En la taberna de Pica Lagartos, un antro sórdido con olores a vino barato, lleno de humo y farolillos rojos, Valle-Inclán ambientó una de las escenas más vulgares (y divertidas) de Luces de bohemia, la obra fundacional del esperpento. En la barra, el poeta Max Estrella asiste a toda una lección de estilo chabacano, una caótica conversación entre los parroquianos ebrios que incluye los insultos y expresiones más zafias de la época. Como los espejos cóncavos del callejón del Gato, nació como un estilo literario que deforma la realidad de forma grotesca y exagerada para sacar a la luz la verdad incómoda: la corrupción del país, la degradación moral, las injusticias sociales. Un siglo después, en un hipersaturado 2025, ¿y si el espejo deformante de nuestra realidad líquida está en nuestro bolsillo, con selfis que reflejan una sociedad del revés, encapsulada en tuits, vídeos de 30 segundos de TikTok y reels de una cotidianidad impostada en Instagram?
Desde el nacimiento del esperpento, género 100% autóctono como la picaresca, esa exageración grotesca no ha hecho más que escalar, incluso en los museos, con plátanos pegados a la pared con una cinta industrial que alcanzan los 6,2 millones en subasta: el Comediante de Maurizio Cattelan que algunos visitantes no dudan en despegar y comerse, como ocurrió el verano pasado en el Pompidou de Metz. E incluso en el Parlamento: algunos de los insultos más originales de este 2025, como «caniche de Gandía» o «ratonera de Valencia»-dirigidos a una ministra y una delegada del Gobierno- se pronunciaron en Les Corts de Valencia. ¿Se ha infiltrado la vulgaridad en todas las esferas de la vida cotidiana? ¿Vivimos en un esperpento 2.0? O, como decía Oscar Wilde, ¿la vulgaridad es la conducta de los demás?
Desde el valle de Baztán, uno de los últimos eruditos de nuestro país, el ensayista y musicólogo Ramón Andrés, comisario de los resucitados Encuentros de Pamplona (adonde ha traído a Premios Nobel y a los mejores pensadores del momento), reflexiona: «La vulgaridad en su forma más básica puede ser una expresión espontánea, incluso liberadora, de lo popular. Pero la chabacanería es otra cosa... Es la degradación de la cultura por la repetición mecánica, la falta de profundidad y la búsqueda del impacto fácil. En cualquier caso, la vulgaridad, la extrema ordinariez de los tiempos, lo está arrasando todo».
El reggaeton y el trap son la comida rápida de la música. Están hechos para mecanizar más la mente.
Premio Nacional de Ensayo en 2021 por el magno Filosofía y consuelo de la música (Acantilado), un tratado poético de casi mil páginas que nos adentra en el significado intelectual y espiritual de la más abstracta de las abstracciones, la música, Andrés opina sobre los géneros de moda en los últimos años, el reggaeton y el trap. «Es la comida rápida de la música. Están hechos para mecanizar más la mente. La música comercial -que es el 90% de la realidad aunque hoy existan muy buenos compositores- destaca por la repetición: ese saber lo que va a venir, unas letras completamente tópicas y a veces soeces. Eso va conformando nuestro cerebro, que no se abre ni a nuevas estructuras, ni a una escucha distinta, ni a lo que no conoce».
Si la música es un reflejo de las ideas y mentalidades de cada época, ¿qué dice de nuestra sociedad el dominio del reggaeton? «Pensamos que somos libres, pero nos falta rebeldía, somos más violentos que rebeldes... En un mundo de ruido, saber valorar la música es más difícil. Hemos perdido mucho oído. Tenemos oídos digitales y falta profundidad en nuestra percepción. La prisa, que es un equivalente del ruido, destruye el equilibrio cerebral. Como decía Jean-François Lyotard, 'vivir a prisa es olvidar de prisa'. Y las músicas de hoy son para olvidar, para nada más. Para pensar una música o leer un libro se necesita tiempo. Y el tiempo no existe: estamos proyectados para una fuga sin fin», argumenta. Una fuga que también desfila por las pasarelas.
¿Clase y elegancia?
