- Natalia Lafourcade: "La música es medicina"
Una cancionera puede ser varias cosas: una colección de canciones, un libro de letras, incluso un género. Natalia Lafourcade (Ciudad de México, 1984) utiliza la palabra para referirse a una persona que hace canciones; también para referirse a sí misma. Y no le faltan razones. Tres años después del éxito de De Todas Las flores —álbum que le valió 3 Grammys— la mexicana vuelve pisando fuerte con Cancionera, su decimoprimer álbum de estudio.
Con 22 Grammys a sus espaldas, Natalia Lafourcade se corona como la artista latina con más gramófonos de la historia. Un logro que ha conseguido a través del folclore; expandiendo la tradición musical latinoamericana más allá de su geografía.
Hace ya diez años que Desde la raíz (2015) —el tema con el que nos habló de volver a uno mismo, encontrar nuestro lugar, respetar nuestras raíces y llevarlas a cuestas venga lo que venga— llegó a oídos del público y elevó a la artista un eslabón más en la escalera del éxito internacional. Con Cancionera, Lafourcade está de vuelta, con un mensaje similar, pero de forma distinta.
El de 2015 era un tema que nos atrapó a base de una percusión a guitarra y un ritmo sincopado. "Yo te llevo dentro, hasta la raíz / y por más que crezca vas a estar ahí", le cantaba a su tierra. Natalia creció. Y su hogar, Veracruz, sigue vivo en cada acorde y en cada verso fraseado de Cancionera. "Me nutre", comparte desde Madrid, recién llegada de su país, tras finalizar la primera parte de su gira. "Eso se traduce en la música, en el sonido, en los instrumentos, en las letras y en las historias", continúa.
Cancionera es un álbum, pero bien podría ser como un hechizo, dice Lafourcade; en parte bromeando y, en parte con una sinceridad aplastante. Con su repertorio tenía la intención de hacer "un conjuro", explica. Ya adentrada en sus cuarenta años, ha vivido épocas que quiere recordar. "Es algo que me ancla a un tiempo, a un recuerdo que no quiero que se me olvide". Cita, entonces, la letra de una de sus canciones, que encapsula el mensaje literal del disco: "Canta libre al viento, canta siempre tu verdad. Recuerda la libertad". "Son mensajes que quiero recordar siempre", declara.
A lo largo de sus 11 temas, el disco demuestra "dualidad", cuenta Lafourcade. Porque en Cancionera viven dos versiones de la artista: su yo real y su alter ego; "la cancionera etérea y la cancionera terrenal". Son máscaras que se pone y se quita, versiones que decide confrontar y entender como parte de un todo. Esto se refleja en la variedad de estilos y emociones del disco. "Hay ternura, hay confrontación, hay noche, sudor, amargura. Hay alegría y calor, hay un corazón roto", revela la intérprete.
"Con el tiempo me fui amigando con la forma en la que avanzo. Y eso se refleja en mi música, en todo lo que queda ahí sellado"
Para Lafourcade hay una regla de oro. "Pasarlo bien es fundamental", declara. Lafourcade y su música entablan un quid pro quo congénito, porque a ella le gusta el juego; y a la música... Bueno, "a la música le gusta que juegues con ella", ríe. Y en lo lúdico, las melodías de la mexicana son capaces de proyectar y potenciar emociones.
Su vínculo con la música viene de sus padres, a los que les dedica los únicos dos temas instrumentales en el disco. A pesar de poder alardear de un soprano lírico y de fraseos que, más allá de tecnicidad, cuentan algo por sí solos, la veracruzana encuentra la misma fuerza en lo instrumental. Para ella, todo se termina reflejando en los dos temas instrumentales, ya que "al no tener la voz y no tener que cantar una estructura de canción, hay mucha libertad creativa".
La de Lafourcade ha sido una trayectoria larga, con curvas, parones y desvíos. Viene de un pop dosmilero que decidió abandonar "de forma orgánica", a medida que sus gustos musicales fueron evolucionando con ella. En sus 23 años de carrera, el "juego" que tanto busca y anhela en su oficio no siempre ha estado ahí. Es un juego aprendido. "Hay momentos en los que no entiendo absolutamente nada de lo que estoy haciendo", confiesa no sin cierta autocompasión. "Uno tiene que ir fortaleciendo el temple para atravesar esos puentes, porque si no, sueltas la toalla y ni siquiera has llegado a la mitad del proceso", reflexiona. Lafourcade piensa que es necesario transitar esos caminos; es más, "le gusta" no entender lo que está haciendo, sentirse perdida. Es ahí cuando se permite ser vulnerable, humilde. Y, para suerte de todos, no le queda otra que usarlo en su música.
"Hace ya muchos años que no me duelen las manos para tocar la guitarra", dice. Alude a su momento boom, durante 2016, en el que pisar el escenario le suponía un dolor insoportable. Pero, "el dolor es un gran maestro", confiesa. Pasó dos años con tendinitis debilitante y un dolor de espalda desgastante. "Con el tiempo me fui dando cuenta de que no era solamente una enfermedad. Había muchos aspectos emocionales que tenía que soltar: miedos, apegos. También aprendí que el cuerpo es nuestro maestro total; es muy sabio", contempla. Aun así, no fue un dolor que apareció para detenerla, sino para "hacer reflexiones fuertes y profundas, para conocerse más, para generar equilibrio". Por fortuna, su relación con su oficio ha dado un vuelco, para bien: "Ahora lo disfruto mucho más".
Natalia Lafourcade habla igual que canta: en metáforas, con calma y emoción. Y su ritmo pausado —tanto en su forma de ser como en su carrera— es algo con lo que ha hecho las paces: "Mi ritmo no es igual de veloz que el de otros artistas; y eso está bien. Con el tiempo me fui amigando con la forma en la que avanzo. Y eso se refleja en mi música, en todo lo que queda ahí sellado".
