrancara el siglo XX, Freud acostumbraba a sentar en la sala de espera a sus cinco hermanas «para hacer creer que tenía muchos pacientes». Dice Ayan que «era muy testarudo, egocéntrico e irascible». «Y no el tipo de persona con la que uno pudiera llevarse bien durante mucho tiempo si tenía ideas propias sobre cómo funcionaba la mente y la terapia». De ahí que la enemistad entre él y Jung fuera irresoluble y que incluso se recrudeciera con el tiempo. Jung tenía reticencias respecto al énfasis de Freud en los deseos sexuales y la libido.

«Bajo la premisa de la época de que los deseos han de ser reprimidos, se puede decir que la forma de reprimirlos marcaba la diferencia entre enfermedad y normalidad, pero las personas normales también se reprimen porque tienen deseos que no son agradables. Si no fuera así, tendríamos sexo con prácticamente cualquiera y discutiríamos con cualquiera también. Pero Jung tenía una idea muy diferente, creía que los procesos subconscientes tienen su función: surgen para mostrarnos algo», reflexiona el autor.

Este mes y por primera vez, se ha publicado en español una de sus obras fundamentales, Los libros negros (editorial El Hilo de Ariadna): siete volúmenes de escritos íntimos del suizo -incluso sus sueños-, además de sus obras figurativas en una suerte de «experimentación», dice su editor, Sonu Shamdasani, que muestran el núcleo de su cosmología. Alejada de Freud, por lo pronto, y cuyos textos servirían de notas para el Libro rojo, una de sus obras más célebres y que no fue editada en inglés hasta 2009.

Todo esto le parece a Ayan importante, y no sólo porque hoy en día «la psicoterapia esté experimentando un auge sin precedentes» sino también porque piensa que «la psicología como campo, ya sea la popular o la académica, es muy olvidadiza respecto a su pasado». Se alegra de que «prestarse atención a uno mismo y a su estado de ánimo impregne todos los ámbitos de la vida» -cree que «el aumento de la sensibilidad permite detectar antes los problemas y contrarrestar la estigmatización»- pero también considera que, en estos tiempos, «muchos sentimientos simplemente desagradables se perciben como patológicos».

La búsqueda del sentido

De ahí que reivindique también a otros intelectuales, como el psiquiatra austríaco Viktor Frankl y, en especial, su libro El hombre en busca de sentido (reeditado en 2024 por la editorial Herder), donde relata su propia vivencia en un campo de concentración. Famosa es su cita -también la repite Ayan- que afirma que «se puede soportar cualquier cómo mientras se tenga un porqué». En Arquitectos del alma, el autor apuesta por emplear, en 2025, una de las técnicas que Frankl puso en marcha casi un siglo antes, lo que se conoce como derreflexión, es decir, «actuar en lugar de pensar, comprometerse en lugar de refunfuñar». Apunta Ayan: «El boom terapéutico tiende más bien a provocar lo contrario: una hiperreflexión en la que el pensamiento gira incesantemente sobre sí mismo. Todo ello encuentra su expresión en un lenguaje de la vulnerabilidad cada vez más extendido, en el que abundan las energías bloqueadas, los traumas reprimidos y los niños interiores».

Otro gran cambio entre la psicoterapia de antaño y la de hoy sería la relación entre paciente y terapeuta. O, como suele decirse ahora, entre cliente y terapeuta. «La psicología ha evolucionado desde sus orígenes desde la eminencia a la evidencia, desde una serie de figuras carismáticas que fundaron una teoría y un método hasta un movimiento que busca la evidencia, es decir, lo que realmente funciona», describe Ayan. «En la actualidad, muchas personas acuden a terapia y empiezan diciendo que 'tienen muchas dificultades en la vida y que no saben exactamente de dónde vienen, que creen que son principalmente las otras personas las que no los aceptan tal y como son'». Y que el objetivo, al cabo, es sencillo: «Descubrir lo propio sin sentir vergüenza sino percatándose de las cosas e intentando cambiar lo necesario».

En general, la deriva de la psicoterapia no ha ido demasiado mal, según este especialista. Cree que «los terapeutas se han dado cuenta de que las explicaciones teóricas por si solas no bastan para tratar los trastornos y, en lugar de analizar fríamente los conflictos internos, prefieren hacer hincapié en las emociones implicadas».

Hoy, el objetivo principal de adentrarse en una terapia, sea conductual, psicoanalítica o transaccional (la que incide en que dentro de uno está también su yo infantil y su yo adolescente), es «crear experiencias positivas para facilitar el diálogo terapéutico y establecer nuevos hábitos más saludables». «Los terapeutas actuales son, por tanto, mucho menos dogmáticos o prejuiciosos que los pioneros del pasado, y no es casual que la inmensa mayoría sean mujeres. Ya no pretenden curar el malestar psíquico presentando verdades incuestionables, como hacían Freud, Adler o Jung. Al contrario, intentan, con un espíritu más pragmático, apoyar a sus clientes para ayudarlos a afrontar mejor su vida cotidiana».

Y es así como todo lo que pueda ser útil en este sentido acaba siendo bienvenido, porque en realidad «la búsqueda del origen del malestar ha pasado a un segundo plano». Más importante que el porqué de las cosas sería qué hacer con ellas, con nuestras cargas, y cómo encontrar remedios eficaces para los problemas que van surgiendo en la vida cotidiana. Siempre y cuando haya un problema real porque, como denuncia Ayan, «estamos acostumbrado a patologizar la tristeza» o cualquier otra emoción común y normal.

Ni todo se soluciona en terapia ni todo el mundo la necesita. Pero quienes la precisan y deciden acometerla tienen ante sí la interesante aventura de conocerse muchísimo mejor.