«La elegancia es la única belleza que nunca se desvanece. Un vestido debe ser arquitectónico, debe tener una estructura que realce la silueta sin sacrificar la comodidad», dijo Cristóbal Balenciaga en una de sus escasísimas entrevistas. Ay, si Cristóbal levantara la cabeza... se encontraría con una bolsa de basura con su nombre. Literal: un bolso gigante, Trash Pouch (2022), inspirado en los refugiados ucranianos que huían con escasas pertenencias en bolsas y que vale la friolera de 1.750 euros. Ha sido uno de los diseños más polémicos de Demna, el enésimo enfant terrible de la moda que ha dirigido Balenciaga durante diez años -en verano fue nombrado director creativo de Gucci- y la transformó en una marca con estética de mercadillo bajo la coartada del ugly chic (chic asqueroso) y la provocación contra el sistema, aunque forme parte del conglomerado multimillonario Kering, propietario de Gucci, Yves Saint Laurent o Alexander McQueen.
«No sé por qué ese argumento se centra siempre en Balenciaga (quizá por ser un ejemplo extremo), cuando ha ocurrido lo mismo en otras casas desvirtuadas: Givenchy, Schiaparelli, Balmain, Lanvin... Entras hoy a la web de Vionnet y parece Mango con los vestidos para nochevieja. Es un error equiparar la modernización de una marca con simplificarla, reducir su carga conceptual y la calidad», considera Marta D. Riezu, periodista especializada en moda y autora del delicioso ensayo Agua y jabón. Apuntes sobre elegancia involuntaria (Anagrama), una especie de cuaderno de notas y memorias que se convirtió en un pequeño fenómeno. En su libro, empieza con una justificación del título: «Preguntaron a Cecil Beaton qué es la elegancia, y respondió: agua y jabón. Que es lo mismo que decir: lo elegante es lo sencillo, lo honesto, lo de toda la vida».
La moda-meme tiene el recorrido que tiene: es mediáticamente explosiva, se apaga enseguida y no deja más herencia que el chascarrillo
¿Qué hay de la elegancia, de la sobriedad estética en tiempos de bisutería XL y chándales hasta de Chanel? En las antípodas de Balenciaga -por hablar de casos españoles-, Riezu sitúa a Loewe bajo la dirección de Jonathan Anderson, quien revitalizó la imagen de una marca dormida para volver a convertirla en un referente del lujo contemporáneo sin perder su esencia. Y, de paso, facturar cantidades millonarias. «Demostró que si ofreces referencias culturales interesantes, si tratas al cliente como alguien inteligente, no se asusta, compra y fideliza. La moda-meme tiene el recorrido que tiene: es mediáticamente explosiva, se apaga enseguida y no deja más herencia que el chascarrillo. La hace el diseñador para su propio beneficio, no para el de la marca y mucho menos para el del comprador», apunta.
En la última gala del Met, Kim Kardashian lució uno de los vestidos Balenciaga de la colección Destroyed -prendas cortadas o rotas- que habría ido a juego con el bolso Trash Pouch. Cuatro años atrás se presentó bajo un vestido-burka negro diseñado por... adivinen, Demna. «Es importante fijarse en el tipo de público al que atrae ese tipo de prendas obvias: futbolistas, influencers perdidísimos, actores medio analfabetos, emprendedores agresivos, etc. Las almas simplonas siempre se buscan entre sí. Como adultos, debemos autoeducarnos para encontrar marcas que hagan prendas de calidad que duren muchos años. Todo lo demás es farándula. Es urgente huir de las tendencias, las redes y la tontería», sostiene Riezu.
¿Esa idea de elegancia definida por el fotógrafo y diseñador Cecil Beaton -la de la sencillez honesta- se valora menos en una actualidad sobresaturada de imágenes, marcas y productos? «Hoy, de hecho, es cuando más necesitamos huir de lo gritón, lo desesperado por llamar la atención, el despuntar a toda costa», defiende la periodista, que nació en Terrassa, ciudad industrial en el área de Barcelona y cuna de la mítica discoteca Pont Aeri, que abrió sus puertas en 1991 y que fue una de las mecas de la música makina con su propio himno, el Flying Free de 1999 (y que hasta en 2023 Loreen revisitó en su canción Tattoo, ganadora de Eurovisión).
