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"Siento una mezcla extraña de tristeza, alivio y un poco de melancolía. Cuando al fin terminé la novela me sentí aliviada, necesitaba cerrarlo, porque fue un trabajo enorme, tantos años conviviendo con estos personajes... Además, los lectores me preguntaban siempre cuándo iban a poder leer el último", explica entre risas la escritora francomarroquí Leila Slimani (Rabat, 1981 desde su casa en Lisboa. "Pero al mismo tiempo, a veces me siento melancólica, porque sé que probablemente nunca experimentaré de nuevo pasar tanto tiempo con mis personajes, desde el momento en que nacen hasta el momento en que mueren. Y es algo muy emocionante, pasar tanto tiempo con gente que te gusta, gente que conoces muy bien", reconoce.
Me llevaré el fuego (Cabaret Voltaire) pone el punto final a casi una década volcada en la trilogía El país de los otros, un recorrido por medio siglo de historia inspirado en su familia -desde los años 40 en que su abuela Alsaciana se mudó a Marruecos hasta los 90 en que ella, más bien su alter ego, hace el camino inverso a Francia- en el que desgrana la compleja historia de su país al tiempo que explora sus grandes temas literarios: el cuerpo y el deseo femeninos, el peso del patriarcado y la libertad y la mirada condescendiente de Occidente sobre el mundo descolonizado.
Este volumen centrado en la tercera generación tiene, además, un sabor especial, pues sabemos que es el personaje de Mia Daoud, trasunto de Slimani, quien escribe la historia. "Fue muy difícil poner tanto de mí misma en este libro. Al principio no quería hablar de mi infancia y juventud, ni de la experiencia de mi padre [quien, al igual que Mehdi en la novela, fue encarcelado y represaliado por la dictadura alauí]", comparte la escritora. "No funcionaba, así que intenté aceptar mi propia fragilidad, mi propia vulnerabilidad. Desde que empecé a escribir siempre he intentado parecer una mujer fuerte, una feminista que realmente tiene su destino en sus manos... pero con este libro, quería ser más vulnerable y más frágil, mostrarme tal y como soy".
Identidades violentas
Algo que se refleja en la historia del crecimiento vital e intelectual de Mia y su hermana Inès, en el que afloran las tensiones generacionales marcadas por la cultura, la religión y la tradición, además de la crisis de la identidad de vivir en dos culturas muy diferentes, tanto en su propio país, pues pertenecen a la élite afrancesada de Marruecos, como una vez llegadas a Francia. "Yo llegué a París en 1999 y a veces me pregunto si la integración fue más fácil entonces que ahora. Siento que hoy la gente tiene más dificultades con la identidad, porque ésta es mucho más violenta y todos quieren pertenecer a toda costa a un grupo, una comunidad, una tribu...", reflexiona Slimani.
Me llevaré el fuego
Traducción de Malika Embarek López. Cabaret Voltaire. 536 páginas. 25,95 ¤
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"Sin embargo, yo tuve una educación que me ayudó a ser muchas cosas al mismo tiempo. Yo era marroquí y también europea, no sólo francesa, y podía entender valores muy diferentes, escuchaba lenguas diferentes, español en el norte, francés en la escuela, dariya en el día a día...".
"Desde que empecé a escribir siempre he intentado parecer una mujer fuerte, pero con este libro, quería ser más vulnerable y más frágil, mostrarme tal y como soy"
Debido a esa multiculturalidad, opina, la identidad no fue un conflicto para ella, algo que cambió cuando se fue a estudiar a París. "Allí comencé a sentir, en ocasiones, que era difícil para otros entender quién era yo, y descubrí que, en muchos casos, la identidad de uno sólo es un problema en los ojos de los demás", sentencia Slimani, que defiende que en contra de lo que pensamos Marruecos puede ser un país más cosmopolita que Francia.
"Allí y en muchos países del Mediterráneo y del Sur global, la gente habla muchas lenguas y está enterada de lo que ocurre en el mundo. En Marruecos todo el mundo sabe el nombre del presidente de España o de Francia y conoce a los jugadores de la selección de fútbol", asegura la escritora. "Eso no pasa al revés, así que me costó mucho entender que yo me había esforzado por integrarme en una cultura europea que, en su mayoría, no estaba interesada en mi cultura marroquí".
Sueños generacionales
Ganadora del Premio Goncourt en 2016 con Canción dulce, la historia de una niñera asesina de niños y debutante con El país de los ogros, donde exploraba con crudeza el deseo sexual femenino, Slimani es ácrata y libérrima como escritora y como persona: reivindica el egoísmo en la familia, la indiferencia en política y la rebeldía en la sociedad... Por eso, insiste: "No puedes basar tu identidad sólo en la memoria, pues ésta también está hecha de imaginación, de ficción, de sueños... que construimos con todas las cosas que nos rodean. Yo soy marroquí y francesa, pero a través de las cosas que leo, a veces me siento colombiana o americana o egipcia. Podemos ser lo que queramos. Somos lo que amamos y lo que deseamos", sostiene.