En los 90, la estética skin head con cazadoras bomber, vaqueros pitillos o chándal tuvo su propia denominación en las periferias españolas: los pelaos. Aunque luego, léxico y estética (que no ideología) evolucionarían a quillo, garrulo, choni... Era la época de la Ruta del Bakalao, del auge del tunning, de las raves en polígonos, de unos antihéroes del asfalto que provocaban fascinación. Bigas Luna retrató ese universo en Yo soy la Juani (2005), su filme con Verónica Echegui y Dani Martín. La Juani representaba el «nuevo icono ibérico», según Luna, con su uniforme de extrarradio de aros dorados, collares de plástico, chaquetas Adidas y minifaldas. Hace 20 años era la moda de la periferia, hoy es el look que lucen cantantes y actores, de Rosalía a C. Tangana, pero también muchos jóvenes -y los que no lo son tanto- de a pie. «Ese tipo de subculturas resultan tan interesantes porque nos parece que representan una cierta inocencia, que están fuera del control comercial y que las personas consiguen divertirse y expresarse de forma libre y no condicionada. Aunque la realidad sea otra...», matiza Eloy Fernández Porta, atento y lúcido observador de la cultura popular, autor del celebrado ensayo Afterpop (Anagrama, 2007).
La distinción entre alta y baja cultura no siempre es fácil de explicar, se dan solapamientos entre distintos estamentos
Jersey azul cerúleo
Doctor en Humanidades, Fernández Porta analiza el proceso de cómo prendas y signos antes considerados vulgares han llegado al star system y se han validado: «La moda es un arte aplicado, con la ropa vienen toda una serie de modos de vida, comportamientos y actitudes. Los coolhunters toman o roban ideas de la calle y las transforman de modo que sean consumibles y sirvan nuevamente para crear diferencias. Es un modo de elevación, así como existe el de vulgarización». Para ilustrar la tensión entre lo elevado y lo vulgar pone dos ejemplos: El diablo viste de Prada y la teoría del goteo que esbozó el sociólogo alemán Georg Simmel en 1904.
¿Recuerdan la escena del jersey azul cerúleo? Cuando Meryl Streep, en el papel de una Miranda completamente calcada a Anne Wintour, le dice a su ayudante Andy (Anne Hathaway) que su sobrio jersey azul es en realidad cerúleo y que por mucho que crea sentirse fuera de la industria de la moda y que lo eligió libremente, en realidad «fue seleccionado para ti por personas como nosotros»... Explica cómo se filtró de las colecciones de ocho diseñadores distintos a los grandes almacenes y luego «hasta alguna deprimente tienda de ropa a precios asequibles donde tú sin duda lo rescataste de alguna cesta de ofertas», apostilla Streep-Miranda-Wintour con exquisito desdén.
Ahora toca el sociólogo alemán: «Según Simmel, existen dos niveles: uno más alto y aristocrático, y otro más bajo, que puede llamarse popular o vulgar. De arriba abajo gotean una serie de productos y al caer al espacio inferior dejan de ser exclusivos, por tanto pierden prestigio y originalidad. De modo que la cadena de producción se tiene que poner en funcionamiento otra vez», completa Fernández Porta. Bebe un sorbo de agua en una terraza de Barcelona y continúa: «La distinción entre alta y baja cultura no siempre es fácil de explicar, se dan solapamientos entre distintos estamentos. Pero sí hay una jerarquía, una estructura que diferencia: no es lo mismo Los cuatro fantásticos que una película de Martin Scorsese, que a su vez no es lo mismo que una de Peter Greenaway, que no es lo mismo que el cine experimental de Alexander Kluge. Hay una barra separadora y se resitúa».
Esa barra separadora distingue las supuestas élites culturales del supuesto vulgo consumidor. Recordemos que etimológicamente la palabra vulgar, del latín vulgus, simplemente designa al pueblo llano. En este sentido, Fernández Porta reivindica una «actitud intermedia», un «consumo irónico»: los placeres culpables, los divertimentos. «Nuestro gusto nunca coincide del todo con nuestra educación estética. Porque tenemos una sentimentalidad que escapa al orden de la estética. Lo llamamos placeres culpables porque es una declinación del gusto, no una pasión, más bien una rendición al gusto más vasto», explica.
Una tesis que ya defendió en la exposición Bag Painting? de la Fundación Vila-Casas, una de las mejores de 2023. Junto al artista Carlos Pazos buceó en las reservas del Museu Nacional d'Art de Catalunya para rescatar las obras más kitsch, cursis y horteras: que si un Cristo verde radioactivo, que si un bodegón con un porrón y judías, que si una diosa griega en forma de nube rosa... «¿Pero qué es el buen gusto? Lo que las élites han llamado mal gusto pone en evidencia el inconsciente ideológico de la estética y crea una perturbación de las formas creativas y civiles. Si una obra es mala, ¿lo es por razones estéticas o morales?», plantea.
Hay un tono de bajeza, de barra de bar y de cuñadismo que resulta impropio de unas Cortes pero genera audiencia
El congreso no es las vegas
Si la vulgaridad ligera puede ser fuente de un placer simple y lúdico, ¿qué ocurre cuando se traslada al Congreso o los 17 parlamentos autonómicos? La teatralización de la política en España (Catarata), un breve y esclarecedor ensayo de Xavier Coller, catedrático de Ciencia Política en la UNED y doctorado por Yale, repasa los efectos de las broncas, trifulcas y algaradas -tal es su subtítulo- en el imaginario colectivo. Aunque Aristóteles describía la política como la ciencia o el arte más elevado, ya que se ocupa del bien común, en los últimos lustros asistimos a shows dignos de un «plató de televisión» o de un «circo», con «actitudes del hooliganismo» más exaltado. El clímax se produce los miércoles de 9 a 10.30 de la mañana: la sesión de control al Gobierno.
«A diferencia de lo que pasa en Las Vegas, lo que ocurre en los parlamentos y se transmite por los medios no se queda en la cámara, sino que termina calando en la población», advierte Coller, que emplea el término de teatralización para describir un fenómeno que no solo lleva años produciéndose, sino que «va en aumento». «Hay un tono de bajeza, de barra de bar y de cuñadismo que resulta impropio de unas Cortes pero genera audiencia. Muchos políticos se quejan de que si eres serio y trabajas con discreción, intentando llegar a acuerdos por el bien común, pasas totalmente desapercibido. Pero si te dedicas a insultar, gritar y ser maleducado, eso te dispara como un tipo muy popular. Es paradójico que para trascender tengas que recurrir a la bronca. Eso es la política 2.0 de hoy y uno de los grandes problemas de las democracias», lamenta el politólogo y sociólogo.
No es solo una conclusión suya: así se expresan bajo el anonimato varios parlamentarios en activo que han participado en su amplio estudio de la UNED. Y ese es el punto fuerte de su libro: que se basa en las encuestas a 557 parlamentarios -el 30% del total de escaños de nuestro país- con entrevistas a una muestra de 59. «Lo verdaderamente preocupante es el efecto que tiene este tipo de comportamiento en la población. Y de eso son conscientes también los parlamentarios. Si un ciudadano ve que un diputado insulta a otro o que ejerce algún tipo de violencia simbólica, y a veces no tan simbólica, se puede ver legitimado para comportarse de la misma manera. Si un alto representante de la soberanía popular se comparte así, ¿por qué no lo voy a hacer yo?», suspira Coller. Y recuerda los datos del barómetro de julio del CIS: para los ciudadanos encuestados el principal problema en España no era la corrupción y el fraude (13.1%), ni siquiera la vivienda (13,9%), sino los políticos (14,1%).
La pregunta no es si hay espectáculo, sino cuánto estamos dispuestos a tolerar. El exceso al que asistimos enfada y aleja a muchos ciudadanos
«La pérdida de confianza y el descrédito es muy grave. ¿En qué momento a lguien se va a dar cuenta de que este camino que estamos emprendiendo es nefasto para el funcionamiento de la democracia?», plantea Coller, que durante sus años de estudios en Yale coincidió con el profesor emérito Joseph LaPalombara, uno de los grandes teóricos de la caótica política italiana que ya en los años 80 utilizaba el término spettacolo para definirla.
Xavier Coller alerta del peligro de ese spettacolo: «La pregunta no es si hay espectáculo, sino cuánto estamos dispuestos a tolerar. El exceso al que asistimos enfada y aleja a muchos ciudadanos, sumiéndolos en la desafección y en al alienación». Porque el Parlamento no es Las Vegas. Ni la taberna de Pica Lagartos.