Y es que, para la escritora, la literatura es una patria. "Es mi hogar, los diferentes personajes son mis amigos y Tolstói, Chéjov y García Márquez hermanos mayores que admiro mucho. La identidad no es un pasasporte, sino quién eres y qué haces, y la literatura te lleva a preguntarte qué es ser buena persona, qué es el amor o cómo es ser otro. Por eso creo que es el mejor lugar donde puedes vivir".
"No puedes basar tu identidad sólo en la memoria, ésta también está hecha de imaginación, ficción, sueños... Somos también lo que amamos y deseamos"
Más allá de la identidad, Me llevaré el fuego traza un mosaico de la realidad social del Marruecos de los años 80 y 90, un país independiente, camino de la modernización y con grandes aspiraciones reflejadas en los burgueses padres, Aicha, ginecóloga y matrona, y Mehdi, presidente de un floreciente banco de crédito. Un país que mientras se occidentalizaba convivía con una represiva monarquía dictatorial y una integrización religiosa. "Toda la trilogía habla sobre esos sueños que nunca sucedieron. Cada generación tiene un sueño y para la de mis padres que tenían 20 años, a finales de los 60 éste era la igualdad. Un mundo con más igualdad, con más libertad individual y menos presión social", rememora la escritora.
"Sin embargo, poco a poco vieron la vuelta de la presión islámica, algo que nunca hubieran imaginado, y el triunfo de una especie de obsesión por el dinero que convirtió a Marruecos en un país como cualquier otro en un mundo que es muy capitalista y a veces muy violento".
Menos nostalgia y más futuro
En ese sentido, Slimani añora un poco el idealismo algo naíf de esos personajes que representan a sus padres. "Hoy en día somos muy cínicos, muy individualistas. Nuestra sociedad ya no es optimista porque no cree en la acción colectiva. Sólo pensamos en nosotros mismos: ¿Tendré una buena carrera? ¿Tendré el coche que quiero? ¿Podré viajar a este lugar donde puedo hacer fotos y ponerlas en Instagram para que mi vecino se muera de envidia?", reflexiona.
"El optimismo nace de pensar en construir algo para la generación que viene después de ti y hoy en día no existe el futuro, sino que hay una obsesión por el pasado. Si escuchas a Putin o a Trump, siempre hablan del pasado. Vivimos una epidemia de nostalgia, como si en el pasado la gente fuera más feliz. Los recuerdos, la memoria, son peligrosos, no deben ser cárceles, sino combustible para mirar al futuro. Escribo del pasado porque quiero entender los sueños de mis padres, saber por qué fallaron y tener mis propios sueños".
"Los recuerdos son peligrosos, no deben ser cárceles, sino combustible para el futuro. Escribo del pasado porque quiero saber por qué fallaron los sueños de mis padres"
Por eso, Slimani no ahorra en el libro detalles sobre el clima represivo del reinado de Hasán II, cuando no se podía decir lo que se pensaba en público y un desliz se pagaba caro. "Cualquiera que haya vivido durante una dictadura puede entender eso. Desde hace casi tres años vivo en Lisboa y cuando hablo con personas que recuerdan los tiempos de Salazar entienden perfectamente la idea de paranoia, de tener miedo a lo que vas a decir, de que la gente te denuncie y esa presión terrible que es la instrumentalización de la religión para controlar la moral", apunta.
Hoy, afirma, no existe ese miedo, pero sí otros. Por ejemplo, un auge de la violenca y la agresividad social, una acritud que deriva en intolerancia hacia todo y que ha vivido especialmente en el que fue su hogar desde 1999. "En los últimos 10 años, desde los ataques de Bataclan, algo ha pasado. Francia es un país traumatizado y a la deriva que no ha superado todo eso. Hay más y más agresividad, más intolerancia, menos debate. Cualquier tema levanta crispación y termina en violencia", lamenta.
"Para ser honesta, estoy muy triste y preocupada por la situación en Francia, y es algo que afecta a todo el mundo, a los de origen magrebí o africano, a quienes son juzgados, a los ciudadanos de origen francés... El país está muy dividido y es complicado saber qué pasará", reconoce. Lo que sí sabe es de qué tratará su próxima obra, si bien: "No te lo diré porque es mi secreto (risas). Será algo muy diferente, nada autobiográfico. Quiero escribir ahora más similar a Canción dulce, algo muy oscuro y corto. Pero veremos, veremos", concluye.



